Llegó hace cuatro meses desde Colombia con su marido y sus dos hijos. Estaba ilusionada. Le dijeron que recibirían buena educación. Que España era el mejor lugar para vivir. Las amenazas sobre su marido estaban aumentando. No podían vivir de esa manera, así que dejaron su casa en medio del campo. Aquí les esperaba su hermano con su familia. Recuerda el recibimiento. ¡Todos estaban tan contentos! Solicitaron asilo. La cita para la primera entrevista en Extranjería será en junio. No tiene claro si les recibirán. Debido al Estado de alarma no fueron atendidos por la entidad que tramita el acceso a las ayudas económicas del Ministerio de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social dirigidas a las personas solicitantes de asilo. Tampoco sabe cuándo los llamarán. Solo cuentan con una ayuda de alimentación del Ayuntamiento. Unos 200 euros al mes.

Durante el confinamiento la convivencia se complicó. Aparecieron las peleas, los reproches, las malas caras. Un viernes salió a comprar. Al volver tenía sus cosas en la puerta de casa. Sus hijos la miraban. Su marido callaba. Una vecina del edificio, también colombiana, se enteró de lo sucedido. Apenas detalla este momento. Solo lo que pasó después. Ella les hizo entrar en su casa. Sacó a sus dos hijas de la habitación y las metió con ella y su marido. Ahora viven ocho personas en dos cuartos, una sala de estar y un baño. Cada familia tiene tres colchones. El mayor de sus hijos realiza los deberes del colegio todos los días. Los pequeños juegan y se pelean. Cuenta que ahora también salen a pasear un poco. Alivio para quienes viven el hacinamiento mezclado con el miedo de perder el único lugar donde estar a salvo.

—Pensé que venir sería la solución para el futuro de mis hijos.

Calla y, aunque no quiere, se le saltan las lágrimas.

—Sé que ahora todo es más difícil, pero necesitamos una casa. Por ellos. No sé a qué más puertas llamar. No quiero seguir molestando a esta señora y su familia.

Ante mi silencio ella prosigue.

—Sé que Dios no me dejará. No nos dejará.

Esta es la respuesta más verdadera. Lo sé por experiencia.

Patricia de la Vega
Hija de la Caridad