Ese grito de victoria - Alfa y Omega

Ese grito de victoria

La muerte, que ahora parece enseñorearse de nuestro tiempo, no tiene la última palabra. Ya ha sido vencida. Los misterios gloriosos no son solo un recordatorio: también son una brújula que nos indica hacia dónde dirigirnos

Ricardo Ruiz de la Serna
Foto: Reuters / Raquel Cunha

Esta mujer que sostiene un rosario estaba participando en una marcha a favor de la vida y en contra del aborto. Sucedió el pasado 3 de octubre en la Ciudad de México. Miles de personas se echaron a las calles de la capital mexicana y de otras ciudades para protestar contra las sentencias de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que suponen la despenalización del aborto en el país. La mayoría eran mujeres. Vestían de azul y blanco. El lema que las convocaba era Marcha en favor de la mujer y la vida, y contaban con el apoyo de los obispos mexicanos.

A ambos lados del Atlántico, la lucha por la vida de la madre y de la criatura que lleva en su seno se ha convertido en una de las trincheras frente a lo que Juan Pablo II llamó «la cultura de la muerte». Lo vimos en Argentina, donde el movimiento provida viene librando una heroica batalla política y jurídica. Lo estamos viendo en España, donde se quiere criminalizar la oración a la puerta de las clínicas abortistas. Lo pueden ver aquí, en el rostro de esta mexicana que, rosario en mano, parece sonreír detrás de la mascarilla.

Estos días en que celebramos el 12 de octubre, el Día de la Hispanidad, brindan una ocasión propicia para reflexionar sobre este combate por la vida, el más noble que puede librarse, que estamos presenciando en Europa y en América. En la patria de Juan Diego y de la Virgen de Guadalupe no podía faltar alguien que llevase un rosario a una marcha por la vida. La oración nos vuelve invencibles. La Eucaristía nos da una fuerza que no es de este mundo. El rosario nos recuerda que, en medio del tráfago cotidiano, podemos contemplar los misterios que nos conducen al paraíso. En la victoria de Cristo, de algún modo, ya hemos vencido todos. La muerte, que ahora parece enseñorearse de nuestro tiempo, no tiene la última palabra. Ya ha sido vencida. Los misterios gloriosos no son solo un recordatorio: también son una brújula que nos indica hacia dónde dirigirnos. 

Esta señora blande un arma prodigiosa que, en lugar de causar muerte, da la vida. Algunos creyeron que el grito de Jesús en la cruz era de derrota, pero ese centurión que lo escuchó supo que era otra cosa. «Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios». Debía de haber visto muchos combates. Probablemente habría matado cuerpo a cuerpo. Aquellos legionarios eran tipos duros. Debía de saber diferenciar la voz de un vencido de un grito de victoria. Lo que oyó en aquella hora terrible le reveló una verdad estremecedora. De derrotado, Cristo no tenía nada.

En estas marchas contra el aborto por todo el mundo, en estas veladas de oración por la vida, en estas voces que se elevan contra la abominación de matar a los niños en los vientres de sus madres, resuena de algún modo ese grito de victoria.