El empeño de los tres franciscanos de Alepo por reconstruir su colegio

Después de 53 años, el Gobierno de Siria ha devuelto a los franciscanos el Colegio Tierra Santa, que les expropió en 1967

María Martínez López
De izquierda a derecha, fray Edward Tamer (recientemente fallecido), fray Ibrahim Alsabagh, fran Francesco Patton (custodio de Tierra Santa) y fray Firas Lufti, en Alepo. Foto: Latin Alepo

Ahora que el Colegio Tierra Santa de Alepo vuelve a estar en manos de los franciscanos, «ya podemos hacer planes para retomar las actividades», celebra desde Beirut (Líbano) fray Firas Lufti, responsable de la Custodia de Tierra Santa en Siria, el Líbano y Jordania. Durante los 53 años transcurridos desde su expropiación, este importante centro educativo católico en la segunda ciudad más importante de Siria permaneció en manos del Gobierno.

Ahora que el régimen de Bashar al Assad ha decidido devolverlo a los frailes, «el siguiente paso es revitalizarlo para que se convierta en un faro». En declaraciones a Alfa y Omega, el franciscano apunta que una de las opciones que barajan es «recomenzar nuestra misión educativa abriendo una escuela piloto». Con el tiempo, a este proyecto se le podría añadir «una universidad o escuelas de formación profesional».

La formación de los jóvenes es una de las grandes apuestas de los franciscanos en Oriente Medio. Es la mejor forma de promover la convivencia pacífica entre grupos étnicos y religiosos, además de ofrecer un porvenir a las nuevas generaciones, tentadas de emigrar. Dos necesidades especialmente apremiantes en Siria, donde todavía colea una guerra de casi diez años. «Los próximos días son esenciales para moldear el futuro de las próximas generaciones de la Iglesia y de Alepo», apunta fray Lufti.

25 años de frutos

El responsable de la Custodia en el país explica que en 1967, el Gobierno de la República Árabe Unida (que por aquel entonces englobaba Siria y Egipto), bajo el presidente Gamal Abdel Nasser, decretó la confiscación y nacionalización de multitud de entidades privadas, entre ellas muchas escuelas de iniciativa social. Incluido el Colegio Tierra Santa de Alepo, que con todas sus instalaciones ocupaba 87.000 metros cuadrados. Había sido construido en 1942, y en esos 25 años de vida pasaron por sus aulas de Secundaria muchos futuros médicos, ingenieros y personalidades de la ciudad.

Tras un sinfín de juicios, los franciscanos lograron recuperar parte del terreno. Pero más de un cuarto de la finca permaneció en manos de la Administración durante 53 años; el mismo tiempo que la orden se ha visto privada de uno de sus principales instrumentos educativos en el país. Durante este tiempo, al igual que otras congregaciones, intentaron llenar este hueco con un centro que de manera informal daba apoyo educativo a niños y jóvenes.

«El actual Gobierno ha considerado que después de una década de guerra en Siria, todo ha cambiado y el foco debería ser la reconstrucción del ser humano». Fray Lufti asegura que en estos términos se expresó el presidente, Bashar al Assad, cuando en una reunión con él en diciembre del año pasado «le suplicamos que intentara devolvernos el colegio para que pudiéramos jugar nuestro papel en el proceso de educar» a los ciudadanos sirios del futuro.

Dos de cinco frailes, víctimas de la COVID-19

Sin embargo, para hacer realidad sus planes para el colegio, los franciscanos tendrán que superar muchos obstáculos. A la crisis en la que sigue sumido el país como consecuencia de la guerra, se ha sumado en los últimos meses la pandemia de COVID-19, que ha sido un duro golpe para su pequeña comunidad. De cinco franciscanos que había en la ciudad, cuatro contrajeron el virus y dos murieron.

El padre Edward Tamer, de 82 años, estuvo mucho tiempo dedicado a los pobres y vulnerables de la ciudad. «Durante la guerra, a pesar de que los superiores le pidieron que se fuera, decidió quedarse en el monasterio e intentar fortalecer a la comunidad cristiana para ralentizar las constantes oleadas de migraciones».

Llegan refuerzos

Fray Firas Hijazin, en cambio, solo llevaba un año en la ciudad. Con todo, gracias a su energía y su juventud (tenía 49 años) dejó «un impacto muy positivo» por medio de sus proyectos de ayuda a las familias. Su superior recuerda, asimismo, cómo «abrazaba con una sonrisa a los jóvenes», a los que invitaba a muchas actividades en el convento.

Ahora, en Alepo, solo quedan tres hermanos. Pero «la Custodia está ansiosa por continuar el mensaje de donación y servicio al pueblo de Alepo y de Siria», por lo que fray Lufti anuncia que próximamente «se enviarán uno o dos frailes» a la ciudad. Colaborando con todos los proyectos ya en marcha, además de con el relanzamiento del Colegio Tierra Santa, seguirán dando «testimonio de que la vida es más fuerte que la muerte y el dolor».