El cristianismo tiene que ser escandaloso - Alfa y Omega

El cristianismo tiene que ser escandaloso

Sábado de la 1ª semana del tiempo ordinario / Marcos 2, 13-17

Carlos Pérez Laporta
Vocación de San Mateo. Giovanni Battista Caracciolo . Metropolitan Museum of Art de Nueva York, Estados Unidos.

Evangelio: Marcos 2, 13-17

En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del mar; toda la gente acudía a él, y les enseñaba.

Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dice:

«Sígueme».

Se levantó y lo siguió.

Sucedió que, mientras estaba él sentado a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaban con Jesús y sus discípulos, pues eran ya muchos los que lo seguían. Los escribas de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos:

«¿Por qué come con publicanos y pecadores?». Jesús lo oyó y les dijo:

«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».

Comentario

«¿Por qué come con publicanos y pecadores?». Cristo es escandaloso y el cristianismo tiene que ser escandaloso. La primera predicación de un sacerdote debiera servir para que la comunidad le condenara al ostracismo, decía Kierkegaard. Es un escándalo no solo porque perdone los pecados pasados, sino porque se sienta a la mesa con los pecadores una y otra vez; porque no viene a nosotros cuando ya no pecamos, sino cuando aún estamos pecando. Porque ni en el pecado nos abandona. Llama a Leví mientras está pecando, en mitad del ejercicio de cobrador de impuestos. «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores». Porque incluso la oscuridad es clara para Dios. «Nada se le oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas» (primera lectura).

Porque la redención no es pureza natural ni virtuosa. La redención es Cristo mismo. La pureza será solo su consecuencia. La redención es la relación tensa que Cristo provoca entre nosotros y Dios. La redención no es en primera instancia ya no pecar; sino que es ya no poder pecar tranquilo nunca más, porque ese hombre, Cristo, me ha amado y me ha perdonado. La redención es ese puente inquebrantable entre nosotros y Dios, que no podríamos dejar de recorrer sin enloquecer. La redención cristiana es la urgencia que nos provoca el amor de Cristo. A nosotros nos escandalizan nuestros pecados, y aún más los ajenos. A Cristo no. Solo dejaremos de escandalizarnos cuando dejemos que el amor de Cristo sea lo más determinante de nuestra vida, y no nuestra capacidad. Entonces la vida consiste en comparecer «confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno» (primera lectura).