El fin de la época «constantiniana» - Alfa y Omega

El fin de la época «constantiniana»

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Foto: CNS

«En nuestro tiempo el positivismo superficial se ha extendido como una virulenta epidemia. No hay lugar para Dios, no hay diferencia entre espíritu y materia, no hay existencia para el alma después de la muerte ni esperanza en la otra vida»: así comienza Georg Gänswein su libro Cómo la Iglesia católica puede restaurar nuestra cultura (Rialp). El libro recoge conferencias y homilías pronunciadas por Gänswein en los últimos años, algunas en ámbitos tan significativos como el Parlamento italiano o el Tribunal Constitucional alemán.

El prefecto de la Casa Pontificia defiende que «el Estado no debe convertirse en una religión que prescriba el laicismo como una cosmovisión supuestamente neutral». Pero a pesar de esta «amenaza existencial en la transformación moral de nuestras sociedades», Gänswein pide «resistir la tentación de escondernos en nuestras conchas de caracol a causa del miedo».

«El Papa Francisco sabe que la crisis de la Iglesia está, en lo esencial, en la crisis de su clero, y que ha llegado el momento del laicado soberano», escribe. Y a la hora de buscar soluciones a esta crisis, «no hay fórmulas patentadas», pero «si la Iglesia no sabe renovarse con la ayuda de Dios, estará en juego el proyecto de nuestra civilización al completo».

Lejos de caer en cualquier pesimismo estéril, Gänswein defiende que estamos sin embargo ante «un tiempo de gracia», en el que pide a todos los fieles –y especialmente a los sacerdotes– «decir la verdad acerca de Dios y la salvación eterna, para mostrar a la gente el camino correcto».

«El poder de vuestra predicación no proviene de vuestras buenas ideas, sino de lo que Dios en Jesucristo nos dio y nos enseñó», dice al clero. Por eso lamenta la esterilidad «de sacerdotes y obispos que no tienen el coraje de predicar el Evangelio de manera poderosa, sin atajos».

No asimilarse al mundo

El mensaje de la Iglesia para el mundo de hoy tiene para el prefecto de la Casa Pontificia dos cimientos: la ley natural y la revelación. «Mi supremo Legislador me mandaría derecho al infierno si presentase algo diferente», señala Gänswein. Por eso, al hablar del influjo de la Iglesia en la sociedad civil, reconoce que la institución «quiere satisfacer las necesidades materiales del mundo», pero «no es solo Cáritas», porque «en primer y en último lugar es responsable de las almas y de su paz consigo mismas y con Dios».

En un tiempo en el que Occidente «está en proceso de despedirse de su cosmovisión humanista cristiana original y de la ley natural», Gänswein reconoce que «estamos en una encrucijada», en la que la Iglesia «ni puede ni debe evitar adherirse» al derecho natural y a la visión cristiana de la vida, lo que hoy supone «poner el dedo en la llaga» ante el mundo.

«Por el bien de todos los hombres, la Iglesia debe encontrar el camino de regreso a sí misma», añade, pues si se pierde «en caldeados debates sobre todo tipo de temas controvertidos, a nadie le sorprenderá que nuestras iglesias se estén vaciando de modo abrumador», lo que resulta en «una mayoría de no cristianos y de cristianos que no conocen su fe».

Esto no supone «declinar la responsabilidad que la Iglesia tiene con el mundo» ni embarcarse en una «huida del mundo», sino recordar «el peligro de una adaptación autosuficiente a sus sugerencias».

Esto supone inevitablemente «fricciones» ente la esfera del mundo y la de la cristiandad, y la aparición de «la tentación de conformarse y querer ser como el resto», «asimilándose aún más al resto del mundo».

No faltan aquí ejemplos sacramentales que Gänswein recoge no sin lamento: «¿Qué hacemos cuando bautizamos a niños cuyos padres no conocen la Iglesia; cundo llevamos a la Primera Comunión a niños que no saben a quién van a recibir; cuando el sacramento del Matrimonio solo sirve para embellecer una celebración familiar?».

«Está acabando una época constantiniana», añade, por lo que hoy los fieles cristianos deben apuntar «radicalmente» al cielo y la eternidad para que la Iglesia «vuelva a brillar y fascine» y sea de nuevo «la sal de la tierra».

«No hay alternativa»: así concluye Gänswein su libro, pero a pesar de todo «nuestro mundo no es una empresa en bancarrota y dejada de la mano de Dios. Nuestras oraciones y sufrimientos no son en vano. Dios nos guía, a menudo misteriosamente, y nos guía de la mano de María».

Cómo la Iglesia católica puede restaurar nuestra cultura
Autor:

Georg Gänswein

Editorial:

Rialp

Año de publicación:

2021

Páginas:

206

Precio:

16 €