«En la historia de la humanidad, pocos han sido verdaderamente libres», afirmaba una catedrática de Historia en un pódcast. El contexto: el axioma de cierta ideología por el que toda la historia se puede formular como lucha entre clases; por ejemplo, hombres y mujeres. «Sí ha habido sometimiento de las mujeres, pero los hombres de todas las épocas eran los que mayoritariamente morían en las guerras; y nadie les pidió permiso». En 2019 una serie se atrevió a darle una vuelta al feminismo, contándonos la historia de un pueblo sin hombres en el salvaje Oeste. Godless es un wéstern atípico, fresco. Una suerte de Wyatt Earp pero en ese peculiar pueblo en el que solo quedan mujeres, tras un terrible accidente en la mina que alimentaba su economía. Con la desventura añadida de que un grupo de forajidos ponen su mira en él: uno de sus miembros ha renegado y se ha refugiado allí. Godless, decíamos, es un wéstern, y como buen wéstern es, por encima de todo, un retrato del heroísmo envuelto en el sucio polvo, en la sangre de los inocentes y en la locura de los hombres sin Dios. Es una historia que rescata del mal y del dolor el deseo de hacer el bien; de no ceder ante la desesperación. En su mejor escena, ese inicio del capítulo final, se rompen los límites del espacio-tiempo y podemos ver en escenas superpuestas los últimos momentos de los padres, maridos, hermanos, hijos de las protagonistas, libremente entregados a jugarse la vida en la mina por aquellos que aman, y las escenas de preparación de la batalla final contra los forajidos (qué pedazo de antagonista nos entregó Jeff Daniels). Ambos, hombres y mujeres, inmolándose por amor, defendiendo y protegiendo a quienes aman. Godless es un gran wéstern porque, como las mejores obras del género, va mucho más allá de los duelos de pistola y los caballos polvorientos; es un retrato del alma humana, de quienes ante el dolor desesperan y de aquellos que deciden mirar a otra cosa, para que la realidad deje de ser un mundo sin Dios.