España y Europa: 40 años después - Alfa y Omega

España cumple 40 años en la Unión Europea. Una edad en la que ya no se puede seguir culpando a la infancia, pero tampoco presumir de haber alcanzado la sabiduría. Algo parecido le ocurre a nuestra relación con Europa: larga, fructífera, razonablemente feliz… y todavía marcada por cierta dependencia emocional.

Cuando España ingresó en la Comunidad Económica Europea en 1986 no firmó solo un tratado económico. Firmó un certificado de normalidad. Europa era democracia, modernidad y futuro; sobre todo, la prueba definitiva de que habíamos dejado atrás la excepcionalidad política. Volvíamos a Europa, se decía, y durante mucho tiempo nadie dudó de que era lo mejor. Fue la gran epopeya política del siglo XX español: nos dio prosperidad, visibilidad y una modernidad sin culpa. Era dejar atrás el franquismo y la autarquía.

Y lo fue. Europa nos dio muchísimo. Fondos estructurales, de cohesión, agrícolas y regionales: más de 200.000 millones de euros netos hasta 2020. Carreteras donde antes había paciencia, depuradoras donde había esperanza, trenes donde había resignación. Pero también algo más decisivo: reglas, instituciones y una cultura jurídica y administrativa que ayudó a consolidar el Estado de derecho. No solo financió infraestructuras; financió estabilidad.

Durante décadas, el europeísmo fue el gran consenso nacional. Europa era solución, horizonte y, a veces, coartada. Lo europeo era sinónimo de moderno, correcto, inevitable. Quizá ahí empezó el problema. El euro reforzó esa sensación de éxito. Cambiamos la peseta por una moneda fuerte y asumimos que eso nos hacía fuertes. El crédito barato hizo el resto. Crecimos rápido, construimos mucho y reformamos poco. Mientras otros aprovechaban la integración para reforzar productividad e innovación, España consolidaba un modelo basado en sectores vulnerables. Funcionó… hasta que dejó de funcionar. La crisis de 2008 rompió el hechizo. Europa dejó de ser simpática. Pasó a supervisor severo. Austeridad, reformas duras, rescates y decisiones tomadas lejos. Nació la narrativa de «Europa impone». No era toda la verdad. España gestionó mal la bonanza y la factura llegó con intereses.

¿Ha merecido la pena? Sí. Sin romanticismo, pero sin dudas. La UE no ha sido una varita mágica. Ha sido un sistema de oportunidades, reglas y límites. España ha ganado estabilidad, prosperidad relativa, derechos y proyección. También ha perdido margen de maniobra en algunos ámbitos. Es el precio —y el sentido— de compartir soberanía. Hoy ya no idealizamos Europa. Una buena noticia. Las relaciones maduras no se basan en expectativas irreales, sino en responsabilidad compartida.

40 años después, España ya no es el recién llegado ni el alumno aplicado. Es un socio veterano. Ha pasado de receptor neto a corresponsable. Con luces y sombras, ha ganado peso, voz y presencia. Ha aportado estabilidad política, compromiso democrático y un europeísmo sincero cuando otros dudaban. Ha sido, casi siempre, un socio fiable. Y eso no es poco. Pero tampoco es suficiente. Porque el mundo que rodea hoy a la UE es radicalmente distinto al de 1986. Vivimos una crisis geopolítica permanente, una guerra en suelo europeo, el debilitamiento del multilateralismo, el regreso de los nacionalismos y una creciente desconfianza hacia las instituciones comunes. Europa ya no es solo un espacio de cooperación: es un espacio de competencia estratégica.

El europeísmo cómodo ya no basta. La UE necesita más que buenos alumnos. Necesita países que piensen, propongan y asuman riesgos. Y España está en condiciones de hacerlo. Por interés propio. Hemos recibido mucho de Europa, pero también le hemos aportado cohesión y una visión integradora. Ahora toca aportar algo más exigente: criterio. No podemos seguir limitándonos a asentir, esperar consensos o refugiarnos en fórmulas ambiguas. El liderazgo no se ejerce sin incomodar.

Los fondos Next Generation son una oportunidad histórica. No para gastar rápido, sino para transformar bien. Para mejorar productividad, empleo, innovación y cohesión. Difícilmente volveremos a tener una ocasión similar.

El reto no es tener menos Europa, sino más España en Europa. Dejar de pensar la Unión como refugio y empezar a verla como responsabilidad compartida. Europa somos nosotros. Y si España no impulsa ideas, otros lo harán.

40 años después, la pregunta ya no es qué nos ha dado Europa. Es qué estamos dispuestos a darle en un momento en que el proyecto europeo se juega su relevancia histórica. Porque en un mundo cada vez más incierto y hostil, la UE no es solo nuestra mejor apuesta colectiva, sino la condición misma de nuestra supervivencia política.

España debe responder con hechos, no con consignas: aportando estabilidad cuando otros agitan, defendiendo el Estado de derecho cuando otros repliegan banderas y asumiendo que compartir soberanía no debilita, sino que fortalece. Porque si Europa es hoy la condición de nuestra supervivencia política, sostenerla con decisión ya no es una opción, sino una obligación.