Doña Perfecta. Una cosa es tener ideas y otra, manifestarlas - Alfa y Omega

Cuando Galdós escribió esta novela, allá por el año 1876, quizá no pensó en ningún momento que estaba dejando para la posteridad una de esas obras atemporales, de ésas que no pasan nunca de moda porque lo que se cuenta en ellas sigue latente, aunque a ratos agazapada, en todos los pueblos de España.

Siempre lo ha dicho mi padre: Pueblo pequeño, infierno grande. Y quizás, de todos los refranes de sobra conocidos, éste es el que más he repetido desde mi infancia; un poco por creerme de verdad lo que asegura y otro poco, para no dejarme engañar por las apariencias. Así es como funcionamos las gentes de pueblo. Así es como nos protegemos de las lenguas viperinas y edulcoramos nuestra apariencia.

Pues bien, Doña Perfecta habla de todo eso, ya me entienden. Del matrimonio de conveniencia que perpetran Doña Perfecta y su hermano, cuando ambos se quedan viudos, para que sus hijos, los dos primos, se conozcan y se casen. El problema llega cuando los dos muchachos ciertamente se gustan y se enamoran; pero Pepe, el joven ingeniero de valores ilustrados, muy en la línea de ese anhelo regeneracionista tan presente siempre en las obras de Galdós, choca con su tía, la magnífica, piadosa, beata —añadan ustedes la nómina que deseen— Doña Perfecta. La eterna oposición tradición-modernidad. El siempre presente o conmigo o contra mí que nos conduce a eso de ser tribales, a eso de posicionarnos bien distantes el uno del otro para no crecer juntos. Una pena.

A partir de ahí, de ese desencuentro entre tía y sobrino, se desarrollará la historia con tintes trágicos sobre una atmósfera gris y mal pensante, Orbajosa. El pueblo de provincias que acabará por convertirse en el protagonista principal. Aunque como les decía al principio, un pueblo que podía ser el de cualquiera de ustedes, una metáfora de la España del siglo XIX, del XX y de la España de hoy —qué poco hemos cambiado, oigan…—.

Ciertamente no pueden dejar pasar la oportunidad de acercarse a ver y vivir la obra. Además de porque se van a remover en sus asientos, porque hasta puede que se reconozcan en alguna conducta (incómodo, se lo aseguro), es una obra necesaria y muy bien resuelta.

La puesta en escena es digna del espacio, un teatro, el Teatro María Guerrero, que no escatima en medios para dar una vuelta de tuerca a esta obra noventayochista donde la música por momentos sonaba extraña, pero iba ganando presencia a medida que se sucedían los hechos. Por otra parte, los actores bien merecen una ovación. Pienso, sin ir más lejos, que quizá el Max esté rondando por este escenario pues Lola Casamayor, Doña Perfecta, se transforma de tal manera que aunque sufriéndola, una quiere que continúe haciendo de las suyas. Roberto Enríquez, Pepe, y Alberto Jiménez, Don Inocencio, el sacerdote, la punta visible del iceberg de esa España arcaica y trasnochada, ponen el broche de oro a este brillante texto, a esta forma de entender los cambios.

Porque quizá la obra también hable de eso. Del miedo que todos llevamos dentro al cambio. De esa línea fina, finísima, que se crea cuando se dan la mano el progreso y la tradición y no sabemos dónde posicionarnos. Puede que lo más sensato sea pasear como un funambulista por esa línea que marca la historia, haciendo trampas para no caer al vacío. Pepe no las hizo, Rosario tampoco. Quizá fue eso lo que pasó. En una época de España donde las apariencias, esos espejos cóncavos que todo lo deforman, controlan los pasos, dos almas puras y sinceras están abocadas a convertirse en víctimas y verdugos. Víctimas de la intolerancia y del convencionalismo; y verdugos, puede que sin saberlo, del miedo.

Ojalá la voz del Galdós siga retumbando sobre las tablas. Ernesto Caballero ha logrado llevar a escena un clásico. Bravo por esa versión y dirección. Bravo por esa defensa de la libertad.

Doña Perfecta

★★★★☆

Dirección:

Calle Tamayo y Baus, 4

Metro:

Colón

OBRA FINALIZADA