Fabrice Hadjadj: «Recé ante una imagen de la que me había burlado tres días antes»
El filósofo francés se convirtió tras una juventud marcada por el marxismo y el nihilismo. Casado y con diez hijos, todas las tardes reza los salmos con ellos: «Son mis maestros espirituales», dice
—En su familia hubo una cierta conexión con la ideología marxista y luego experimentó una conversión. ¿Qué pasó entre medias?
—Antes de nada, quería decir algo sobre la dimensión testimonial de la vida cristiana. El creyente no es testigo de sí mismo, como si fuera una especie de exhibicionista. Él es el testigo del amor de Dios, de la obra de Dios en su vida. Entonces, si tengo que testimoniar, será para testimoniar la historia de Dios en mi vida.
Sí, mi familia es una familia judía procedente de Túnez. Mis padres llegaron a París para estudiar en la Universidad de Nanterre, hogar del movimiento de Mayo del 68. Mis padres vivieron ese ambiente de ultraizquierda, pero a la vez eran una familia judía. Solían celebrar la fiesta de Pascua especialmente, pero no el shabbat. Seguían una tradición cultural, más que devocional. Yo crecí en esa estirpe judía y también en un ambiente libertario, en cierto sentido. Mi generación fue la primera que no tuvo una ideología de sustitución a la esperanza religiosa, porque eran los tiempos de la caída del proyecto progresista. Yo crecí ante una disolución total del ideal político que movió antes a muchos. Soy representante de una generación sin otras expectativas que las esperanzas mundanas.
¿Qué pensaba entonces de los cristianos?
—Los tenía descartados porque, siendo judío, los veía como los traidores de la verdad judía. También era muy nietzscheano, lector de los grandes autores ateos, en los que siempre percibí sin embargo una especial fascinación hacia Cristo. Existe una particular cristología entre los pensadores ateos.

–¿También usted se sentía atraído por la figura de Jesús, siendo ateo y nihilista como era?
—Cuando ya no había expectativas, pensaba qué es lo necesario para seguir siendo humano. A mí Cristo se me apareció dentro de un marco nietzscheano como el hombre del sí, del amén al mundo, de la bendición hasta el abismo. En Cristo, el ser humano, con sus heridas, es un ser querido.
—¿Recuerda cuál fue el primer día en el que se miró y se dijo: «Soy cristiano»?
—En una conversión concurren siempre un conjunto de circunstancias. Por supuesto, hay momentos destacables, pero son la parte emergente del iceberg. Debajo hay una estructura de pequeños eventos, porque el Dios que nos convierte es el Dios creador.
Recuerdo que hubo un tiempo en que mi padre estaba muy mal y mi madre me llamó al teléfono diciéndome que podría morir. Mi primera reacción fue rezar, entrar en una iglesia y ponerme frente a una imagen de María. Tres días antes me había burlado de esa imagen.
—¿Se burló?
—Sí, sí. Me reí de los exvotos alrededor de ella, de la piedad popular. Pero mi primera reacción fue ir hacia esta escultura, Nuestra Señora del Buen Socorro, y rezar, rogar por mi padre.
—Era la oración de un ateo.
—Sí, pero creo que todo ser humano reza. Es un ademán natural. El ser mismo, la existencia misma, es oración, porque yo no tengo mi existencia por mí mismo. En el fondo de mi propio ser hay como un grito hacia la fuente de toda existencia. La esencia del ser creado, de la criatura, es oración.
—¿Cómo concreta hoy usted esta tendencia natural hacia la plegaria?
—Yo soy oblato benedictino. Suelo rezar la liturgia de las horas: rezo laudes solo, y vísperas con toda mi familia. Es la plegaria de la Iglesia, no es una invención mía. Los salmos son de todos, especialmente esas partes que a veces querríamos borrar: las dudas, los gritos, la angustia. El grito a Dios es muy necesario. A la Palabra de Dios no hay que ponerle azúcar, ella ya lleva la sal que quema y cura la herida. Es lo mejor para los niños y también para los pecadores; y, especialmente para los ateos.
—Ha hablado de familia y de carnalidad. ¿Cómo cuida de que su fe no se vuelva demasiado espiritualista?
—Es una cuestión muy importante. Intento vivir una espiritualidad propiamente laica, de marido y de padre, porque a menudo la forma de vivir la fe de los laicos se entiende como una espiritualidad religiosa o monástica con rebajas. No es así. Hay una especificidad de la espiritualidad laica.
El monje necesita un icono; yo tengo a mi mujer y tengo a mis hijos. Contemplar un icono de María sin contemplar a mi mujer como icono de María, sería una equivocación, una traición total. Y Cristo habló también de la infancia espiritual: tenemos que volvernos como niños. Yo tengo niños alrededor de mí y escucho Sus palabras a través de ellos. Ellos son, en este sentido, mis maestros espirituales; especialmente el último, que se llama Isaías. Tiene síndrome de Down y una gran soltura de vivir, sin necesidad de grandes logros. La maravilla de existir y de estar contigo que llevan ese tipo de niños es una escuela de meditación, de contemplación.
—Usted ha dedicado mucho tiempo a pensar sobre Dios. ¿Qué cree que piensa Dios de usted?
—Es una pregunta muy difícil. Mi fe me dice que Dios me ama, que me ve como alguien querido, infinitamente querido. Bajo esta mirada, veo que no estoy al nivel de este amor, de vivir como hijo de Dios; por lo que cada mañana me esfuerzo en recordar esta condición sobrenatural.