Fernando Álvarez de Miranda, por Manuel María Bru - Alfa y Omega

6 de diciembre. Día de la Constitución. Al ser domingo los sacerdotes hemos tenido tarea. Pero al final del día me dispongo a escribir en el blog de los testigos. Por ser el día que es, la elección del testigo no puede ser otra para mí que la de mi gran amigo Fernando Álvarez de Miranda, que nos dejo hace cuatro años.

Me pongo ante la pantalla del ordenador, y miró mis notas para recordar los datos de su vida, la de uno de los principales protagonistas del milagro de la transición política española y de la elaboración de la Constitución, pues en su calidad de presidente de las Cortes Constituyentes, es uno de los únicos tres españoles que pusieron su firma en la Constitución: su majestad el rey, él como presidente del Congreso de los Diputados y el presidente del Senado.

Fernando Álvarez de Miranda y Torres nació en Santander (España) en 1924. Cursó estudios de Derecho en las Universidades de Madrid y Zaragoza, y Derecho Comunitario en la Universidad de Luxemburgo. Siendo profesor ayudante de la Cátedra de Derecho Procesal, se incorporó en 1952 al Colegio de Abogados de Madrid, donde ejerció su profesión. Ingresa por oposición en el Cuerpo Técnico Administrativo de la Diputación Provincial de Madrid en 1951. En estos años colabora con los grupos democristianos de la oposición al régimen, llegando a ser secretario general de la Democracia Social Cristiana, presidida por José María Gil Robles.

Deportación

Participa en la fundación de la Asociación Española de Cooperación Europea en 1954, de la que poco después es nombrado secretario general. En 1962 asiste al Congreso del Movimiento Europeo, más conocido en España como Contubernio de Munich, y es deportado durante nueve meses a la isla de Fuerteventura. Siempre recordaba de su deportación a Fuerteventura lo positivo: aún con el dolor de ser apartado de los suyos, y de sufrir la perdida de libertad, ponderaba la magnífica acogida de las gentes de aquel lugar, así como los permanentes gestos de cercanía y solidaridad de todos sus amigos desde la península. En 1969, al declararse el estado de excepción, es nuevamente deportado a la provincia de Teruel, donde permanece escasos días, y en 1974 ingresa en los calabozos de la Dirección General de Seguridad al participar en una reunión de la oposición celebrada en la calle del Segre de Madrid.

Defensor de la restauración de la monarquía constitucional y parlamentaria, Álvarez de Miranda firma el manifiesto fundacional de Unión Española, siendo asignado en 1964 por conde de Barcelona miembro de su consejo privado. Monárquico convencido de que el mejor servicio a España pasaba por su fidelidad a don Juan, a don Juan Carlos, y por último a don Felipe, trabajó por la concordia y el entendimiento entre todos, a través de tantos instrumentos como aquellos Cuadernos para el diálogo, o a través del Grupo Tácito de la Asociación Católica de los Propagandistas, o aunando voluntades para una acción política pacífica y pacificadora, o como gran arbitro de la democracia recién estrenada, como un avezado perito que nos enseñase desde su atalaya parlamentaria el arte de la escucha al otro, el respeto mutuo, y el diálogo entre todos. El llamado Espíritu de la transición lleva esculpido su nombre, como lleva su firma la Constitución Española que nos regula nuestro Estado de derecho.

Funda la revista Discusión y Convivencia, de tendencia social cristiana, y más tarde ingresa en Izquierda Demócrata Cristiana, presidida por Joaquín Ruíz-Giménez, en la que es elegido vicepresidente hasta el Congreso de El Escorial, en abril de 1976, en la que se consuma la escisión de este partido. En ese mismo año funda el Partido Popular Demócrata Cristiano, del que es elegido presidente, y que participará en la formación de coalición centrista, Unión del Centro Democrático, siendo elegido diputado por Palencia en las primeras elecciones generales de la nueva democracia, en 1977. Es elegido presidente del Congreso de los Diputados, legislatura constituyente, siendo junto al rey de España y a los presidentes de las Cortes los únicos españoles que firman la Constitución Española vigente.

