El emotivo discurso de Liliana en el funeral: «Es abrazando su cruz donde encontraremos mayor consuelo» - Alfa y Omega

El emotivo discurso de Liliana en el funeral: «Es abrazando su cruz donde encontraremos mayor consuelo»

«Eran vagones llenos de virtudes y defectos, de triunfos y derrotas, de anhelos y silencios, de esperanza. Porque ellos no solo son los 45 del tren, eran nuestros padres, madres, hermanos, hijos o nietos», dijo Liliana, que aseguró que buscarán la verdad pero «desde la serenidad, el alivio y la paz de saber que ahora» las víctimas «duermen en los brazos de la Virgen de la Cinta»

José Calderero de Aldecoa
Liliana en el funeral leyendo su discurso. Foto: EFE / José Manuel Vidal.

El pabellón Carolina Marín de Huelva acogió este jueves una Misa funeral para rezar por las víctimas del accidente ferroviario. En presencia de los reyes, Felipe VI y Letizia, durante la celebración Liliana Sáenz –hermana de Fidel Sáenz– aseguró que «la única presidencia que queremos a nuestro lado es la del Dios, que hoy aquí se ha hecho presente en el pan y el vino, bajo la mirada de su madre, en su advocación» de la Virgen de Cinta.

«Huelva es una tierra mariana. Andalucía es un pueblo creyente y es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo. Gracias a los que nos acompañáis por amor, por compasión, por empatía; gracias incluso a los que lo hacéis por agenda», comentó.

Durante su discurso, recogido por Europa Press, al que siguió una ovación de más de dos minutos, Sáenz agradeció también la labor de las instituciones que se pusieron «de frente desde el minuto cero, soportando el caos y los envites de nuestra propia angustia». Aunque no evitó reprochar a la «lentitud de la información» porque «siempre es mejor saber que imaginar».

Acompañamiento entre los hierros

Sáenz no se olvidó de los vecinos de Adamuz, ese pequeño rincón que nunca olvidaremos y al que nos sentiremos unidos para siempre». Los vecinos, «sin pensar en las consecuencias, no dudaron en sumarse al caos de los hierros retorcidos, la sangre, el dolor y las lágrimas para acompañar a nuestros heridos hasta que estuvieron seguros de que estaban a salvo». Más tarde «nos acompañaron en nuestro lamento. Pusieron a nuestra disposición el sustento y el cobijo de esos amargos días, pero sobre todo pusieron todo su cariño, su entrega y su deseo de hacer que ese duro momento doliera un poco menos», añadió.

Igualmente valoró que los cuerpos de seguridad y emergencias «acudieron prestos como siempre e hicieron lo que pudieron con la información y los medios de lo que disponían» con una alusión expresa a los voluntarios de Cruz Roja «que no han soltado nuestra mano en ningún momento: si no puedes curar, alivia; si no puedes aliviar, consuela; Si no puedes consolar, acompaña».

Por último, resaltó la labor de «las pequeñas corporaciones locales cuyos vecinos iban corriendo la voz de que algo grave estaba azotando los cimientos de la comunidad y sintieron nuestro quebranto como el suyo propio» y de alcaldes que han «demostrado que hay que ser grandes como personas para poder ser grandes como servidores públicos».

«Eran nuestros padres y nietos»

El punto más emotivo de su alocución se produjo al referirse expresamente a las 45 personas que perdieron su vida en los trenes el domingo 18 de enero. «Eran vagones llenos de virtudes y defectos, de triunfos y derrotas, de anhelos y silencios, de esperanza. Porque ellos no solo son los 45 del tren, eran nuestros padres, madres, hermanos, hijos o nietos ellos, la alegría de nuestros despertares y el refugio de nuestras penas, la ilusión de buscar un futuro mejor, de disfrutar momentos en familia o el deseo de volver con sus seres queridos, ellos eran esto que ya nunca serán», dijo Liliana emocionada.

