El estilo de vida del Evangelio

Con ocasión de la XVIII Jornada Diocesana de Enseñanza, y del Congreso de profesores Nueva evangelización, nueva escuela, nuestro cardenal arzobispo, bajo el título Redescubrir la alegría de la fe, escribe en su exhortación semanal

Antonio María Rouco Varela

Con ocasión de la XVIII Jornada Diocesana de Enseñanza, y del Congreso de profesores Nueva evangelización, nueva escuela, nuestro cardenal arzobispo, bajo el título Redescubrir la alegría de la fe, escribe en su exhortación semanal:

Desde hace años, celebramos la Jornada de Enseñanza como un momento oportuno para conocer más de cerca la realidad del mundo educativo, tan importante para la misión evangelizadora de la Iglesia. Un objetivo fundamental de estas Jornadas ha sido el promover entre los participantes un ámbito de encuentro y de oración, de comunión en la fe y de compromiso para ser testigos del Evangelio en el servicio a la educación de las nuevas generaciones. Esta vez, en el marco del Año de la fe y de la Misión Madrid, la Delegación episcopal de Enseñanza ha organizado un Congreso de profesores, los días 8 y 9 de marzo, en el que se pretende no sólo reflexionar sobre los retos a que se enfrentan la Iglesia y la escuela en una situación nueva del hombre, la sociedad y la cultura, sino también mostrar cómo la fe cristiana tiene la capacidad de impregnar e iluminar todas las dimensiones de la existencia humana, desde el convencimiento de que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et spes, 22).

Al comienzo de curso, señalaba a la comunidad diocesana que el Año de la fe nos abre al horizonte de interrogantes y angustias que ocupan y preocupan no sólo al mundo juvenil, sino a toda la sociedad. Y añadía que nuestra crisis económica, social, familiar y cultural no es separable de la crisis espiritual, de la crisis de la fe cristiana, nítidamente perceptible en la mentalidad y en la vida práctica de muchos de nuestros conciudadanos y hermanos madrileños. Ahora bien, no hay respuesta a la crisis si no asumimos el desafío de la evangelización –¡de una nueva evangelización!– en toda su verdad y sus exigencias para la vida interior, apostólica y pastoral de la Iglesia, concretadas en la situación histórica en la que vivimos. Como ha puesto de manifiesto Benedicto XVI, «también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido a favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe» (Porta fidei, 7).

La evangelización en la España actual ha de afrontar un doble desafío: el de una cultura muy influenciada por el pensamiento agnóstico y relativista –radicado en un humanismo inmanentista– y el de estilos sociales de vida donde impera como criterio dominante el vivir y comportarse como si Dios no existiera. Este desafío del mundo ideológico agnóstico y relativista, surgido y alimentado del ideal del superhombre (Nietzsche), dueño del mundo por su ciencia y su poder técnico-político, sólo podrá ser neutralizado y superado por el anuncio íntegro, claro y sencillo de Jesucristo, Redentor del hombre. También habrá que presentar intelectualmente el Evangelio a través de un discurso y un lenguaje teológicamente riguroso y valiente que busca y cultiva el diálogo abierto de la fe con la razón científica y filosófica. Una fe que le exige al hombre la humildad, sencillez y honradez de la inteligencia, así como la sinceridad de la voluntad y del corazón.

Decisiva formación religiosa

En esta exigencia de una nueva evangelización, que la Iglesia ha de realizar con el fin de que la proclamación de la Buena Noticia alcance a las nuevas generaciones –y así puedan descubrir la verdad última sobre la propia vida y sobre el fin de la Historia–, adquiere una importancia especial la tarea educativa. Sabemos que ésta presupone y comporta una determinada visión del ser humano, razón por la que la Iglesia, bien por medio de la creación de sus propias escuelas, bien por la enseñanza religiosa y moral, se ha hecho presente en los centros educativos, con el fin de ofrecer a niños y jóvenes la imagen de persona y el sentido de la vida que presenta el Evangelio. De ahí la urgencia de ofrecerles una educación integral, que desarrolle todas las dimensiones de su persona. Tarea no fácil, pues, como dijo Benedicto XVI, «hoy cualquier labor de educación parece cada vez más ardua y precaria. Por eso se habla de una gran emergencia educativa, de la creciente dificultad para transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento».

Una educación integral ha de ensanchar la mirada de los jóvenes al mundo, desarrollar su capacidad crítica y de valoración ética: siempre con sentido de responsabilidad y con voluntad de empeño constructivo en la sociedad. Además de conocimientos útiles, los estudiantes necesitan una sabiduría acerca del sentido de la existencia, que oriente sus energías hacia el conocimiento de la verdad plena. De ahí la importancia que adquiere en la escuela, para atender a la formación integral del alumno, el incorporar la formación religiosa, que responde a la pregunta sobre el hombre desde la presencia de Dios Creador y Salvador. En una sociedad pluralista, el derecho a la libertad religiosa exige que las autoridades públicas garanticen la presencia en la escuela de la enseñanza de la Religión, conforme a las convicciones de los padres y en condiciones equiparables a las asignaturas fundamentales.

Las instituciones educativas surgidas de familias religiosas, diócesis, movimientos eclesiales, o ciudadanos católicos, han de ser un lugar de educación integral de la persona por medio de un proyecto educativo que, teniendo su fundamento en Cristo, permita a los jóvenes encontrar un itinerario de formación intelectual, humana y espiritual, que no se reduzca al mero objetivo de conseguir un título.

+ Antonio Mª Rouco Varela