El derecho al trabajo

Con motivo del día primero de mayo, nuestro cardenal arzobispo dedica su exhortación pastoral de esta semana al derecho al trabajo: Un bien imprescindible para el digno desarrollo de la persona y de la sociedad

Antonio María Rouco Varela

Con motivo del día primero de mayo, nuestro cardenal arzobispo dedica su exhortación pastoral de esta semana al derecho al trabajo: Un bien imprescindible para el digno desarrollo de la persona y de la sociedad. Dice en ella:

Hemos celebrado un año más el día primero de mayo como Fiesta del Trabajo y, en la Iglesia, como la fiesta de San José Obrero. En su origen, se encontraba un panorama social de la historia moderna de la economía, de la sociedad y del Estado caracterizada por la llamada revolución industrial. Una de sus consecuencias más problemáticas es lo que se conoce como la explotación de la clase obrera. El problema de una justa, buena y beneficiosa relación entre el trabajo y el capital se convierte en la cuestión social por excelencia del mundo industrializado de los siglos XIX y XX. ¿Era suficiente para resolverla el recurso a una política coherente y a un ordenamiento jurídico, inspirado y conformado por el valor de la justicia? ¿De qué justicia?: ¿una justicia entendida de forma pura y desnudamente contractual? Evidentemente, no. Era preciso ampliar los contenidos y el radio de expresión y de realización de la justicia en la firme dirección de la salvaguardia y promoción de la solidaridad entre las personas, las familias y el conjunto de la sociedad. La medida de una verdadera justicia social será la consecución del bien común, es decir, el bien resultante de la garantía de unas condiciones de vida que permitan el digno desarrollo personal de todos y de cada uno de los que forman la comunidad política. Entendida ésta no sólo como un Estado soberano, autosuficiente y encerrado en sí mismo, sino como cada vez más entrelazado e intercomunicado con la comunidad internacional. Superar la cuestión social y resolverla justa y solidariamente implicaba un desafío no sólo social, político e institucional formidable, sino también un reto moral y espiritual ineludible. La responsabilidad de los cristianos, más aún, de la Iglesia respecto a la necesaria respuesta a esa dimensión profunda del problema, en el plano de la conciencia moral y de la conversión espiritual, fue asumida pronto por el magisterio de los Papas del siglo XX y, por supuesto, del Concilio Vaticano II. Su aportación fundamental fue la de la consideración del trabajo humano y, por lo tanto, del derecho al trabajo como un bien básico y, consiguientemente, imprescindible para el desarrollo digno de la persona humana, inserta en una familia y en una determinada comunidad socio-económica, cultural y política. Ambas, familia y sociedad, con un futuro incierto, si no se promueven y abren las posibilidades de un trabajo digno para todos. No será posible hablar de justicia social y de solidaridad, y menos de Caridad en la verdad (Benedicto XVI), si todos los instrumentos y factores económicos, sociales y políticos, nacionales e internacionales (ya globalizados) no se empeñan en asegurar a toda persona capaz y dispuesta a trabajar la posibilidad de una ocupación digna: retribuida debidamente y regulada como vía apropiada para su desarrollo personal, libre y comprometido en el ámbito de la familia y de la vida social y cultural de su pueblo abierto a la cooperación internacional.

El principio de gratuidad y la lógica del don

En la actual situación de la economía mundial globalizada, sin regulación jurídica suficiente y exigente, para defender, promover y garantizar el derecho al trabajo, Benedicto XVI introduce un criterio de comportamiento ético, jurídico y político decisivo: el de que ha de darse el paso eficiente y resuelto a que, «en las relaciones mercantiles, el principio de gratuidad y la lógica del don como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria», sin «olvidar o debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la trasparencia, la honestidad y la responsabilidad». Porque «esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo» (Caritas in veritate, 36). En definitiva, una exigencia lógica de la experiencia cristiana de la vida como una respuesta de amor a un amor más grande: el de Dios que nos ha salvado por la muerte y resurrección de su Hijo.

Ante la dolorosísima realidad de tantos hermanos nuestros en paro y de tantas familias afectadas por el desempleo de los padres, o de algunos o de todos sus miembros, la fiesta de San José Obrero nos interpela a los hijos de la Iglesia, ¡a toda la Iglesia!, a poner en práctica su doctrina social sobre el trabajo: su valor trascendente para la persona humana, para la familia y la sociedad y, por consiguiente, su significado como derecho fundamental del hombre. Doctrina actualizada luminosamente por Benedicto XVI y nuestro Santo Padre Francisco. La caridad de toda nuestra comunidad diocesana se encuentra emplazada a ayudar a la solución del problema del paro que nos aflige tan persistentemente con un compromiso creciente y generoso. Ayuda inmediata a través de Cáritas, en la medida de nuestras posibilidades, y a través de la implicación de todos en corregir todo aquello que impida y de alentar todo lo que estimule e incentive la creación de puestos de un trabajo digno por parte de los agentes sociales y económicos y del Estado o de la autoridad pública, es decir, por lo que san Juan Pablo II denominaba el empresario indirecto. Un compromiso privado y público que no deberá olvidar que la protección y la promoción humana y cristiana del matrimonio y de la familia son elementos imprescindibles para que el objetivo del bien común pueda alcanzarse con la superación duradera y auténtica de una crisis que afecta tan gravemente al derecho al trabajo estable y digno. El modelo –¡un modelo insuperable e insustituible!– nos fue presentado el primero de mayo en la figura de san José, el artesano de Nazareth, y en su Familia, la Sagrada Familia: de Jesús, María y José.

A ella, a la Virgen María, venerada en Madrid como Nuestra Señora de La Almudena, nos confiamos y nos consagramos en un nuevo mes de mayo dedicado a ella por la piedad del pueblo cristiano, dispuesto a ser testigo del Evangelio de la alegría con la palabra y con las obras de la caridad cristiana. Testigo de que ha triunfado, triunfa y triunfará el amor de Cristo por encima de las actitudes individualistas y egoístas tan influyentes en la cultura y en el comportamiento nuestro y en el de nuestros contemporáneos.

+ Antonio Mª Rouco Varela