No pocas veces usamos la palabra como mecanismo de defensa. Un buen cazcaleo verbal sirve para ocultar nuestro pensamiento (o la ausencia de él). Por eso, cuando nos quedamos mudos nos sentimos avergonzados. Como si estuviéramos desnudos. Al interponer vocablos entre nosotros y los demás nos cubrimos.
Porque el verdadero silencio solo es posible entre los que se tienen un amor íntimo: «El deseo de comunicarse queda escondido en el abismo que ha abierto en su interior la persona que se ha adueñado de él. […] Se sabe ante un misterio insondable que le desborda y que lo transforma a uno mismo en un precipicio». Con estas palabras Rafael Monterde Ferrando trata de descifrar el último silencio de santo Tomás de Aquino en su nuevo libro, Un montón de paja.
El título custodia las últimas palabras que tenemos del santo: todo lo que había escrito le pareció nada más que un montón de paja después de una Misa. Así se lo expresó a su secretario, que aterrado tuvo que ver cómo el gran maestro de la cristiandad medieval dejaba de escribir para siempre. Las palabras que habían de servir de suelo firme para todas las generaciones siguientes habían cesado. Ya no escribiría más. Ya no nos dejaría nada con lo que arroparnos ante la desnudez de la vida y la inaccesibilidad del misterio. Con todo, a Monterde este silencio le resulta la mejor y más elocuente palabra del Aquinate. Como si este acallamiento cumpliese aquel esforzado camino del lenguaje. Pues, si escribió fue amor quien lo inspiraba. Su palabra buscaba expresar el deseo de una sabiduría, su búsqueda de un rostro, el latido de un corazón. Toda su obra fue la exteriorización de una búsqueda y su silencio fue la manifestación del encuentro.
Así, en el acallamiento final estarían el sentido y la cifra de todos los escritos de santo Tomás. Y no solo de los suyos. Por eso, Monterde no llena de citas del Aquinate su breve ensayo; sino que, con este, lee a todos los autores de la tradición. Con todos ellos dialogó el santo siguiendo el rastro de la verdad. De tal manera que, en conversación con él, toda la historia del pensamiento se hacía sendero hacia ese destino último que vino a su encuentro. En aquel instante guardó silencio con él toda la literatura occidental.
Lo cual podría poner en un aprieto a Monterde. Que su primer libro sea sobre el sentido de dejar de escribir parece privarnos de los futuros. «Si fuéramos coherentes con el título… estas palabras serían las últimas», dice al inicio del último capítulo. Sin embargo, continúa escribiendo (como esperamos que lo siga haciendo). Y lo hará legítimamente, mientras lo haga con este silencio dentro, «como un niño que está pronunciando sus primeras palabras».