El drama de la soledad

Maica Rivera

Este libro, debut novelístico del autor canadiense, no es solo un éxito internacional de ventas, publicado en más de 20 países. Es, además, la inspiración de la película de Charlie Kaufman que se ha convertido en el fenómeno de temporada de Netflix. Hay que decir, sin pasar por alto sus servidumbres orientadas al éxito instantáneo, que la lectura está a la altura de las expectativas. Arranca con una voz femenina que narra los pormenores de la relación con un novio reciente, de camino a conocer a los padres de este. Según nos repite, una y otra vez, está «pensando en dejarlo». Y ese será el leitmotiv obsesivo, de principio a fin, que tendrá un cierre menos inesperado que triste, convirtiendo este cuento surrealista en una tremenda alegoría de la soledad y la incomunicación de nuestro tiempo.

Hay muchas pistas para ir atando cabos de todo esto desde los comienzos. Sin ir más lejos, no existe sensación de normalidad de pareja, ni de normalidad a secas, en ningún momento. Siempre hay algo ominoso acechando: la figura amenazante de un hombre desdibujado a través de una ventana, advertencias de peligro por parte de otros personajes… Durante el trayecto a la granja familiar vamos sabiendo cómo los dos jóvenes se conocieron una rara noche en el bar del campus, cómo pronto iniciaron una relación íntima casi por inercia. Desde entonces, ella, «egoísta y egocéntrica», se cuestiona a cada paso si quiere seguir con el noviazgo, sin demasiados motivos para no hacerlo, pero tampoco los suficientes para seguir adelante. También vamos averiguando que hay algo inquietante que crece en paralelo, materializado en llamadas telefónicas de madrugada (desde el propio número de teléfono, para mayor terror y estupefacción) con extraños mensajes existenciales, un discurso vago pero no absolutamente incoherente, que se va agigantando. Este doble relato principal intercala, en cursivas, breves apuntes de otra historia espeluznante, que solo resolveremos en las últimas páginas, porque es la clave de todo el misterio.

Para el lector avezado, se trata de una novela muy previsible en sus giros de manual. Eso no impide que a todos pueda engancharnos y que se lea de un tirón. La atmósfera lyncheana de Iain Reid está orientada a generarnos una enorme desazón, sin más. Y lo consigue con buena nota. Nos insinúa algunos temas interesantes entre bambalinas, es verdad, pero cuesta mucho discernir el grano de la paja en esta entretenida empanada mental llena de fugas y dispersiones, donde se da una de cal y otra de arena sin mucha oportunidad real para reflexionar de veras. Existe, por ejemplo, un extravagante discurso sobre el pensamiento humano, la honestidad y el alma, pero enseguida se van contrarrestando las filosofadas con topicazos, con alguna que otra oda pueril a los pequeños detalles del enamoramiento. Por ejemplo, una charlita de la protagonista ilustrándonos didácticamente con su metáfora personal sobre madurar en la relación amorosa: dejar de incomodarse por el ruido matutino de las tripas de su novio Jake y pasar a conmoverse llamativamente cuando él, descuidado por naturaleza, se acuerda de hacerle llegar unas pastillas para la migraña, envueltas en un papelito. Donde ella ve épica de adulto, nosotros podemos vislumbrar cierta simpleza; aunque la observación tampoco está mal tirada del todo y lo cierto es que no se puede esperar mucha más finura de la narradora. Pero lo grave, lo que pesa de verdad, en serio, no es evidentemente nada de eso sino el que, sobre todas las cosas, se cierne un anhelo desesperado de amar al prójimo, de dar el mejor beso del mundo a una persona especial, de establecer relaciones profundas, auténticas y fecundas con los demás.

Estoy pensando en dejarlo
Autor:

Iain Reid

Editorial:

AdN

Año de publicación:

2020

Páginas:

208

Precio:

17 €