León XIV empezó el pontificado expresando su apuesta por una paz justa para Ucrania: habló dos veces con su presidente, Volodímir Zelenski, también sobre la implicación de la Iglesia para devolver a casa a miles de menores deportados. Además ofreció el Vaticano para unas conversaciones que, a lo largo del año, se han producido con distintos formatos y ubicaciones sin más avance aparente que un intercambio de prisioneros. Cuando Putin lo llamó en junio, el Santo Padre pidió «un gesto en favor de la paz». Horas después, Rusia lanzó 400 ataques sobre Ucrania.
Si algo está claro en esta guerra, es que casi nada se juega ya en el frente más allá del castigo a la sociedad civil incluso en otras partes del país. Moscú aún no controla totalmente tres de las cinco regiones que dice suyas (Donetsk, Zaporiyia y Jersón). Paradójicamente, el plan de paz que el presidente estadounidense, Donald Trump, presentó en noviembre ignorando a la UE, exigía a Kiev renunciar no solo a la OTAN y a las zonas ocupadas (Crimea y Lugansk y partes de Zaporiyia y Jersón), sino incluso a lo que controla de Donetsk. Varios encuentros desde entonces, con cierta presencia europea, parecen haber virado hacia un borrador más aceptable para Ucrania, si bien es incierto que Rusia renuncie a sus aspiraciones territoriales.
Una gran duda es qué rumbo tomará Trump, que en marzo retiró la ayuda militar directa a Ucrania y durante este año lo mismo llamaba «genio» a Putin y presionaba y culpaba a Zelenski por la guerra que expresaba su enfado con el ruso. Otra, qué papel jugará Europa, que en apariencia por ahora se limita al apoyo económico y militar a Kiev. En esta diplomacia a bandazos, no es fácil que la Santa Sede encuentre su lugar.

Tierra Santa
Mientras, en Tierra Santa, la esperanza, el escepticismo y el hartazgo compiten por el corazón de los gazatíes, según se desprende de las crónicas del párroco católico, Gabriel Romanelli. La alegría del primer alto el fuego, el 19 de enero, acabó en decepción el 17 de marzo con la reanudación de los bombardeos y el bloqueo total de la ayuda humanitaria y su uso como arma por parte de Israel, además de la llamada «guerra de los doce días» con Irán y del constante conflicto de baja intensidad en Cisjordania.
Un segundo alto el fuego, iniciado el 10 de octubre, es en teoría más sólido con la implicación directa de Estados Unidos en su gestación, la de países musulmanes y el respaldo de la ONU. Por fin se logró el retorno de todos los rehenes vivos y la devolución de los fallecidos salvo uno, aunque no ha parado del todo el goteo de muertos en ataques. Aun así, al cierre de esta edición aún no se sabe si se alcanzará, y cuándo, la segunda fase: retirada de Israel, desarme de Hamás y creación de una autoridad transitoria (aún por definir), para dar paso luego a la reconstrucción por la que clama la Iglesia. La gran incertidumbre a largo plazo es hasta dónde se avanzará si la meta a largo plazo para Tel Aviv y Washington no es la creación de un Estado palestino, punto al que el pacto se refiere en términos muy ambiguos.
África
En África, hubo que alertar sobre una limpieza étnica en El Fasher (Sudán) para que la mayor catástrofe humanitaria del mundo, con 14 millones de desplazados tras dos años y medio de guerra, reapareciera en los titulares. El 26 de octubre las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), enfrentadas al Ejército, conquistaron la capital de Darfur Norte. La OMS y la ONU denunciaron masacres en hospitales y ejecuciones sumarias de civiles, con hasta 2.000 víctimas en unas horas en la misma región donde milicias árabes —embrión de las RSF— ya perpetraron un genocidio en 2003.
También ha empeorado seriamente la situación en Cabo Delgado, al norte de Mozambique, sumida en el conflicto desde 2017. En el último medio año se han intensificado los ataques yihadistas. Ciudades como Mocímboa de Praia y Palma los sufrieron por primera vez desde 2021. Desde julio, más de 300.000 personas han huido de sus hogares. Además, los musulmanes radicales controlan cada vez las comunidades. En el este de la República Democrática del Congo, el acuerdo firmado entre su Gobierno y Ruanda el 4 de diciembre en Estados Unidos no ha impedido al grupo rebelde M23 —con apoyo ruandés— tomar la ciudad de Uvira, en Kivu del Sur, y seguir avanzando.

Y mientras también siguen activos más de 50 conflictos armados (Myanmar, Yemen y tantos otros), los tambores de guerra por problemas fronterizos empezaron a sonar entre Camboya y Tailandia; e incluso en América, con el despliegue del Ejército de Estados Unidos —portaaviones incluido— contra lanchas sospechosas de narcotráfico.