«En secundaria no preparan a los jóvenes para ser autónomos en la universidad» - Alfa y Omega

«En secundaria no preparan a los jóvenes para ser autónomos en la universidad»

Las expertas en educación Catherine L’Ecuyer e Inger Enkvist proponen salidas a la crisis del conocimiento en los estudios superiores

María Martínez López
L'Ecuyer y Enkvist durante el congreso.
L’Ecuyer y Enkvist durante el congreso. Foto: Patricia Serrano.

Cuando se pregunta a la experta en educación sueca Inger Enkvist por anécdotas de profesores universitarios sobre la pérdida de nivel de los jóvenes, cita «un artículo en que algunos se quejaban de que no todos sus alumnos» de Economía «manejaban las matemáticas de la ESO». También cómo un estudiante le preguntó si «no estaba prohibido» encargar tareas de fin de semana. «Los jóvenes leen menos, hay menos exigencia» y tienen «una manera infantil de estudiar. No los preparan para ser autónomos», lo que lleva a la frustración en los estudios superiores.

—¿Son un signo de estos tiempos los «cursos cero» en la universidad?

—Sí. Sé de casos en que han sido útiles, pero en general no. Quien ha hecho las etapas anteriores sin coger gusto al estudio y sin desarrollar métodos para ello, es raro que lo haga entonces. Se ha terminado disminuyendo la exigencia. Los estudiantes más ambiciosos se matriculan en dos grados, pero trabajan al 50 % en cada uno. Si antes uno buscaba aprender lo que sabía el profesor, ahora quiere los créditos. Es curioso: queremos más educación, pero respetamos menos el conocimiento. Uno de los puntos de partida de esta crisis del conocimiento es poner la igualdad por delante. 

Enkvist participó el fin de semana pasado en el congreso Universidad, quo vadis?, organizado por la Fundación CLE, que dirige Catherine L’Ecuyer, doctora en Educación y Psicología. Esta explica a Alfa y Omega que los participantes se preguntaron «dónde va la universidad», partiendo de «de dónde viene». Ella ofreció un hilo conductor según el cual la educación superior «está oscilando entre dos posturas. La primera es la educación mecanicista», que entiende al alumno fundamentalmente como «alguien que se está preparando para el mundo laboral» y lo quiere «pasivo, crédulo». En esta línea, «hablamos de las cátedras, de los ranking y de la financiación privada como elementos que pueden desviar de los fines esenciales de la universidad». «El segundo modelo es el constructivismo», inspirado sobre todo en Jean-Jacques Rousseau y en un marco romántico según el cual «la realidad no se descubre sino que se construye», prosigue L’Ecuyer. En este modelo, la meta «es convertir al alumno en un pequeño ciudadano que encaja en un proyecto político y social». Por eso, «se dice que solo tiene que haber universidad pública», aunque en realidad se refieren a «estatal».

Formación  clásicorrealista

Frente a esto, se propuso una educación «clásicorrealista» (término acuñado por L’Ecuyer): «Entiende al estudiante como el fin último de la universidad, pues su función es la transformación de la persona y el conocimiento como fin en sí mismo». ¿Cómo? «El cambio del sistema en su conjunto me encantaría pero lo veo muy difícil». Por eso, «una de las reflexiones que se hicieron es que a lo mejor hay que hacer universidad fuera de la universidad», con instituciones que «no producen títulos oficiales, pero tienen libertad» para ofrecer este enfoque. Cita casos en Estados Unidos y Canadá; Philantropos (del filósofo Fabrice Hadjadj), en Suiza, o el Posgrado en Educación Clásicorrealista y Humanidades, de su fundación. 

Sobre la universidad privada, L’Ecuyer subraya que «la que tiene ánimo de lucro está en una situación imposible porque tiene que complacer a sus accionistas». Para la que no lo tiene  y para los proyectos alternativos que citaba, «tiene que haber mecenas» que los sostengan, dentro de una austeridad de medios —«una universidad rica para mí dificulta la búsqueda de la verdad»—. 

—Inger, usted citó iniciativas exitosas dentro de la universidad. ¿Por ejemplo?

—Un profesor de un grado de Economía y Derecho de una universidad sueca impuso un curso paralelo de lectura con diez libros cada semestre sobre un tema existencial. Los eligió muy bien y pidió a la biblioteca comprar ejemplares. Reunía a los estudiantes para discutirlos y después tenían que escribir una reflexión. Las empresas que contrataron a esos jóvenes estaban encantadas, los profesores veían diferencias con los demás y ellos mismos dijeron que había sido el curso del que más iban a acordarse. Esto es algo bueno, bonito y barato y cualquier grado se puede reforzar así. Aunque sería mejor empezar a leer seriamente antes.

Elogio de la filosofía

Enkvist y L’Ecuyer también presentaron juntas, la semana pasada, el libro Sócrates en el aula, de José María Barrio Maestre (Encuentro). Se trata de un libro que «apunta a la ausencia de filosofía en la educación», cuando ambas «no se pueden separar», defiende L’Ecuyer. Por su análisis de sistemas educativos de diferentes países, Enkvist asegura que «casi todos han disminuido el número de horas» de esta materia; «hasta Francia, donde solía ser la asignatura de referencia». Además, «los profesores se quejan amargamente porque les llegan los alumnos sin lecturas de literatura clásica, sin saber tanta historia, no leen los periódicos», lo que hace difícil aplicar la teoría mediante debates. Con todo, ambas coinciden en que no basta con aumentar la carga lectiva. «Es importante que las personas que buscan una educación desde el pensamiento clásicorrealista la puedan encontrar, pues hoy en día no se da esa opción».