Estos días las llamadas telefónicas se suceden. Han sustituido a los encuentros personales. Un padre de familia de Venezuela me dice que su mujer e hijos están preocupados por él. Desde allí le preguntan a menudo cómo está. Todos los días sale a la ventana a las ocho de la tarde. En el piso de enfrente otro compañero, de Marruecos, comenta que su madre está asustada. Las noticias que llegan de España no son buenas. Una mujer de Colombia cuida de sus dos hijos de 7 y 1 año. Llevan una semana en la ciudad. No tienen juguetes ni dibujos, ni colores. Un chico de Guinea me pregunta por qué tenemos tanto miedo a morir. «La vida no está en nuestras manos, sino en las de Dios». Una mujer de El Salvador acude todos los días al domicilio de una persona mayor que necesita cuidados y acompañamiento. Un joven de Ghana se ofrece para hacer mascarillas de tela. Era modisto en su país.

Cerca de las dos de la tarde hablo con un chico de Mali. Responde enseguida. Apenas habla español. Lleva casi un año en España, pero en su país nunca fue al colegio. Se está preparando para ir a trabajar. Hace una semana le contrataron en una empresa donde preparan productos cárnicos. Forma parte de la cadena de producción. Ocho horas de pie. Llega a casa sobre las doce de la noche. Está contento por la oportunidad que le han dado de tener un trabajo. En la empresa coincide con un amigo de Camerún.

—¿Tienes miedo?

—¿Miedo? [Parece que ríe un poco]. No, estoy bien. Me lavo mucho las manos.

—Cuídate. Y gracias por tu trabajo.

Vuelve a reír. Colgamos y le aseguro que le llamaremos todos los días para saber cómo se encuentra.

En el aplauso vespertino me acuerdo de estos chicos y chicas. Jóvenes, padres y madres, aislados de sus familias desde hace meses. O años. Invisibles para una gran parte de la sociedad. Rechazados por otra. Eso no les condiciona. Y hoy salen sin mascarilla. A cuidarnos. Aportando también su granito de arena. Con su trabajo, con su valentía, con sus mensajes de ánimo.