El descenso de vocaciones «forma parte del camino» y «la vida consagrada no muere»
Un carmelita y una biblista reivindican en la Semana Nacional de la Vida Consagrada que para los religiosas ancianos «la gran misión ahora es “dejarse cuidar”»
La 55 Semana Nacional de Vida Consagrada, organizada por el Instituto Teológico de Vida Religiosa en Madrid del 8 al 11 de abril, ha abordado en su segundo día el impacto del envejecimiento en las congregaciones religiosas a partir de dos ponencias: la del carmelita Andriamihaja Dominique Rakotobe y la de la biblista Carmen Yebra.
Rakotobe ha centrado su charla Elías. Solo Dios basta en este profeta que fue «un testigo de fuego y silencio, un hombre semejante a nosotros que aprendió que el poder de Dios se revela en la debilidad». En su análisis, ha comparado la crisis que vivía Elías en su momento con la actual, pues «el pueblo había sustituido a Yahvé por los dioses del poder y del éxito, los Baales de su tiempo».

El carmelita ha advertido de que «también nuestra época vive un sincretismo semejante» en el que existe el riesgo de «perder el rostro de Dios vivo». Por lo que «su historia es la nuestra, una historia de vocación, de crisis, de huida y de reencuentro».
«La reducción forma parte del camino»
Andriamihaja Dominique Rakotobe ha recordado cómo, en el paso de la victoria al desierto, «Elías, el profeta victorioso, se convierte en fugitivo». Así, «el que hizo descender fuego del cielo ahora pide la muerte bajo un árbol». En ese proceso «Dios se acerca de otra manera, en un soplo suave», lo que provoca que «el centro de la misión no es su propio heroísmo, sino la fidelidad de Dios».

Aplicado a la vida consagrada, ha reivindicado que «la reducción forma parte del camino» y que esta «no es una tragedia ni una simple pérdida», pues «los momentos de desierto no son el final y la fragilidad puede ser un lugar de encuentro».
La misión ahora es «dejarse cuidar»
Por su parte, Carmen Yebra ha impartido la ponencia Afrontar la reducción caminando y habitando en el desierto. En ella ha reivindicado que este proceso está marcado «por la fidelidad de un Dios que sigue creando vida, incluso en el ocaso».
Frente a una lectura negativa, la biblista ha insistido en que «estamos llamados a descubrir los caminos que Dios abre en nuestro desierto, más que a lamentar lo que ya no somos». En esa línea, ha subrayado que «el final también es misión, la del agradecimiento, la entrega y la confianza radical en Dios».
Igualmente ha pedido un cambio de enfoque para que «la gran misión ahora sea “dejarse cuidar”» en vez de la mera actividad. Y ha reivindicado que esta etapa debe vivirse «no como pérdida, sino como profundidad». Este cambio implica revisar actitudes internas, pues «no es el momento del miedo ni del juicio, sino el de la confianza y el amor». Por último, ha concluido su intervención alegando que «la vida consagrada no muere, se transforma» y que «el tiempo que vivimos es el tiempo propicio».