El testimonio de las familias que peregrinaron a Roma desde los cinco continentes. Esto no es un decorado
Lo dijo el Papa a las familias que habían peregrinado a Roma: la vida de una familia no es fácil; y por eso, el sacramento del Matrimonio no es sólo una escenografía, una ceremonia hermosa o una fiesta bonita, sino una fuente de gracia desde la que Dios ayuda. Porque «la gracia del Matrimonio no es para decorar la vida, sino para hacernos fuertes»
Pocos escenarios hay tan sugestivos como la Plaza de San Pedro, que abraza a los peregrinos con su columnata, mientras los pone frente al inmenso mausoleo de un pescador que vivió hace muchos siglos. En los días de aquel Simón llamado Pedro, como hoy, la riqueza de la Iglesia no eran sus bienes, que antes o después desaparecen, y su fuerza y motor no eran –ni son– sus fuerzas humanas, ni su voluntad. No, la riqueza, la fuerza y el motor de la Iglesia era, y es, la presencia real de Cristo en medio de los suyos, la compañía real y eficaz del Resucitado. Y esto no sólo puede aplicarse, sino que de hecho se vive en esa Iglesia doméstica que es la familia cristiana. Así se lo dijo el Papa a los más de 200.000 peregrinos que acudieron a Roma, a la Fiesta de las Familias del Año de la fe, y con ellos, a las familias del mundo entero.
En realidad, los actos de estos días guardaron un gran paralelismo con una vida familiar cualquiera. Como en un noviazgo, el escenario parecía inmejorable, e incluso al inicio de los actos del sábado, el cielo de Roma se cubrió de globos multicolores, en un atardecer que firmaría cualquier joven matrimonio en su luna de miel. Los niños trajeron la algarabía, y los abuelos, una sabiduría iluminadora.
Pero, también como en cualquier familia, el sol de la alegría termina por ceder su lugar a la noche de las preocupaciones, y la fiesta se disipa. «La vida a menudo es dura, muchas veces incluso trágica. (…) Los esposos cristianos no son ingenuos, conocen los problemas y los peligros de la vida», dijo el Papa. Una mujer eslava, que poco antes se enjugaba las lágrimas al ver la alegría de los niños que jugaban junto al Papa, asentía con los labios contraídos por un recuerdo que se adivinaba doloroso. «Yo conozco lo importante que es Dios es un matrimonio, porque conozco los efectos de su ausencia, de no dejar un lugar a Cristo en mi familia», reconoce Rosana, una española separada que ha acudido con su hija de 11 años a la Peregrinación… Sin embargo, el Papa continuó, y no con palabras de resignación, que animasen a ir tirando, a mirar para otro lado ante las dificultades, o a romper la relación para no sufrir. No. Francisco lanzó un dardo contra la vida a medio gas y «contra la cultura de lo provisional»: las familias cristianas «no tienen miedo de asumir la propia responsabilidad, delante de Dios y de la sociedad. Sin huir, ni aislarse, sin renunciar a la misión de formar una familia y traer hijos al mundo». Sin renunciar a superar toda dificultad, no por confiar en sus propias fuerzas, en sus riquezas o en su buena voluntad, sino porque les auxilia Cristo, «con la gracia que nos da el sacramento». Porque «los sacramentos no son un adorno en la vida. Qué hermoso matrimonio, qué bonita ceremonia, qué gran fiesta: ¡Eso no es el sacramento; no es ésa la gracia del sacramento! Eso es un decorado. Y la gracia no es para decorar la vida, sino para darnos fuerza, para darnos valor, para poder caminar adelante. Sin aislarse, siempre juntos». Porque el amor de un matrimonio, de una familia cristiana, o sea, fundada en Cristo, no es un decorado, sino que, como cantaba una joven artista italiana durante el acto festivo del sábado, es un amor, per tutta la vita.
La familia de Thekkan es de Kanheri, en la India. Su marido y su hijo no pudieron ir a la celebración del sábado, pero ni ella ni su hija quisieron faltar, porque, «desde que somos pequeños, lo más importante es la familia y en ella aprendemos las cosas importantes de la vida». Ella y los suyos viven en Roma desde hace unos años, pero saben que, «en cualquier cultura del mundo, la familia es lo primero, como pasa en la India, que tiene tradiciones culturales diferentes, pero la experiencia de cada persona demuestra que tu familia te marca para siempre». Para Thekkan, «ser una familia es siempre importante, pero ser familia cristiana es una responsabilidad especial, sobre todo hacia los hijos. Los católicos tenemos que dar testimonio en el trabajo y con los amigos, pero, sobre todo, a los hijos. La fe la aprenden de otras familias y en la escuela, pero, ante todo, de los padres. Somos su mejor referente en la vida, y también para hablarles de Dios y acercarles a Él».
Pierre y Rose Marie han hecho un esfuerzo para viajar a Roma desde Senegal, pero tenían un buen motivo: «El domingo –día de la Misa con el Papa– celebramos nuestro primer aniversario de boda, y venimos a dar gracias a Dios por eso y porque estamos esperando nuestro primer hijo», dice Pierre, mientras señala el vientre de su mujer. «En África, las familias cristianas somos un ejemplo de vida para nuestros vecinos, sobre todo en la forma de tratar a las mujeres», añade. También las mujeres cristianas tienen una gran misión, como explica Rose Marie: «A las católicas nos preguntan muchas cosas nuestras vecinas y amigas. Y, por nuestro ejemplo, se dan cuenta de que vivimos una vida mejor, de que en la Iglesia se vive mejor, aunque tengamos problemas parecidos. Les enseñamos a Dios con nuestra forma de vivir, de tratar a nuestro marido, de educar a los hijos, y al mostrarles qué cosas hacer y qué no hacer, porque no son buenas».
