El coordinador de la respuesta jesuita en Venezuela pide «financiación sostenida para la reconstrucción»
El jesuita Jesús Rodríguez Villaroel, socio local de Manos Unidas, cuestiona las cifras oficiales de fallecidos y pide transparencia en los datos para poder planificar la ayuda
El doble terremoto que golpeó Venezuela el 24 de junio «no es una emergencia de 30 días», de los que ya habrían pasado 23. Es el tajante mensaje que quiere lanzar a la comunidad internacional el jesuita Rodríguez Villarroel, director de la Oficina de Desarrollo de la Compañía de Jesús en Venezuela y coordinador de su respuesta de emergencia, además de socio local de Manos Unidas. Más allá de la ayuda de emergencia, «que agradecemos profundamente», pide «un compromiso de financiación sostenida para la reconstrucción, que sabemos tomará años, no semanas».
El doblete sísmico «no golpeó a un país con su capacidad de respuesta intacta, sino a uno ya exhausto». Ahora, además de los daños materiales, «se está viviendo una crisis de los servicios públicos». Una crisis que «este terremoto no creó», sino que «expuso y multiplicó».
Antes de que temblara la tierra, «casi cuatro millones de niños ya necesitaban asistencia humanitaria por un sistema sanitario sobresaturado, servicios sociales de difícil acceso y problemas de inseguridad alimentaria».
¿Qué hace falta ahora?
Rodríguez Villaroel recuerda que el presidente de la Federación Médica de Venezuela, Douglas León Natera, alertó de que «la situación humanitaria en Venezuela es crítica». Por ello calificó de urgente el envío de vacunas, antibióticos, analgésicos, material quirúrgico y equipos tecnológicos.
Por otro lado, a los jesuitas les preocupa «el tema del desplazamiento interno y externo de miles de personas que quedaron sin sus viviendas y que están hoy en campamentos provisionales», más de tres semanas después.
Una vez pasadas las semanas del gran despliegue de medios, que permitió abrir corredores hasta las zonas más golpeadas, el jesuita pide que la coordinación entre organismos humanitarios internacionales, la Iglesia católica, la sociedad civil, los técnicos y el Estado se refuerza con «protocolos técnicos claros», para que «la ayuda llegue de manera más equitativa a todas las comunidades afectadas, y no solo a las que están más visibles o mejor conectadas».
«La transparencia en las cifras no es un capricho»
El coordinador de la ayuda de los jesuitas se suma además a las voces que cuestionan las cifras oficiales de fallecidos —cerca de 5.000 este viernes, sin saberse los desaparecidos— y afectados. «La transparencia en las cifras no es un capricho periodístico ni de las organizaciones que estamos atendiendo las necesidades humanitarias más urgentes», subraya.
«Es una herramienta operativa». Los datos, explica tienen «impacto directo en cómo se planifica todo lo demás: cuántos equipos forenses, cuánta capacidad psicosocial hay que activar para las familias. Cuántos albergues hay que desplegar».

Mirando a etapas posteriores, sin datos fiables «la planificación de la fase de recuperación y reconstrucción que nos estamos planteando las obras y proyectos de la Compañía de Jesús en el terreno, muchas veces se hace a ciegas». En este sentido, señala que están trabajando no solo en la ayuda material sino para garantizar «acceso a información veraz, canales claros para que las familias puedan hacer seguimiento de sus casos y espacios de participación comunitaria en las decisiones que afecten su reubicación, recuperación y reconstrucción».
Por último, reivindica «la necesidad de construir un plan de actuación conjunta, centrado en la dignidad de las personas afectadas. Sabemos que, cuando se silencien los micrófonos, se apaguen las cámaras y las redes vuelvan a mostrar solo la superficie de la vida, las necesidades reales seguirán brotando en las comunidades. Por eso, nos estamos preparando para permanecer junto a la gente, más allá de la urgencia inicial y de las donaciones espontáneas».