El verano - Alfa y Omega

Leyendo esta semana a Jesús Montiel sobre su verano sin planes, me he dado cuenta de que me pasa exactamente lo mismo. Ni siquiera me lo había planteado, ha sido él quien me ha hecho caer en la cuenta. Es la primera vez en años que me da igual si voy o vengo. Si visito o no visito. Si viajo o no viajo. Nada me seduce más que sentarme a contemplar. A mi hija, que ha aprendido a nadar y es feliz en el agua. A mi padre, que con 81 años maneja el cotarro, la vecindad y los fogones mejor que yo. A mi madre, que pierde oído, pero no ternura. A mi ahijado, del que no me quiero perder ni un solo instante. A mi hermana —con ella sí hay escapada italiana a llamar a la tumba de Carlo Acutis, por si acaso no nos ha escuchado del todo aún—. A su marido, robusto y fuerte por fuera, temblando por dentro. No me importa si ese asiento es en la terraza de los amigos donde charlamos durante horas y reímos. O en la piscina de casa. O en la playa. O en un bar. Me da igual el espacio y el tiempo. Solo quiero sentarme a mirarlos, a agarrar cada segundo de tiempo estival, por fin días sin atender el reloj con prisas y límites. Creo que nunca disfrutaré tanto del verano como este año.