Presidente del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo desde 1978 hasta 1986, y vicepresidente del Comité Ejecutivo Internacional desde 1978 a 1986, será desde entonces y hasta su muerte presidente honorífico del mismo. Fue un gran defensor de Europa. No de cualquier proyecto europeo, sino de la Europa de Adenauer, Monet, Schuman, y De Gasperi –estos dos últimos en proceso de beatificación–, que pusieron los cimientos de una comunidad de pueblos unidos en lo económico para logarlo en lo social, en lo político, y en su misión solidaria de servir al resto de los continentes en su prosperidad y libertad. Fernando Álvarez de Miranda fue un europeísta incombustible, y lo demostró entre otras cosas con una dedicación sin tregua tanto en la Asociación Española de Cooperación Europea como en el Consejo Federal Español del Movimiento Europeo y en su Consejo General. En los últimos años siguió también con gran interés la andadura del Movimiento Político por la Unidad, del Movimiento de los Focolares, que fomenta el diálogo y el trabajo conjunto de políticos de todo el mundo y de todo tipo de adscripciones y partidos.

Embajador en San Salvador

Vuelve a ser elegido diputado por Palencia en 1979, y permanece en UCD hasta su desmembración. En 1979 es elegido presidente de la Fundación Humanismo y Democracia. Y en 1987 es nombrado embajador de España en el Salvador. Pacífico y pacificador, hizo de la embajada de España en San Salvador un lugar de diálogo entre todas las fuerzas sociales, culturales y políticas, un camino de justicia y de paz para todos. No olvidaré nunca aquellas semanas de hace 28 años en las que pude ser testigo, de lo que Fernando y su mujer hicieron allí. Ni podré olvidar jamás a aquellos jesuitas para quienes su embajada y sus embajadores eran su hogar y su consuelo, y que un año después, no estando ya allí sus anfitriones, fueron asesinados sabiendo perfectamente que corrían la suerte del martirio, por defender, como Óscar Romero, la causa evangélica de los pobres.

En 1994, Álvarez de Miranda es nombrado Defensor del Pueblo, cargo que ejerció hasta 1999, siendo el tercer español en desarrollar la institución del Defensor, uno de los pilares del Estado de derecho de la España democrática. Como Defensor del Pueblo participaba del mismo «defecto» que su antecesor, el virtuoso Joaquín Ruíz Jiménez, el de considerar a cada persona, y a cada grupo, igualmente importante que los demás, merecedor de la misma dedicación, sin jerarquizar sus reivindicaciones. Recuerdo una anécdota. Pastoreaba en esos años la diócesis de Alcalá monseñor Manuel Ureña. Un día a las seis de la mañana recibo una llamada suya para ponerse en contacto urgentemente con el Defensor del Pueblo, porque a un numeroso grupo de niños rusos, supervivientes de la catástrofe de Chernóbil, nos los dejaban venir a España a pasar unas vacaciones de verano acogidos por familias de parroquias de la diócesis complutense, y estaban en el aeropuerto esperando un milagro para que la diplomacia española admitiese sus visados inexplicablemente negados. Antes de las ocho de la mañana el obispo de Alcalá era recibido por Fernando en su despacho del Defensor. No sé cómo lo hizo, pero a las once de la mañana aquellos niños rusos embarcaban en un vuelo a Madrid.

Reconocimientos

El 7 de abril de 2000 es condecorado por el rey de España con la Gran Cruz de Isabel la Católica, y el 5 de diciembre de 2003, con el Collar de la Orden del Mérito Civil. Falleció el 7 de mayo de 2016. Heredero de la rica tradición personalista de Jack Maritain, de la escuela política inspirada en la Doctrina Social de la Iglesia de Luigi Sturzo, y de la originaria democracia cristiana española de don Manuel Jiménez Fernández, no solo fue un buen católico en la vida pública, sino también un católico empeñado en trabajar por una Iglesia pobre y entre los pobres, por lo que le dolían las políticas eclesiásticas de influencia en el poder. Por eso en los últimos años de su vida estaba entusiasmado con el papa Francisco, consumador de la Iglesia que con el Vaticano II, decía, había logrado «descender a la tierra». Murió sin poder cumplir su sueño de conocer personalmente a Francisco, pero sí le escribió una hermosa carta agradeciéndole la beatificación de Óscar Romero, a quien tanto admiraba, y que esperemos haya podido encontrar en el Reino de los mansos, los pacíficos, los sufridos, los soñadores, los valientes defensores de lo pobres, los forjadores de la paz y la unidad entre los hombres y los pueblos.

Álvarez de Miranda fue grande no solo por tu corpulencia y tu altura, sino grande de miras, de ilusiones, de esperanzas y realizaciones. Espero de corazón que siga siendo grande desde el cielo, velando por nosotros, pues su corazón no cejaría jamás de buscar una oportunidad para construir la paz, defender la libertad, e instaurar la justicia. Vivió y murió con el mismo clamor que reza el salmo 71: «Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente».