Los antiguos egipcios ya disfrutaban contando historias; por ese motivo empezaron a dejar por escrito estas narrativas. Gracias a que ellos transmitieron estos cuentos, hoy podemos comprenderlos de una forma mucho más completa y humana. Al conocer sus pensamientos y emociones a través de su literatura, somos capaces de empatizar con las inquietudes de estas personas en sus diferentes momentos históricos. Como bien apunta el Papa Francisco en su carta sobre el papel de la literatura en la formación, esta es un vehículo que nos ayuda a penetrar en el corazón de todas las culturas, incluso las antiguas.
La literatura es una forma de empatizar con otras personas. Por ello, para el creyente es una herramienta indispensable, ya que a través de este ejercicio estamos abriendo nuestro corazón a la empatía y, en consecuencia, al amor. El Papa Francisco dice en la ya mencionada carta que al leer «se activa en nosotros el empático poder de la imaginación, que es un vehículo fundamental para esa capacidad de identificarse con el punto de vista, la condición y el sentimiento de los demás, sin la cual no existe la solidaridad ni se comparte, no hay compasión ni misericordia». Por ello, como cristianos, no debemos olvidarnos de entrenar ese amor para darnos cada día a los demás. En este sentido, la literatura nos ayuda a ejercitar esta entrega amorosa también espiritualmente.
La literatura del antiguo Egipto está llena de emociones que son actuales. El cuento egipcio del que nos han llegado más copias es el de Sinuhé, por lo que podríamos decir que fue el favorito de muchos egipcios del Reino Medio. Este relato nada tiene que ver con la novela de Mika Waltari que lleva por título el mismo nombre. El cuento está escrito en primera persona y hace hincapié en emociones como el miedo, la lealtad y el amor.
En este relato ficticio, Sinuhé era una persona cercana al rey. Estando fuera de Egipto, el príncipe heredero se entera de que su padre ha muerto asesinado; al escuchar Sinuhé lo que ha sucedido, decide huir de su tierra por miedo a la muerte. En este contexto, el protagonista expresa su angustia diciendo: «Mi corazón se angustió, mis brazos se desparramaron, el temblor cayó en todos mis miembros». No obstante, no es el único momento en que siente pánico, ya que en su huida al llegar a la isla de Kem-ur tiene sed y dice: «Este es el sabor de la muerte».

Por tanto, Sinuhé teme por la fragilidad de su propia vida. La preocupación por la muerte es contemporánea a nosotros y también la observamos en el Evangelio, como por ejemplo cuando Jesús está en Getsemaní y le dice a Dios: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42). En este momento Él llora y recibe consuelo de un ángel, que le ayuda a sobrellevar el peso de su destino. En el caso de Sinuhé se halla solo ante el peligro, pero al final le acoge Ammunansi, un líder de Retenu —el nombre egipcio para un territorio que se encontraría en la actual Siria—, que además le da a su hija como esposa. Al preguntarle Ammunansi por qué se ha ido de Egipto, Sinuhé se sincera con él y le dice que parece un designio divino el que haya conseguido llegar a buen término dicha huida.
Pasa unos años en esa tierra, pero él mismo dice que, aunque está a gusto en ella, su mente está en el palacio egipcio. Por ello le pide al dios que le ha llevado hasta allí que por favor le devuelva al país del Nilo, ya que para él lo más importante es ser enterrado allí. Por tanto, hay un sentimiento de amor y lealtad hacia su cultura.
Poco después el rey de Egipto se entera de la situación de Sinuhé, por lo que le escribe para pedirle que vuelva y le promete que, si regresa, le proveerá de un buen enterramiento al estilo egipcio. Sinuhé vuelve a su tierra gracias a la misericordia del faraón, por lo que al final del relato triunfa la solidaridad sobre el miedo y las equivocaciones humanas.