El dolor de las casas sin hogar - Alfa y Omega

El dolor de las casas sin hogar

Maica Rivera

La cuarta novela del profesor sevillano Manuel Barea nos enfrenta a una historia durísima y desesperanzada. Eva es la protagonista del relato que empieza con narración en primera persona, como un diario de desahogo desesperado. Se desarrolla fluido, con frases cortas y afiladas, un tristísimo monólogo interior con clímax en un lamento ahogado, desde la ventana de una vivienda inhóspita con vistas a un exterior hostil en el que resuenan los ecos de un gemido perruno. Este formato ocupa las dos primeras partes del libro, en las que vamos conociendo a esta mujer que malvive en la lúgubre soledad de un piso destartalado que huele a mustio. Apenas se comunica más allá de lo imprescindible, se encuentra al límite de la pobreza absoluta, saliendo del paso a base de chapuzas a domicilio y ejercer de camarera en una discoteca. Sufre un dolor físico constante, agravado por la precariedad de su rutina, tan solo aliviada a raíz de la entrada en escena del perrito semiabandonado al que siempre oye llorar por las noches: un cachorro de braco de ojos celestes que conseguirá arrancarle alguna sonrisa y sacarla momentáneamente de su ensimismamiento. Ante su propio asombro, será capaz de hacerse cargo de él y cuidarle, a pesar de que la desgarre por dentro el sentimiento maternal.

Como anécdota coyuntural, resulta curioso leer en días como estos, en estas páginas, sobre «la angustia de no poder salir de casa», la que sufren unas estudiantes universitarias que solicitan los servicios de Eva a causa de un problema con una cerradura de la puerta. Mientras que ella es incapaz de salir de una abúlica desolación, las jóvenes, al contrario, perfectamente integradas en el mundo exterior, parecen no poder perderse ni un segundo de todo lo que pasa fuera. Es una de las muchas llamadas de atención de la novela sobre la invisibilidad de ciertas víctimas de la sociedad y la ceguera infantiloide del entorno. Tras otras anécdotas laborales semejantes, estalla el drama cuando la casera, una mujer «excesivamente impetuosa, excesivamente frívola, excesivamente cargada de bártulos e intenciones», avisa a Eva de que tiene que abandonar la casa alquilada. Se ve obligada a regresar a la de sus padres en el pueblo.

Llega la tercera parte de la novela y cambiamos la perspectiva, comienza una narración en tercera persona con Eva mirando desde fuera la ventana de su dormitorio de niña y adolescente. Descubriremos que ella, la chica normal, la cariñosa hija y futura nuera, huyó de este lugar al que se ve obligada a regresar tras la concatenación de una serie de hechos terribles en el pasado que incluyen el maltrato y pérdidas familiares irreparables. Conoceremos a su madre, dedicada a fumar mientras ve programas del corazón y acumula desperdicios. Y la última esperanza la perderemos cuando leamos que Eva entra en una iglesia «sin saber muy bien por qué», y que, sentada atrás durante la Misa, será incapaz de reaccionar: ya está totalmente fuera de sí por culpa del síndrome de abstinencia, abocada a un trágico desenlace que hiere sensibilidades.

En la casa vacía
Autor:

Manuel Barea

Editorial:

Alrevés