En estas siete décadas ha habido avances y el euro es una red de seguridad, pero los Estados miembro no han acertado a explicarlo ni han sabido profundizar en la integración

El pasado sábado, 9 de mayo, se conmemoró el 70 aniversario de la declaración de Robert Schuman. El entonces ministro de Asuntos Exteriores francés, con una historia vital marcada por la experiencia traumática de las dos guerras mundiales, propuso la integración de las industrias del carbón y del acero y sentó las bases del posterior proceso de integración europea. Fervoroso católico y convencido de que «todos somos instrumentos imperfectos de una Providencia que se sirve de nosotros para realizar grandes obras que nos superan», acertó de pleno al defender que «Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho».

A pesar de lo redondo de la efeméride, esta se ha visto deslucida por el coronavirus, que ha impedido la celebración de grandes actos y que, sobre todo, está sacando a relucir las costuras de la Unión Europea. En estas siete décadas ha habido avances ciertamente y el euro es una red de seguridad, pero los dirigentes de los Estados miembro y la burocracia bruselense –que parece tan lejana– no han acertado a explicarlo. Tampoco han sabido profundizar en la integración ni dar una respuesta satisfactoria a la crisis de 2010, a los flujos migratorios o ahora a la pandemia; lo que ha sido caldo de cultivo de un creciente euroescepticismo en países tradicionalmente partidarios de la UE.

Sin esa ilusión por el proyecto europeo ni una percepción clara de la solidaridad entre vecinos, en España el debate público apenas entra en lo que ocurre más allá de nuestras fronteras. Superado el peor momento de la crisis sanitaria, los partidos políticos se han vuelto a enfrascar en sus habituales refriegas. Quizá por ello, en su mensaje para el próximo Corpus, la Conferencia Episcopal reivindica «un diálogo constructivo y eficaz» y pide «que los muros sean superados, para que los egos, los intereses particulares y las ideologías sean dejadas a un lado». «Oremos para que cuando los interlocutores se encuentren juntos en la misma sala, se miren a los ojos y perciban nuestro clamor y ánimo: “Adelante, ustedes pueden…”», agrega. Adelante, España. Adelante, Europa.

Alfa y Omega