El misterio de Vivian Maier

He comprobado en mis carnes cuánta razón tiene el pensador Christian Bobin, cuando dice que lo que aparece es insuperablemente mejor que aquello que se busca. Tropecé, hace una semana, en un blog…

Javier Alonso Sandoica

He comprobado en mis carnes cuánta razón tiene el pensador Christian Bobin, cuando dice que lo que aparece es insuperablemente mejor que aquello que se busca. Tropecé, hace una semana, en un blog de poesía, con una fotografía hermosísima de una autora para mí desconocida, Vivian Maier. Se veía en la pantalla de mi ordenador a una niña tapándose los oídos, porque un coche de bomberos estaba cerca y los operarios hacían su trabajo, como si nada. Había detrás de aquello una mirada absolutamente inteligente que había sabido atrapar dos instantáneas disímiles en un solo golpe de vista. Y lo mejor estaba por llegar: cuando me aventuro a conocer a la autora, me encuentro que acaba de estrenarse en Estados Unidos un documental sobre su vida insólita. Hace siete años, un chaval compró carretes en un mercadillo, porque veía en ellos imágenes de Chicago que le venían bien para un trabajo personal. De repente, se topó con cientos de negativos deslumbrantes de la que se ha convertido en una de las fotógrafas más cualificadas del siglo XX.

Vivian cuidaba niños, pasaba inadvertida, no había en ella sospecha de artista, hacía fotos por el mero placer de ponerse delante de la realidad con una mirada diferente. He estudiado sus trabajos; en ellos, se entiende lo que Walt Whitman quería enseñar al ciudadano norteamericano sobre la trascendencia de lo cotidiano. El poeta decía que incluso los acontecimientos medianos son incandescentes. Nada es profundamente inútil, inválido, insípido. Se lo dejo al mismo Whitman: «Cada objeto, condición o combinación precisa exhibe una belleza».

Vivian cuenta las cosas sin cursilerías. Cuando tiene que mostrar una realidad dolorosa, no se vuelve elusiva; simplemente, la atrapa con una suerte de énfasis personal, pero sin amargura. Hubo una fotógrafa norteamericana de los 70, Diane Arbus, que parecía vengarse de la Humanidad entera en su obra. Escogía la fealdad para agredir al espectador, buscarle en la provocación una actitud de disgusto. Todo muy agresivo y amargo. En Maier hay tanto respeto por el ser humano, que produce alegría saberse de la especie del retratado. También Muñoz Molina ha caído en el hechizo de nuestra fotógrafa y, en su último artículo de Babelia, dice: «Su secreto es doble, porque no se sabe qué la impulsaba a tomar fotos sin cesar, ni por qué eligió mantener secreta una afición que le importaba tanto. En Vivian Maier hay compasión, o al menos una observación fascinada, nunca sarcasmo».

Javier Alonso Sandoica