Nunca he entrado al trapo para contestar a las sandeces que uno encuentra en Facebook. Se tiene que tener muy vacío el corazón para escribir lo que encontré hoy: «El coronavirus demostró que necesitamos menos Misas y más educación, menos curas y más médicos, menos iglesias y más hospitales». Solo esta vez voy a entrar al trapo.

Las personas, esas imprescindibles de las que habla Bertolt Brecht, a las que quiero honrar con este artículo, aparecen en la foto y son, de izquierda a derecha: Javier Murúa, René González, Natán Redondo, Javier Atienza y un servidor. Falta otro ateazo de pro del que os hablé en el artículo anterior, Federico Gerona. Y Gonzalo Crespo con Alicia. En la fotografía hay más ateos y agnósticos que cristianos. Me he permitido escribir sus nombres y apellidos, a pesar de que a ellos no les va a hacer gracia. Pero si se les da tanto bombo a los necios, ¿por qué no dárselo a los que merecen la pena?

Javier Murúa tuvo la genialidad de casarse con Almudena en Sierra Leona en los tiempos del ébola. Querían que lo oficiase su amigo Grandpa, que así me llaman allí. Y lo hicieron en la aldea de Bumbam, dando de comer a más de 700 invitados de las aldeas vecinas. Junto con su familia dirige la Fundación Maga, que se dedica a promover la educación de los niños más desprotegidos. Tanto Camboya como Sierra Leona dan fe de ello. Con los ingresos íntegros de las ventas del vino de la fundación (también la botella aparece en la foto), me ayudaron a construir dos escuelas para 350 alumnos cada una, y un pozo en cada una de ellas.

A las risas y apoyo de René González debo el haber podido soportar el dolor por tanta muerte, sobre todo de niños. A pesar de sufrir su padre un infarto, decidió quedarse. Se jugó la vida transportando a personas con fiebre sin saber siquiera donde podía dejarlas, porque el hospital estaba cerrado.

Natán Redondo, director de Enfermería del Clínico de Valladolid, ha dedicado gran parte de sus vacaciones a echarnos una mano en Kamabai. Su agnosticismo no le impedía leer lecturas en Misa ni ser testigo en la boda de su amigo Javier. Me enseñó que con una mano se cuida y con la otra se cura.

Javier Atienza me ayudó en la misión hasta que el Gobierno prohibió atender pacientes en los centros de salud sin el equipo necesario contra el ébola. Entonces, colaboró en el hospital Emergency de Freetown, siendo el único cirujano del centro hospitalario. Y Gonzalo Crespo y Alicia son maxilofaciales de Valladolid. En Sierra Leona decían que hacían milagros, porque devolvían la sonrisa a quien había sido apedreada por bruja (labio leporino).

No les hablo mucho de Dios, pero a Dios les hablo de ellos cada día. Lo que hace inquebrantable nuestra amistad es el respeto mutuo. Precisamente lo que no tiene quien hizo la publicación en Facebook.

José Luis Garayoa
Agustino recoleto. Misionero en Texas (EE. UU.)