Die Hard - Alfa y Omega

En el cine hollywoodiense de acción de los 1980-1990 existía una figura recurrente: el die hard; literalmente, el difícil o duro de matar. El duro de matar solía ser un malo malísimo (aunque en La jungla de cristal —Die hard en su título original— era justo al revés, el bueno) al que había que liquidar infinidad de veces (el llamado overkill) a base de tiros, misilazos, bombas, aplastamientos o defenestraciones, hasta lograr aniquilarlo. Habitualmente, antes de su eliminación definitiva, cuando parecía que ya estaba muerto en su totalidad (como diría el Milagroso Max de La princesa prometida), se producía una inesperada resurrección —el mítico final scare o último susto— que obligaba al protagonista a sacarse de la manga un golpe que, sobre la campana, acababa de rematarlo. Terminator, la citada jungla de cristal, Robocop, Depredador y tantos otros blockbusters se construyeron sobre la misma estructura narrativa.

El overkill del duro de matar, especialmente en el contexto del boom neoliberal de Reagan, operaba como una especie de catarsis: el último susto del malo no solo justificaba moralmente al héroe, forzado así a actuar hasta las últimas consecuencias en legítima defensa de la comunidad, sino que producía cierta descarga psicológica en el espectador, que veía aliviado cómo el Terminator T-800 era aplastado por una presa hidráulica, o el terrorista Hans Gruber (La Jungla de cristal) caía al vacío a cámara lenta desde la cima del Nakatomi Plaza. Es el mismo desahogo colectivo que justifica las re-ejecuciones en el sistema penal norteamericano: si un primer intento de ejecución falla, la comunidad no hallará paz hasta que la eliminación del chivo expiatorio se haya completado. Así se pronunció al respecto el Tribunal Supremo: «La crueldad contra la que la Constitución protege a un hombre condenado no [abarca] el sufrimiento necesario que conlleva cualquier intento de emplear un método legal para llevar a cabo la sentencia por completo […]. El hecho de que un accidente fortuito impida la ejecución de la sentencia en primera instancia no significa que su ejecución posterior sea un castigo cruel e inusual en el sentido constitucional».

Hace unas semanas, Christa Pike, tras esperar 30 años en el corredor de la muerte (por un horrible crimen que cometió en 1995, cuando tenía apenas 19 años), fue finalmente conducida a la sala de ejecuciones de una prisión de Tennessee para administrarle la inyección letal. Sin embargo, contra todo pronóstico, esta falló y, a pesar de que los verdugos le suministraron una doble dosis, la rea, que padeció terribles dolores, sobrevivió in extremis. En el momento de escribir estas líneas ingresada en el hospital [fue dada de alta el día 10 de octubre, N. d. E.], inconsciente y conectada a un respirador. Mientras los médicos tratan de mantenerla con vida, las autoridades del Estado barajan qué hacer ahora. Por el momento, el gobernador, notorio conservador y militante pro-vida, ha ordenado paralizar las ejecuciones e iniciar una auditoría sobre los protocolos de ejecución, ya que entiende que los ciudadanos de Tennessee «merecen respuestas claras antes de considerar cualquier paso posterior», para no repetir el error en el futuro.

Los precedentes judiciales no parecen arrojar mucha esperanza sobre una posible sustitución o condonación de la pena. «Christa Pike cometió un asesinato extraordinariamente brutal hace casi 30 años. El jurado escuchó las pruebas, llegó a un veredicto unánime e impuso la pena de muerte. Sus víctimas y sus familias han esperado demasiado tiempo para que se haga justicia y nuestra oficina continuará buscando de forma agresiva la ejecución de su sentencia legal», ha declarado el fiscal general de Tennessee. Es la misma posición de otros fiscales generales en casos similares de ejecuciones fallidas: la retribución a la víctima y el restablecimiento ejemplarizante del orden social serían obligaciones morales ineludibles e indiscutibles y, en cuanto tales, exigirían el cumplimiento de la condena a muerte al precio que sea.

«Alguien que dice: “Estoy en contra del aborto pero estoy a favor de la pena de muerte”, no es realmente pro-vida», sostenía recientemente León XIV. En la misma línea se pronuncia la Conferencia Episcopal de Tennessee: «La vida humana es sagrada en todas sus etapas y condiciones. El mal que cometió la señora Pike fue horrible y trajo un inmenso dolor a la víctima y a sus seres queridos, un dolor que reconocemos y por el cual oramos. Sin embargo, la justicia no requiere la ejecución. Ejecutar a la señora Pike no devolverá la vida perdida ni sanará las heridas del pasado. Dios no nos quita la oportunidad de arrepentirnos y redimirnos, y la sociedad tiene los medios para mantenerse segura mediante la imposición de la cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Pedimos humildemente al gobernador que ejerza la clemencia, conmutando su sentencia a cadena perpetua y eligiendo una cultura que defienda la dignidad inalienable de toda vida humana». En efecto, la Iglesia nos enseña que el único chivo expiatorio es Cristo, que se dejó machacar (overkill) hasta la muerte por todos los pecados del mundo, incluido el espantoso crimen de Christa Pike. La pena de muerte en este caso es, sin duda alguna, un residuo pagano que, aún disfrazado de cristianismo (incluso de militancia pro-vida), no es más que una inútil y cruel ofrenda de sangre humana a los ídolos de la venganza y la supervivencia de la tribu.