«Y nosotros somos las 45 familias a las que se les paró el reloj a las 19:45 de aquella fatídica tarde, que se abrazaron en aquel centro cívico donde el paso del tiempo se iba inundando de silencio y el silencio iba dejando paso al llanto cuando empezamos a comprender en el lento avance de las horas que volveríamos sin ellos», rememoró antes de proclamar que «también somos las 45 familias que lucharán por saber la verdad porque solo la verdad nos ayudará a curar esta herida que nunca cerrará», pero «lo haremos desde la serenidad, el alivio y la paz de saber que ahora duermen en los brazos de la Virgen de la Cinta». Liliana Sáenz concluyó leyendo una oración en voz alta: «Diles tú, Blanca Paloma, pastora de la Rocina, que siempre lo sentiremos con él sol o con la brisa, y que con fe esperaremos a que llegue ese momento en el que Dios nos abrace y así volvamos a vernos. Descansen en paz».

Discurso completo

Majestades, excelentísimas autoridades civiles y eclesiásticas que nos acompañáis. Hoy, cuando el vendaval que recorre nuestro interior parece intentar calmarse, queremos empezar estas palabras dando las gracias. En primer lugar, gracias a nuestra diócesis por este funeral, el único funeral que cabía en esta despedida. Pues la única presidencia que queremos a nuestro lado es la del Dios que hoy aquí se ha hecho presente en el pan y el vino, bajo la mirada de su madre en su advocación cinteña. Huelva es una tierra mariana. Andalucía es un pueblo creyente y es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo.

Gracias a los que nos acompañáis por amor, por compasión, por empatía, gracias incluso a los que lo hacéis por agenda, gracias al pueblo de Adamuz, ese pequeño rincón que nunca olvidaremos y que nunca olvidará, así como a la ciudad cordobesa a la que nos sentimos y nos sentiremos unidos para siempre. Sin pensar en las consecuencias, no dudaron en sumirse al caos de los hierros retorcidos, de la sangre, del dolor y de las lágrimas. Acompañaron a nuestros heridos hasta que estuvieron seguros de que estaban a salvo. Y luego nos acompañaron en nuestro lamento. Pusieron a nuestra disposición el sustento y el cobijo de esos amargos días. Pero, sobre todo, pusieron todo su cariño, su entrega y su deseo de hacer que ese duro momento doliera un poco menos.

Gracias a los cuerpos de seguridad y emergencias que acudieron prestos, como siempre, a la llamada. Hicieron lo que pudieron con la información y los medios de lo que disponían. Gracias por vuestra empatía, vuestra cercanía y vuestro afecto en los días posteriores. Gracias a la sanidad andaluza, sin duda sostenida por los profesionales que la integran. Yo sé lo que es volver a casa de una guardia mala y abrazar a tus hijos porque sabes que alguien ya nunca podrá volver a hacerlo con el suyo. Yo sé lo que es intentar sanar el cuerpo de alguien que tiene el alma herida de muerte. Tuvo que ser durísimo, compañeros. Gracias.

Gracias al personal y voluntarios de Cruz Roja que no han soltado nuestra mano en ningún momento. Si no puedes curar, alivia. Si no puedes aliviar, consuela. Si no puedes consolar, acompaña. Gracias a nuestras instituciones que se pusieron de frente desde el minuto cero soportando el caos y los envites de nuestra propia angustia. Permitidme, no obstante, una crítica a la lentitud de la información, pues creedme, es mejor saber que imaginar.

Gracias también, como no, a las pequeñas corporaciones locales, cuyos vecinos iban corriendo la voz de que algo grave estaba azotando los cimientos de la comunidad y sintieron nuestro quebranto como el suyo propio. Querida Pilar, queridos alcaldes, habéis demostrado que hay que ser grandes como personas para poder ser grandes como servidores públicos. Y gracias, infinitas gracias a Huelva, nuestra querida ciudad bendecida por el sol que no ha dejado de arroparnos de una forma extraordinaria, haciéndonos llegar la grandeza de su amor y su propio dolor, intentando así que el nuestro fuera un poco menos desgarrador.

