Este Cristo ocultaba una cápsula del tiempo. Así son los manuscritos de 1777 bajo su paño
El Cristo del Miserere de la iglesia de Santa Águeda, provincia de Burgos, era una cápsula del tiempo sobre qué se cultivaba en la zona y cómo se entretenían los vecinos
Sucedió hace nueve años en la iglesia de Santa Águeda, cuya festividad se celebra este jueves. Unos restauradores estaban trabajando afanosamente con un Cristo del Miserere del siglo XVII en el municipio burgalés de Sotillo de la Ribera cuando, de repente, algo les llamó la atención. Bajo el paño del Cristo, en la zona que correspondería a sus nalgas, había un misterioso compartimento secreto que detectaron por la grieta que dibujaba una de sus juntas. Dentro, dos manuscritos de 1777, por lo que los técnicos de Da Vinci Restauro se encontraron con, en cierto modo, una cápsula del tiempo.

Ambos pliegos estaban escritos por sus dos caras —cuatro en total— de puño y letra de Joaquín Mínguez. Él era el capellán de la catedral de Burgo de Osma y aprovechó la ocasión para mandar un mensaje al futuro. Durante casi 250 años, permanecieron allí varios secretos. Por ejemplo, que el autor de la talla era Manuel Bal, «Académico natural de San Bernardo de Yagüe y vecino en Campillo, ambos de este Obispado de Osma». Una obra cuyos gastos corrieron a cuenta de Juan Antonio Serrano y Mañero.
Se producía tanto vino que había que tirarlo
En esta particular cápsula del tiempo también se señala que el regente de la época era Carlos III. Y algo más curioso, una lista de aquello que más se cultivaba en los pueblos del Obispado del Burgo de Osma. «Cosechas de trigo, centeno, cebada, avena». Y aquí destaca por encima de todo lo demás el vino que se preparaba «en tierra de Aranda», pues el capellán revelaba en su carta al futuro que «es muy numerosa su cosecha muchos años, tanto que en este tiempo se ha visto, por no coger en las bodegas, derramar mucho vino».

En este particular mensaje en una botella —en este caso, dentro de la talla de un Cristo—, Joaquín Mínguez hacía un profundo repaso a la cuestión sanitaria en el Obispado. Por ejemplo, enumeraba que las enfermedades eran las «terciarias y cuartanas», es decir, fiebres derivadas de la malaria que duraban tres o cuatro días. También eran comunes el «dolor de costado y tabardillos», que es como se llamaba en la época a la fiebre tifoidea.
¿A qué jugaban las gentes de 1777?
Y en una nota colorida y costumbrista, el capellán de la catedral de Burgo de Osma enumera en este compartimento secreto del Cristo del Miserere cómo se entretenían los paisanos de 1777. En su caso, con «naipes, pelota, calva, barra y otros juegos pueriles».
Después de encontrar y datar este testimonio para los que llegamos después, los restauradores volvieron a esconder los manuscritos en el trasero de la talla. Y, desde entonces, miran dos veces y con especial atención cualquier otra pieza con la que trabajan por si sonara la flauta y dieran con otra joya como esta.