¿Dónde está la buena política?
A parte de nuestros dirigentes les preocupa más el sillón que ocupan que el proyecto que pueden desarrollar al sentarse en él
En plena resaca por las elecciones de Castilla y León, saltó la noticia de la investigación ordenada por el PP a la presidenta de Madrid, la también popular Isabel Díaz Ayuso, a raíz de la compra de material sanitario con su hermano como intermediario. Las filtraciones, los reproches de todo tipo, las acusaciones de corrupción y las dimisiones —o las exigencias de más dimisiones— han hecho correr ríos de tinta desde entonces y, al cierre de esta edición, hay fijada una Junta Directiva Nacional para dilucidar el futuro más inmediato del todavía principal partido de la oposición, que no conocía una situación tan delicada desde su refundación. Habrá tiempo de analizar todo, pero antes es interesante hacer abstracción y desgranar en qué lugar queda la política española.
Como ya había ocurrido en otras formaciones —con todos los matices que se quieran buscar— estos días se han visto «formas mezquinas e inmediatistas de política», en expresión del Papa Francisco en Fratelli tutti. Ha vuelto a quedar claro que a parte de nuestros dirigentes les preocupa más el sillón que ocupan que el proyecto que pueden desarrollar al sentarse en él. Esto desincentiva la entrada de gente buena en puestos de responsabilidad pública, opaca la labor de aquellos que sí se desloman buscando el bien común, y no hace sino aumentar la desafección de los ciudadanos hacia la política. En lo que parece casi un juego para unos pocos, acabamos perdiendo todos.
Es bochornoso que en España se hable más de frivolidades que de problemas como la subida del precio de la luz o la gasolina, del mínimo de nacimientos o de las dudas en torno al reparto de los fondos europeos. Pero sobre todo es triste y preocupante que, entre batallas internas y cálculos electoralistas, quienes deben llevar la iniciativa para afrontar estos problemas y buscar soluciones juntos ni lo hagan, ni se lo planteen.