Año a año mis dos pueblos se van quedando un poco más vacíos. Con el paso del tiempo, los huecos que dejan los que se fueron se multiplican. Cada vez hablo en más ocasiones a mis hijos de gente a la que no conocieron, o no recuerdan haberla conocido: «Mira, en esta casa vivía X», «esta era la nave de Y» o «en este banco solía sentarme a charlar con Z». No es raro el mes en que mi suegro me informa del fallecimiento o del ingreso en una residencia de tal o cual pariente, cuyos rostros y voces son inseparables de la imagen que tengo de ambos pueblos.
La experiencia de una memoria cada vez más cargada de recuerdos, en fuerte contraste con un presente más lleno de vacíos, vivencia íntima que va madurando el alma para el despojamiento final, la muerte, es el objeto de dos recientes películas, muy diferentes en su tono y sentido, pero unidas por una valiente honestidad en el planteamiento del común drama de la existencia: la española Sirat (Oliver Laxe, 2025), y la estadounidense Sueños de trenes (Clint Bentley, 2025). Sirat es una peculiar road movie por el desierto del Sáhara, siguiendo a un padre y a su hijo pequeño en la búsqueda de su hija mayor, fugada de casa, con la sola compañía de una extravagante troupe de raveros. Por su parte, la poética Sueños de trenes recorre el arco de la vida de un leñador en Idaho a principios del siglo XX: su trabajo en la construcción del ferrocarril y su preciosa relación con su mujer y su hija.
Ambos directores someten a sus protagonistas a una fuerte prueba de estrés: ¿qué es lo que te queda cuando has sido despojado de todo? Las dos cintas, aunque parten desde tradiciones muy distintas (la semítica y sufí, en Sirat; la cristiana evangélica, en Sueños de trenes), se hacen eco —cada una a su manera—de la historia del libro de Job: «Desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo volveré a él». El punto que tienen en común es el de la necesidad de transitar por un doloroso proceso de purificación a través de la pérdida, que permita emerger un yo más verdadero, es decir, más profundamente religioso.
En lo que difieren las películas, y muy notablemente, es en el camino que deben recorrer los personajes y el punto de llegada. Sirat, partiendo del fenómeno de las raves —fiestas multitudinarias de música electrónica (trance) que pueden durar varios días—, somete al protagonista (y a los espectadores) a una serie continuada de traumas: la imagen religiosa que el hombre construye a su medida solo puede ser transcendida a través de su violento rompimiento; solo el dolor extremo puede doblegar el orgullo del hombre y hacerle asumir su radical insignificancia ante la inmensidad del universo. Frente a lo que le sucede a Job, el hombre humillado no tiene un rostro ante el que dirigirse.
El enfoque de Sueño de trenes no puede ser más distinto. La terrible experiencia del dolor y la pérdida dejan noqueado al leñador, que se ve obligado a retomar su vida con unas heridas y amputaciones que le marcarán para siempre. Sin embargo, su sencilla capacidad de dejarse tocar por las personas que salen inesperadamente a su paso —y de guardarlas y retomarlas en su memoria— es lo que poco a poco, de manera soterrada, va sosteniendo la esperanza a lo largo de su (aparentemente) fracasada existencia. La recapitulación final de su vida es un rosario de nombres, un bellísimo collage de encuentros, anhelos y pequeñas contribuciones a las grandes obras de ingeniería e infraestructuras que han creado su nación y, sobre todo, una serena y luminosa leticia.
Si en Sirat la liberación final es un desarraigo abstracto y atemporal, en Sueños de trenes consiste en un arraigo concreto e histórico, pero no el de la sangre y la tierra (el infausto blut und boden resucitado por los nuevos identitarismos nacionalistas, incluso con delirantes lecturas del ordo amoris agustiniano), sino en una memoria agradecida por todo lo aprendido y recibido gratuitamente de gente de procedencias y razas muy diversas, que abona una insólita esperanza en que quienes más ha amado, y que el infortunio y el implacable paso del tiempo le ha ido arrebatando, no se pierdan para siempre.
Se dice que, justo antes de morir, se puede ver en un instante la película de tu vida. «Cuando muera, solo pido no olvidar lo que he vivido», canta Rosalía en Memória, tema en portugués de su último álbum, Lux (2025). La memoria duele, sobre todo cuando reabre las heridas de algunas ausencias y pérdidas; pero mantener estas heridas abiertas es el único camino humano, demasiado humano, que nos permite construir una vida con sentido y no olvidar quiénes somos. «¿Aún te acuerdas de mí? ¿Aún sabes de dónde vengo? ¿Quién soy yo que estoy aquí? Dime en mi mirada triste que algo de memoria existe, y todavía sabes quién soy».