Influencia actual de los teólogos de «la muerte de Dios» (I) - Alfa y Omega

Leyendo el otro día un libro me salió al paso la expresión «teología de la muerte de Dios». Aunque su auge es de hace unos años, el tema me parece interesante. Creo que no es perder el tiempo dedicar algunos párrafos a la cuestión.

–Los ateos del siglo XIX eran categóricos en su afirmación sobre la muerte de Dios. Tanto la Revelación como el mismo Dios resultan innecesarios, pues el hombre y el mundo se pueden explicar por sí, y se bastan a sí para su desenvolvimiento. Con todo, no parece que haya desaparecido de lo profundo del ser humano la confianza en que esté vivo Aquél que únicamente puede dar respuesta a todo desconsuelo, cuando el poder de la ciencia y de la técnica, el disfrute de la propia libertad o la tragedia del dolor se experimentan en la propia carne, no sin probar el amargo sabor de la desesperación.

–Algo distinto sucede con los denominados «teólogos de la muerte de Dios» del siglo XX. No son, en sentido estricto, ateos sino pastores protestantes, teólogos o profesores de la religión. Responden a un movimiento de renacer y de búsqueda de autenticidad. Aunque hablar de la muerte de Dios supuso para algunos de sus defensores la manera de apostar por la destrucción de todo ídolo, es decir, de un falso dios, no menos verdad es que con ello se estaba poniendo de manifiesto un hecho cultural, a todas luces constatable: la desaparición de Dios del ámbito de las instituciones y de la política, de la vida social y cultural. Queramos o no, vivimos en una cultura post-cristiana donde se difunde una visión de la religión desdivinizada, de la pura secularidad y de absoluta mundanidad. Al fin y al cabo, un ateísmo que consistiese en el rechazo de toda forma falsa y pervertida de la religión, o en la condena de un dios irreal, sería de agradecer pues nos ayudaría a purificar no pocas ideas y vivencias.

–Afirmaciones de pensadores como Bonhöffer, de G. Vahanian o John A. T. Robinson, de Van Buren, W. Hamilton o T. Altizer, parecen no haber perdido totalmente su influencia en nuestro ambiente. La separación ontológica entre lo divino (trascendente) y el mundo natural parece diluirse progresivamente. Si a Dios lo encontramos, como se dice, inmerso en el corazón de todas las cosas y no en el cielo, el hombre termina por plantear una religión sin Dios; en efecto, eliminada toda referencia al misterio, lo que queda, en el mejor de los casos, es un comportamiento ético natural donde el compromiso social ha venido a sustituir a la oración y el sacrificio que, en todo caso, se ofrecen a los logros del progreso. Se trata de un humanismo demasiado humano, circunscrito a los límites del mundo natural, en el que ya no cabe, no hace bien, ninguna esperanza escatológica, sino el compromiso de la acción temporal. La misma Iglesia se muestra extraña a las experiencias concretas de los hombres e incapaz de ofrecerles una luz capaz de unificar dichas experiencias.

–Pero cuando se habla de la muerte de Dios es del cristiano del que se está hablando. Y su consecuencia penosa acarrea, entre otras cosas, el debilitamiento de la fe en la conciencia, y la transformación del hecho religioso en algo meramente cultural. Sólo por su aportación social y cultural puede esperar la religión ser aceptada hoy en la sociedad de la muerte de Dios, mas no por el anuncio de una verdad absoluta, última y trascendente. La profesión sincera de la fe teologal queda, por lo mismo, recluida al dominio de lo exclusivamente privado, sin permiso alguno para hacerse notar en la vida pública.