El cardenal Czerny visita a los refugiados sirios en Líbano: «El Papa llora con ustedes»
El prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral envía el consuelo de la Iglesia al campamento 004 en Kfardlakos
«Tenemos hambre, no hay nada». «Los niños tienen mucho frío, están enfermos». «El otro día mi hijo vio por teléfono a un niño comiendo carne. Se enfadó mucho…». Son frases que escuchó el pasado fin de semana el cardenal Michael Czerny en su visita a los refugiados sirios en Líbano, una de las etapas de su misión al Líbanola semana pasada.
Czerny se desplazó hasta el campamento 004 para refugiados sirios en el pueblo de Kfardlakos, distrito de Zgharta, gobernación del norte del Líbano, uno de los cincuenta campamentos repartidos por todo el país, informa Vatican News. «Allí no tenemos ni una manta, aquí al menos hay techo», le gritaron los refugiados al paso del prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.
«Deudas, eso es lo que tenemos. Nada más», le dijo Fteim, de 50 años, un sirio de Hana, en el Líbano desde el estallido de la guerra en el 2011, quien tuvo un momento del diálogo con el cardenal bajo una tienda de campaña de la que caían gotas de lluvia. «Tenemos agua por todas partes, arriba y abajo, pero no para lavarnos. Nuestros hijos están sucios, no tienen ropa limpia y no van a la escuela porque no les dejan subir a los autobuses», le contaron al cardenal familias que a sus niños los mandan habitualmente a trabajar al campo o a vender paquetes de pañuelos en la calle.
En el 004 de Kfardlakos, la emergencia es continua: una vez son las infecciones, otra la falta de agua y electricidad, casi siempre la escasez de alimentos y la imposibilidad de vivir siete, ocho o incluso diez personas –como ocurrió durante la guerra– en un cubo de piedra, con alfombras en el suelo y las paredes y una cocinilla detrás de una cortina que hace las veces de armario.
El deseo de todos es volver a casa: «Gracias a Dios se ha ido el régimen de Assad, queremos que la vida vuelva a ser como antes», le contaron también. El problema es que «no hay nada en Siria». Nadie ha ido a comprobarlo y se teme que la «nueva situación» pueda girar y volverse peor que aquella de la que huyeron. Mientras tanto, a los libaneses, estrangulados por la crisis económica, la caída de los salarios y la falta de trabajo, cada vez les cuesta más trabajo mantener al millón y medio de refugiados que acampan en su territorio.
«Hemos venido a conoceros y a escucharos, y compartimos su esperanza de volver a casa, a Siria», les dijo el cardenal Czerny. «El Papa se alegra de que esté aquí entre ustedes, lloramos por su sufrimiento. El Papa llora con ustedes y los quiere». Y a los medios vaticanos reconoció que «me quedo sin palabras al ver una vida vivida in extremis. Las condiciones son imposibles, la gente lucha por sobrevivir, quieren volver a sus hogares, pero saben que es difícil en Siria».