El cardenal Cobo: «La Cuaresma no es un lugar de tristeza, sino un camino hacia la vida nueva» - Alfa y Omega

El cardenal Cobo: «La Cuaresma no es un lugar de tristeza, sino un camino hacia la vida nueva»

«La conversión no es maquillaje espiritual ni ajuste cosmético. Es dejar que Dios nos descoloque, que entre donde hemos cerrado con doble llave», ha dicho el arzobispo de Madrid durante su homilía en el Miércoles de Ceniza

Infomadrid
Cobo poniendo la ceniza. Foto: Infomadrid.

En la tarde de este miércoles 18 de enero, la catedral de Santa María la Real de la Almudena ha acogido la celebración de la Eucaristía – en la que ha cantado el coro de la JMJ – en este Miércoles de Ceniza, presidida por el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, con la presencia de vicarios, sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos y fieles laicos. Con esperanza —ha dicho— nos reunimos. No ha sido una fórmula de cortesía, sino la declaración de un punto de partida

Porque, según ha recordado, no es una tradición la que ha salido a nuestro encuentro, sino la Pascua misma. No un recuerdo lejano, sino el Señor que pasa y llama a la puerta del corazón, «estemos como estemos». La Cuaresma ha sido presentada así no como paréntesis sombrío, sino como providencia: el tiempo que Dios ha ofrecido cada año para volver a Él «con todo el corazón y con toda la vida, sin bajas».

El cardenal durante la homilía. Foto: Infomadrid.

El cardenal ha descrito el paisaje interior de nuestro tiempo. Vivimos —ha afirmado— en una cultura que nos susurra que cambiar es imposible, que mejor conformarse, que «ya somos así». Nos hemos acostumbrado a leer solo lo que nos ha dado la razón, a escuchar únicamente a quienes han pensado como nosotros, a reforzar nuestras propias trincheras. Y en ese encierro sutil, ha advertido, corremos el riesgo de dejar de oír la voz de Dios y también la de los hermanos.

Por eso, al inicio de la Cuaresma, se nos plantea una pregunta incómoda y urgente: ¿Estamos dispuestos a cambiar? ¿Permitimos que Dios nos interrogue como Él ha querido y no como nosotros preveemos? La conversión —ha subrayado— no es maquillaje espiritual ni ajuste cosmético. Es dejar que Dios nos descoloque, que entre donde hemos cerrado con doble llave.

El gesto de la ceniza no es un símbolo vacío. Se impone en la frente, allí donde un día fuimos ungidos en el bautismo, donde el Padre pronunció nuestro nombre y fuimos marcados con la cruz de Cristo. La ceniza recuerda quiénes hemos sido: criaturas frágiles. Pero también quiénes somos llamados a ser: hijos en el Hijo, incluso a pesar de nuestros errores. Una invitación a volver al amor primero, al don bautismal que a veces hemos cubierto con las brasas apagadas de la soberbia, el egoísmo o la indiferencia.

Parte de los fieles que han acudido a la celebración. Foto: Infomadrid.

Cambiar duele —ha reconocido el arzobispo—duele soltar seguridades, pedir perdón, admitir errores. Pero duele más el estancamiento, el corazón endurecido, la vida anestesiada. «Desde nuestras atalayas, hemos olvidado a veces mirar a los ojos de los pobres y de quienes han necesitado nuestra ayuda». La conversión, sin embargo, no es instantánea. «Dios —ha recordado— trabaja en procesos largos, tiene paciencia y acompaña paso a paso».

Ese itinerario interior ha tenido un rostro concreto: Jesucristo. La Cuaresma no es un ejercicio de perfeccionismo ni una colección de austeridades para sentirnos mejores. Es, ha insistido, «un camino para mirar más a Jesús y dejar que Él haya dicho cómo hemos vivido y cómo debemos vivir. La fe no es una idea, sino la decisión de caminar detrás de una Persona». En un mundo tentado por el aislamiento, el cardenal ha subrayado la dimensión comunitaria del camino. En procesión —todos iguales, compartiendo la misma ceniza— como signo de que nadie ha caminado solo. La fe, vivida sin misericordia concreta, se ha vuelto estéril. La conversión es también salida de la indiferencia.

Oración, limosna y ayuno reaparecen no como obligaciones formales, sino como «medicinas», como tecnologías del corazón. Y, tal y como dice el Papa León XIV en su mensaje de Cuaresma, este tiempo ha sido ocasión para dejarnos mirar por Dios en lo secreto, allí donde no cuentan las apariencias ni el aplauso, sino la verdad desnuda del corazón. La oración nos desenmascara, la limosna nos recuerda el rostro concreto del hermano, el ayuno nos desarma por dentro.

Lejos de un tono sombrío, la celebración ha tenido un pulso de esperanza. La Cuaresma no es un lugar de tristeza, sino un camino hacia la vida nueva, hacia una luz que no se apaga. «Estamos disponibles», ha sido, en el fondo, la respuesta que ha resonado en la catedral: disponibles para caminar, para cambiar, para hacerlo con los hermanos.

Y así, bajo la cúpula de la Almudena, este miércoles 18 de enero ha comenzado un tiempo de gracia.