Y así han ido pasando los días y el dolor va dejando paso a los recuerdos y nuestro corazón, aún con la misma espada clavada, empieza a esbozar pequeñas y tímidas sonrisas cuando mil estampas pasadas irrumpen continuamente nuestra mente. Yo tendría algo más de pocos años cuando un día le pregunté a mi madre: «mami, ¿tú cuánto dinero ganas?», supongo que sería algo que hablábamos entre chiquillos. «Lo justo cariño», me dijo ella, porque lo que queda en mi cuenta a final de mes no es mío. «¿Y de quién es mamá?», le pregunté, porque no lo comprendía. «De los demás», me dijo ella. Así era mi madre, generosa con todo lo que tenía. Generosa con sus ganas, generosa con su tiempo, generosa con sus sonrisas. Así era ella.

Y es que lo que perdimos ese fatídico domingo 18 de enero no era sólo una cifra. Eran vagones llenos de virtudes y defectos. Eran vagones llenos de triunfos y derrotas. Eran vagones llenos de anhelos y silencios. Eran vagones llenos de esperanza. Porque ellos no sólo son los 45 del tren. Ellos eran nuestros padres, madres, hermanos, hijos o nietos. Ellos no sólo son los 45 del tren. Ellos eran la alegría de nuestros despertares y el refugio de nuestras penas. Ellos no sólo son los 45 del tren. Ellos eran la ilusión de buscar un futuro mejor. La alegría de disfrutar momentos en familia o el deseo de volver con sus seres queridos. Ellos eran eso que ya nunca serán.

Porque ellos no solo son los 45 del tren, ellos eran parte de una sociedad tan polarizada que empezó a resquebrajarse hace mucho tiempo y no nos estamos dando cuenta. Ellos no solo son los 45 del tren, pero son los 45 del tren. ¿Y nosotros? Nosotros somos las 45 familias a las que se les paró el reloj a las 7.45 de aquella fatídica tarde. Somos las 45 familias que se abrazaron en aquel centro cívico donde el paso del tiempo se iba inundando de silencio y el silencio iba dejando paso al llanto cuando empezamos a comprender en el lento avance de las horas que volveríamos sin ellos. Somos las 45 familias que han aprendido con demasiada crueldad que la llamada que no se hace se queda sin hacer. Y el beso que no damos es el que más recordamos.

Somos las 45 familias que cambiarían todo el oro de este mundo, que ahora no vale nada por poder mover las agujas del reloj tan solo 20 segundos. Y también somos las 45 familias que lucharán por saber la verdad. Porque solo la verdad nos ayudará a curar esta herida que nunca cerrará. Sabremos la verdad. Lucharemos para que nunca haya otro tren. Pero lo haremos desde la serenidad, desde el alivio, desde la paz de saber que en los brazos de la Virgen ahora duermen. Y el regazo de una madre que los quiere es quien los mece.

Virgencita de la Cinta,
patrona de este gran pueblo,
dale paz, serenidad,
descanso eterno.

Virgen Bella, virgen guapa,
no los sueltes de tu vera.
Que no sientan el dolor,
que no sientan la miseria.

Que la Virgen de la Peña
los cobije para siempre
y en el abrazo del valle
la vida venza a la muerte.

Madre de la Almudena.
Virgen que guía el Camino,
llévales el beso mudo,
ese adiós que no les dimos.

Remedios, madre querida,
reina del aljaraqueño,
bríndales tus firmes manos
que ella nunca tenga miedo.

Madre del amor hermoso,
reina de la Victoria,
dolores del negro luto,
concédeles tú la gloria.

Y guía también nuestras vidas,
humilde Virgen del Sol
y que la misericordia lata
en nuestro corazón.

Haz que cese este dolor,
Virgen Morena del Carmen.
Llévate esta cruel espada
con la espuma de los mares.

¿Y tú? Virgen del Rocío,
la que alumbra a mis desvelos,
la que siempre me acompaña
cuando me rompo por dentro.

Abraza sus corazones
y llévales un suspiro
con una canción de amor
por los años compartidos.

Diles que tenemos paz
y que seremos valientes,
que el odio no nacerá
en la rabia que nos crece,
que volverán las sonrisas
y seguiremos viviendo,
y este amor no morirá,
vivirá de sus recuerdos.

Diles tú, Blanca Paloma,
pastora de la Rocina,
que siempre lo sentiremos
con él sol o con la brisa,
y que con fe esperaremos
a que llegue ese momento
en el que Dios nos abrace
y así volvamos a vernos.

Descansen en paz.