«¡Hasta el viento y el mar le obedecen!» - Alfa y Omega

«¡Hasta el viento y el mar le obedecen!»

12º domingo del tiempo ordinario / Evangelio: Marcos 4, 35-40

Daniel A. Escobar Portillo
‘Cristo dormido durante la tempestad’, de Eugène Delacroix. Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

A menudo nos encontramos con situaciones en nuestra vida en las que podemos experimentar gran paz y tranquilidad; en otros momentos, en cambio, parece que todo se nos tambalea y podemos sentirnos confusos o preocupados ante determinadas circunstancias que nos cuestionan nuestro horizonte vital. Si la semana pasada san Marcos nos animaba a tener confianza ante la llegada del Reino de Dios como una realidad que, aunque visible y poco aparente, tiene gran fuerza por tratarse de una semilla plantada por el mismo Creador, este domingo el evangelista nos sitúa ya ante acciones concretas de Jesús. A través de una descripción que nos hace casi palpar y ver las imágenes de lugar, vemos, de una parte, una situación externa, dominada por la tormenta y el vaivén de la barca por las olas, al mismo tiempo que un miedo subjetivo ante los posibles efectos de este intenso fenómeno meteorológico. Sin duda, el punto de inflexión de la narración lo constituyen las contundentes palabras del Señor: «¡Silencio, enmudece!», tras las que de inmediato desaparece el peligro objetivo y, por consiguiente, el miedo entre los discípulos. Sin embargo, al igual que ocurre con otros ejemplos de portentos realizados por Jesús, sería parcial comprender este pasaje como una simple manifestación del poder del Cristo, Señor también de la creación. El milagro de la tempestad calmada va a ser la oportunidad para que quienes albergan alguna duda sobre la identidad del Señor, lo reconozcan como su Señor y su Dios.

Si nos centramos en cómo actúa Jesús en la barca, lo primero que percibimos es que estaba durmiendo. De hecho, existe un contraste casi imposible entre la tormenta, las olas rompiendo y las probables expresiones de miedo de sus discípulos, por un lado, y el Señor plácidamente dormido sobre un cabezal. En esta circunstancia, sin embargo, hay algo interesante: cuando uno piensa en ese momento intuye ya que Jesús, incluso dormido, tenía dominada la tormenta y sabe que nada les iba a pasar. Esa intuición la tendremos igualmente dentro de dos domingos, cuando veamos al Señor siendo reclamado por Jairo, cuya hija estaba extremadamente grave: aunque no conociéramos el milagro, el lector sabe con anticipo que la niña no va morir de esta enfermedad.

Como el paso del mar Rojo

Jesús brilla como verdadero y único artífice del milagro. Si a ello sumamos que para la cultura de la época el mar era sinónimo de lo incontrolable, de una fuerza desmesurada, imposible de contener, o de un lugar habitado por seres desconocidos y terribles, potencialmente amenazantes y, en cierto modo diabólicos, el Señor muestra ahora un poder superior frente a las potencias del mal. Job lo deja entrever también en la primera lectura de la Misa. Pero todavía existe un episodio aún más memorable y paradigmático en el Antiguo Testamento con respecto al señorío de Dios sobre las aguas: el paso del mar Rojo. Allí fueron liberados de la esclavitud, en un anticipo de la salvación definitiva que se realizaría siglos después por medio de Jesucristo.

Desde antiguo se ha asumido la imagen de la barca para referirla a la Iglesia, metáfora que presenta a la misma en su faceta humana y de debilidad, susceptible de ser tambaleada y agitada, pero que también, a la luz del Evangelio de este domingo, podemos verla dirigida por el mismo Cristo. Nuestra propia vida de fe está, asimismo, marcada por momentos en los que se alternan la agitación y la incertidumbre, y por otros de mayor paz interior. Por eso los cristianos de todos los tiempos estamos llamados a vivir la confianza y la fe en la acción de Dios, aunque pensemos que, como en el Evangelio, está ausente, dormido o indiferente con respecto a lo que nos aflige.

Por último, este episodio supone una llamada a la oración perseverante sin desanimarnos jamás y sin pensar que podemos incordiar a un Dios que, sin que lo percibamos, está siempre pendiente de nuestra vida.

12º Domingo del tiempo ordinario / Evangelio: Marcos 4, 35-40

Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla». Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre su cabezal. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!». El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: «¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar le obedecen!».