Era de noche en Logroño. Las calles vaciadas se teñían de la luz azul de los vehículos policiales. Despedían al teniente coronel Gayoso. Sin poder estrecharse los cuerpos, las voces se aunaban. Cantaban La muerte no es el final, de Gabaráin. Despojados de todo tipo de ceremonia, se aferraron a la lírica. «Cuando el adiós dolorido busca», decía uno de los versos. Suspendamos un instante ahí la canción. Demorémonos bajo su sentido. Necesitamos hacer acopio de su tesoro. ¿Acaso busca el adiós?

Un adiós no suele entrañar una búsqueda. Pretende dejar a la persona, pasar a otra cosa. Ahora no ocurre así. Se trata de un adiós doloroso, forzado por una separación no querida. La despedida en realidad es una excusa, la manera amorosa de alargar una conversación. «¿Serás, amor/un largo adiós que no se acaba?», se pregunta Salinas. «Amor es el retraso milagroso/de su término mismo;/[…] Cada beso perfecto aparta el tiempo,/le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve/donde puede besarse todavía».

Tan obstinado es el amor que niega la separación de la vida expirada. La relación persiste a la separación, como una aflicción más vivaz que la propia vida: «No hay extensión más grande que mi herida,/[…]/y siento más tu muerte que mi vida», lamenta Miguel Hernández. El amante es todo dolor, todo carencia. Escudriña en el linde de la vida, y la abre allende de sí misma. Busca más allá. Así siente aquello que no le está dado sentir, porque no está presente: «Ausencia en todo siento:/ausencia, ausencia, ausencia» (Hernández). Solo la lírica atraviesa el confinamiento de la vida, y da cobijo al ausente: «Vivos estamos en la frase», dice Jorge Guillén. «Ya te lo decía yo./Era imposible el olvido./Fuimos verdad. Y quedó».

Con el adiós el amor abre espacio a la muerte. El ausente se entretiene en la despedida. Pero el adiós permanece, y en él habitará el amado. La despedida es consumación, no consunción, no acabamiento. La memoria no rebusca en el pasado; espera y pretende el encuentro: «Dime desde allá abajo/la palabra te quiero./¿Hablas bajo la tierra?/Hablo con el silencio./¿Quieres bajo la tierra?/Bajo la tierra quiero/porque hacia donde cruzas/quiere cruzar mi cuerpo./Ardo desde allá abajo/ y alumbro tu recuerdo» (Hernández).

El adiós dolorido busca ese cruce de cuerpos. Ese abrazo es su esperanza. «Cuando el adiós dolorido/busca en la fe su esperanza», cantaban los policías. La despedida afligida inquiere al amado; siempre lo espera. Quiere encontrar ese abrazo en la fe cantando. Cantemos mientras no queden más vías que la voz poética para proferir nuestro adiós.

Carlos Pérez Laporta