La pastoral familiar, según la entiende el Papa Francisco, es responsabilidad de toda la Iglesia, de toda la comunidad cristiana. También de los colegios. Por eso, desde el Mater Salvatoris, de Madrid, 24 peregrinos, entre niños, padres y religiosas, viajaron a Roma al encuentro de familias. La Madre Cristina explica que «a los padres, tener que dar ejemplo y ser imagen permanente ante sus hijos, les exige mucho. Por eso, un colegio puede ayudar mucho a los padres a vivir la alegría de la fe en la familia. Tenemos que acompañarlos en sus problemas, y también al trabajar con los hijos se les ayuda. Hay padres que vuelven a la fe porque sus hijos, al llegar a casa, rezan con ellos y les dicen: papá, mamá, a Jesús le gusta que le recemos y que le hablemos despacio». Jaime es uno de esos padres: «Gracias a mi mujer, Lara, y a Dios, he ido volviendo poco a poco a recuperar la fe, y la verdad es que reconozco que ahora estoy mucho mejor. El trato con Dios te ayuda mucho en todo, en los problemas y en las situaciones normales». Precisamente Lara, su mujer, explica que «el matrimonio se fortalece y vive más feliz cuando viven la fe en conjunto. Los problemas se enfrentan de otra manera, se viven mejor los momentos alegres y, sobre todo, nos ayuda a apoyarnos, a querernos mejor…, y a firmar la paz cuando discutimos».
A los peregrinos argentinos que llegaron a Roma era fácil reconocerlos por sus banderas albicelestes y su mate en la mano, orgullosos de ser compatriotas del Papa. Irene Angeli y José Manuel Ferreiro, de Mendoza, pisaban por primera vez Europa, junto a otros matrimonios del movimiento Hogares Nuevos, «pero no para ver al Papa, sino para estar y adorar a Cristo. Al Papa lo queremos muchísimo, lo amamos, lo escuchamos, estamos orgullosos de él y atendemos a su llamada, pero aquí venimos, antes que nada, para que Cristo nos empuje a vivir nuestra vocación, dentro de la Iglesia». Como explica Irene, «el carisma de nuestro movimiento es descubrir y profundizar en nuestra vocación como matrimonio y como familia, y propiciar un encuentro con el Señor. Pero no de forma individual, sino un encuentro con el Cristo conyugal, con Jesús que nos une, que está entre nosotros, que sostiene y fortalece al matrimonio y, por tanto, a los hijos». José Manuel añade que, «en cada matrimonio cristiano, no somos dos, ¡somos tres! Es Él quien está con nosotros. Si me enfado con mi mujer, mi pecado no hace que ella se quede sola y yo solo, sino que Cristo se queda con cada uno y nos lleva a reconciliarnos». Y concluye Irene: «Nosotros hicimos un Cursillo de Cristiandad hace años, y allí tuvimos un encuentro personal con Cristo, que fue fundamental. El encuentro personal con el Señor es la base de la vida cristiana, pero Él se va entregando también en el matrimonio, y ya la fe no se vive aislada, sino en familia y de forma conyugal. Es así, desde Él, como nacen hogares nuevos, y ésos son los que cambian el mundo».
Carlo y Paola viajaron a Roma con sus tres hijos -Sara, Silvia y Francesco- y con otras 50 familias de la Comunidad San Paolo, desde Giussano, cerca de Milán, «para escuchar al Papa, porque si nos ha convocado, es que nos querrá decir algo importante», explicaba Carlo, poco antes del acto del sábado. De hecho, antes de que el Santo Padre lanzase sus mensajes a las familias del mundo, Carlo y Paola contaban que «lo que necesitamos y esperamos las familias cristianas es que el Papa nos anime y nos dé la fuerza para abrirnos, desde el corazón de Cristo, al mundo. Las familias cristianas tenemos que abrirnos a otras familias, sobre todo a las alejadas de Dios, y tenemos que escuchar al otro, no encerrarnos dentro de nosotras mismas». Sus palabras parecían un guión casi calcado del mensaje que, horas más tarde, desarrollaría el Papa Francisco. Y, también como en el discurso del Papa, sus palabras tienen el respaldo de la propia experiencia, porque ellos ya saben lo que supone vivir la en familia…, y con otras familias: «La vida de una familia no siempre es fácil, pero vivir la fe personal y en familia, acompañados por una comunidad de la Iglesia, ayuda mucho. Te das cuenta de que no estás solo, de que no eres al único que le pasan cosas o que desea hacer cosas; y, sobre todo, te anima el ejemplo que dan otros matrimonios», apunta Carlo. Los hijos no son meros espectadores. Su hija mediana, Silvia, explica que «ver a tantas personas compartiendo esto, con tanta alegría, me hace darme cuenta de que vivir en familia es bueno, que no estamos solos», y Francesco, casi de forma inaudible, añade que, «al ver cómo viven mis padres, veo que es bueno formar una familia cristiana». Aunque, para eso, hay que pasar primero por el noviazgo, que no siempre es un camino de rosas. Sara, la mayor, explica que «un noviazgo como vive todo el mundo parece más fácil que uno cristiano. Pero es posible vivir el noviazgo cristiano, porque no se trata sólo de tener o no relaciones, de esperar más o menos para dar ciertos pasos, sino que es una forma de entender y de vivir la vida y las relaciones. El noviazgo cristiano, en castidad, no es una idea imposible, es un camino real; lo importante es saber que se pueden vivir bien las relaciones entre las personas, y que cuando uno se casa, es posible mantener la alegría del amor para siempre, sin romperse».