El gregoriano al rescate, por Ricardo Ruiz de la Serna - Alfa y Omega

Ya va quedando poquito para la Navidad. Por lo pronto, se acerca el adviento. Dentro de un mes, ya hay que tener listas las coronas. Los niños deben ir escribiendo sus cartas para los Reyes Magos y los padres deben recordarles que lo más importante de este tiempo no son los juguetes, sino que viene al mundo el Salvador y que, en aquellos días, «siendo Cirino gobernador de Siria y estando el mundo en paz», el Hijo de Dios se hizo niño como ellos y hombre como nosotros.

Solemos escuchar muchos villancicos rebosantes de zambombas, campanillas y botellas de anís haciendo ring-ring. Resuenan las voces infantiles celebrando los panderos sin sonajas, los peces en el río y la campana sobre campana. De vez en cuando, nos toca White Christmas y hay que aguantar un poco la colonización cultural. Puestos a elegir, prefiero Deck The Halls o Good King Wenceslas, que al menos tienen cierto fondo histórico. Pero no nos distraigamos, que yo he venido a hablar del gregoriano.

En efecto, para mí, la Navidad y el tiempo que la precede tienen un fondo de gregoriano. El otro día entré en una iglesia y, tal vez porque probaban el equipo de sonido, sonaba Puer natus est nobis. De inmediato me invadió una sensación de paz y consuelo que alivió la tristeza de la jornada –ya hablaremos de eso otro día– y me dispuso a seguir adelante. Un instante ante el Santísimo expuesto completó en minutos la sanación de una jornada difícil.

«Nos ha nacido un niño». Esto de ser humano no debe de estar tan mal cuando el propio Hijo de Dios decidió hacerse nuestro hermano. No debemos de valer tan poco cuando derramó su sangre para redimirnos. Las voces de aquellos monjes me hicieron sentir aquello que decía Benedicto XVI en una de sus catequesis sobre la oración: «Escuchando esto se comprende: es verdad; es verdadera la fe tan fuerte, y la belleza que expresa irresistiblemente la presencia de la verdad de Dios». Si quieren leerla completa, la tiene publicada en un formato magnífico para la lectura la editorial Ciudad Nueva. Aquellos monjes lo sabían y lo saben sus hermanos que siguen cantando los oficios y orando con los salmos.

El gregoriano vino, pues, en mi auxilio cuando lo necesitaba. Pensaría que es una casualidad si –como escribió Frossard– «si el azar cupiese en esta especie de aventura». No. No fue el azar.

Y eso me alegra y me reconforta.