El cura santo que convirtió a los gauchos pobres en ignacianos

Alfa y Omega
El niño (izquierda), ya preso ante sus captores. Foto: Archivo Guerrero

Murió en 1914. Pero pese a la gran devoción de los argentinos por su cura de Ars particular, hasta 2013 no fue declarado beato. Cuenta divertido –que no bromeando– el sacerdote salesiano Julio César Ramos, formado en la diócesis de Córdoba a la sombra del cura Brochero, que «la causa estuvo parada tanto tiempo, en parte, por su fuerte vocabulario». Le da vergüenza reproducir la frase, pero al final se anima: «Él solía decir a los gauchos, a la gente pobre del campo, que la misericordia de Dios es como una cabra que caga sobre un horno. Su cagada cae para todos lados». Literal. «Así le entendía la gente sencilla a la que visitaba a diario, montado en su mula Malacara. Su parroquia abarcaba 4.300 kilómetros cuadrados de una zona totalmente inhóspita, tras las sierras de Córdoba, donde estaban los pobres. Pero a todos visitaba. Entraba a tomarse su matecito, a charlar, y acababa llevándolos a la Villa del Tránsito –ahora Villa Cura Brochero– a hacer los ejercicios espirituales ignacianos». De hecho, en la casa que construyó ex profeso para los ejercicios «había gauchos durmiendo en los pasillos, unos sobre otros. Nadie quería perderse los sermones del cura. La gente salía transformada».

«No se quedó peinando ovejas»

El proceso de canonización se inició en la década de 1960. Brochero fue declarado venerable por Juan Pablo II en 2004. El 20 de diciembre de 2012, Benedicto XVI firmó el decreto de beatificación y la ceremonia tuvo lugar en su Villa cordobesa el 14 de septiembre de 2013, ya en el pontificado de Francisco.

El cura Brochero. Foto: Alfa y Omega

El cura de la Pampa muestra, en palabras del Pontífice, «la actualidad del Evangelio. Es el ejemplo de ir a la periferia geográfica y existencial para llevar la misericordia de Dios». Lo dijo en una carta dirigida al presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, monseñor Arancedo, con motivo de la beatificación. «No se quedó en la sacristía a peinar ovejas», añadía el Papa.

El cura fue también un defensor del progreso de su pueblo: «Peleó con todos los políticos por la llegada del tren», explica Julio César Ramos. Tanto amó a su gente que murió leproso, tras contagiarse por visitar a enfermos.

Solo tres años después de ser beatificado, el Vaticano reconoció la semana pasada el segundo milagro de José Gabriel Brochero. Camila Brusotti, de 8 años, recibió una paliza mortal a manos de su madre y de su padrastro. Con un infarto cerebral, según los médicos estaba destinada al estado vegetativo. «Aunque no está curada del todo, la recuperación a nivel cognitivo llega casi al 100 %», afirma Ramos.

«Presencia viva de Cristo»

Ser «presencia viva de Cristo» es un requisito para la santidad, explica el comboniano español Fidel González, consultor de la Congregación para las Causas de los Santos. El cura Brochero lo fue entre los gauchos. Entre los nuevos decretos firmados por el Papa hay quienes fueron esa «presencia viva» entre los señores feudales de Japón, en el campo de concentración de Dachau, o en el México de la persecución religiosa de los años 1920. Es el caso de José Sánchez del Río, que con solo 14 años se unió a los cristeros y fue martirizado en su pueblo natal, Sahuayo, por los partidarios del Gobierno anticristiano. «Muero contento porque muero en la raya al lado de nuestro Dios», escribió a su madre. El 10 de febrero de 1928, le desollaron las plantas de los pies y le obligaron a caminar descalzo hasta el cementerio. El martirio le valió la beatificación en 2005, pero la historia no acaba ahí.

El mártir más famoso de México

José Sánchez del Río. Foto: Archivo Guerrero

Al día siguiente de su muerte, la gente venció el miedo para ir al cementerio y recoger restos de su sangre, cuenta Luis Laureán en El niño testigo de Cristo Rey (Ediciones De Buena Tinta). «No hay mártir más famoso en México», asegura a Alfa y Omega el padre Fidel González, que es relator de esta Causa. «En Sahuayo, su sangre ha sido un semillero de una fuerza increíble. Reafirmó la fe de la gente, y surgieron muchas vocaciones. Es como si todo el mundo hubiera conocido a Joselito, porque su historia se ha transmitido de padres a hijos».

Como buenos sahuayenses, también conocían a Joselito los padres de la niña curada por su intercesión siendo bebé, Ximena Magallón. Desde Aguascalientes, le pidieron al sacerdote de su pueblo que le rezara por la pequeña, que sufría graves problemas pulmonares y cerebrales. «Llegó a estar en muerte cerebral –asegura González–. Y justo cuando el sacerdote estaba celebrando Misa con los niños en Sahuayo por esa intención, la niña se despertó».

Con la aprobación de este milagro en vísperas del viaje del Papa a México, se abre la puerta a una pronta canonización. «Espero que su ejemplo haga mella en muchos jóvenes. José tenía claro lo que significaba la vida para él, y manifestó su fe con una heroicidad extrema y con una madurez que humanamente superaba su edad».

María Martínez y Cristina Sánchez


De Dachau a Japón

Escultura de Justo Takayama Ukon, en la diócesis de Osaka (Japón). Foto: Padre Hiroaki Kawamura

Tras la aprobación por parte del Papa de un milagro por su intercesión, será canonizado el beato polaco Estanislao de Jesús-María (1631-1701). Después de dejar los Escolapios en 1673, fundó la Congregación de los Clérigos Marianos de la Inmaculada Concepción, primera orden masculina polaca.

Francisco reconoció además el martirio del misionero de Mariannhill alemán Engelmar Unzeitig (1911-1945), llamado «el ángel de Dachau». Prisionero en este campo de concentración desde 1941, se ofreció para atender a las víctimas de una epidemia de tifus y murió contagiado el 2 de marzo de 1945. También ha sido reconocido mártir el japonés Justo Takayama Ukon (1552-1615), señor feudal que, tras la prohibición total del cristianismo en el país en 1614, partió al exilio en unas condiciones tan duras que le causaron la muerte poco después de llegar a Filipinas.

Se han aprobado además los milagros para la beatificación de Francesco Maria Greco (1857-1931), fundador de las Pequeñas Obreras de los Sagrados Corazones; y de la laica Elisabetta Sanna (1788-1857). Por último, el Papa reconoció las virtudes heroicas del capuchino italiano Arsenio da Trigolo (1849-1909), fundador de las Hermanas de María Santísima Consoladora; y de la mexicana María Luisa del Santísimo Sacramento (1826-1886), fundadora de las Adoratrices de la Santa Cruz.