El alma en la tormenta - Alfa y Omega

Ser demasiado ágil en tu profesión también tiene consecuencias negativas. Una de ellas es la deformación profesional. El abogado veloz pierde de vista las relaciones humanas y, en su lugar, solo percibe relaciones contractuales. El nutricionista entregado no come, calcula. El caso de los psicólogos o psiquiatras es más intrusivo. Unos segundos bastan para diagnosticarnos. Porque siempre hay algo. La normalidad es la mayor patraña de la vida en sociedad. Pero los codiciosos tienen en ella la gallina de los huevos de oro.

El psicólogo o el psiquiatra tratan del cuidar del alma (la psique) con palabras (que es lo que significa –logos) y con medicinas (que es lo que se dice con –iatra). ¿Pero qué es el alma? El alma es el algo de alguien. Las cosas se parecen; las personas son únicas. Es una paradoja: todos tenemos un yo irrepetible, pero justo en eso nos parecemos y repetimos. Somos muchos yoes únicos. A esas formas parecidas de ser persona las llamamos alma.

El yo es un misterio tan incomunicable que algunos niegan que exista. Porque por fuera del yo se ve solo lo que tiene de parecido a los demás: lo común y parecido salta a la vista. El yo solo aparece de manera indirecta y a media luz. Por eso, es muy fácil confundirlos y reducir la persona a sus conductas. De ahí, que la psicología tienda a devorar el ámbito educativo o religioso. Pero hay cuidadores del alma que se resisten. María Paz Otero lo hace armada con la poesía (Los atormentados, Rialp 2024). La psiquiatría se le quedaba corta: «No hay comprensión posible para los atormentados», dice la primera frase del libro, que es la última de su ciencia. Pero hizo de ella su primer verso. Porque cuando la lógica abandona la vida personal, el ritmo la acoge: «No encuentro la manera / de nombrar lo inenarrable. Y de pronto un sollozo o / un suspiro: prueba de la verdad que quería concederles».

En la poesía la palabra no encierra: brinda espacio a «aquello que dota / de vida a lo que vive». Versar es abrir la razón al encuentro. El poema une en armonía lo distinto, sin reducir las diferencias. Así, Otero puede ofrecerse a los atormentados y esperar que ellos hagan lo mismo. Si ellos quieren, podrá adentrarse por las brechas del alma, para observar desde ellas: «Es posible entrar, si ellos lo quieren, / en el agrietado búnker de su alma […] / Quiénes son realmente / cómo aproximarme / qué palabra, qué silencio… / qué hacer para que se sientan percibidos, contemplados, / no invisibles. / Qué ignorante yo, enjuta psiquiatra de ojos tristes, / pues apenas sé nada de los Atormentados».

Solo este tipo de médicos pueden curar el alma. Porque solo ellos ven el misterio dentro de ella.