El «Dios-con-nosotros»

Daniel A. Escobar Portillo
El sueño de José (hacia 1697), de Antonio Palomino y Velasco. Museo del Prado. Foto: Museo del Prado

Queda solo una semana para que estemos celebrando la Natividad del Señor. En este domingo el tiempo de Adviento da un giro. Si durante tres semanas el Evangelio nos ha preparado para la acogida del Reino de los cielos, a partir de ahora nos detenemos en la contemplación de su primera venida. Nos disponemos a conmemorar el nacimiento del Salvador. Tal y como nos relata el episodio evangélico de este domingo, Jesús nace de María, desposada con José, descendiente del rey David. El pueblo judío, a quien Mateo dirige en primer lugar su Evangelio, sabía que el Mesías debía ser un hijo de David. De hecho, el pasaje de hoy se encuentra a continuación de la genealogía de Jesucristo. De este modo, Mateo contempla a Jesús entroncado en la tradición hebrea y perteneciente a la estirpe de Abrahán y de David.

La Virgen concebirá y dará a luz

Siglos antes del nacimiento del Salvador, el profeta Isaías ya había señalado uno de los signos que anunciarían la llegada de la salvación al pueblo de Israel. Lo escuchamos en la primera lectura de hoy: una virgen encinta, una virgen madre; algo imposible para el hombre, pero no para Dios. La tradición de la Iglesia siempre ha tenido en gran estima la virginidad y la maternidad reales de María, y, particularmente en algunos momentos históricos, ha tenido que explicar y defender la relevancia de esta doble condición de María. A pesar de que a los ojos humanos puede resultar dificultoso comprender la virginidad de María, a lo largo de la historia no han faltado tampoco quienes han puesto en duda la Encarnación verdadera del Hijo de Dios. No fueron pocos los que en los primeros siglos del cristianismo pusieron en tela de juicio que Cristo hubiera asumido realmente la carne. El hacerse carne tiene gran transcendencia, ya que Dios quiere ser «Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros» con una carne concreta, para que nosotros seamos salvados íntegramente. Por ello, se insiste en que María es la-que-da-a-luz a Jesucristo. Así pues, Dios ha tomado la iniciativa de realizar la salvación de su pueblo, haciéndose uno de nosotros con todas las consecuencias. Esto implica asumir la debilidad, hacerse pequeño e indefenso, como cualquiera de nosotros. Con ello, el Señor nos muestra que ha querido implicarse por completo en toda situación humana, haciéndola suya.

La figura de José

Sabemos que los Evangelios son parcos en las alusiones hacia el patriarca san José. Por eso, toda referencia al tercer miembro de la Sagrada Familia tiene gran relevancia a la hora de comprender con mayor profundidad el modo escogido por Dios para llevar a cabo la salvación. En primer lugar, el padre legal es quien da nombre al hijo y ello significa aportarle una identidad concreta en la sociedad en la que vive. José, descendiente de Abrahán e «hijo de David», como es llamado por el ángel, será la persona de la que Dios ha querido servirse para insertar plenamente al niño Jesús en la historia humana y en el linaje del que nacería el Mesías. En segundo lugar, la tradición cristiana ve un paralelismo entre la fe que José muestra en este relato y la de su antepasado Abrahán, padre en la fe del pueblo judío. Del mismo modo que Dios probó la fe de Abrahán, mandándole sacrificar a su único hijo, el Señor, a través del ángel, le pide a José que se fíe completamente de Él y que le ponga el nombre de Jesús al niño que nacerá de María. De esta manera, Dios ha querido contar con José, que es justo y se ha fiado del Señor, para que el niño Jesús quede plenamente insertado en la historia humana.

Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid


Evangelio

La generación de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer.

Mateo 1, 18-24