De la sombra a la luz - Alfa y Omega

En estos días hemos comprobado de forma palmaria que un Papa es tan vulnerable como cualquiera de nosotros y que también a él le llega aquella advertencia del Señor de que «serás llevado a donde no quieres». Tenemos aún frescas las imágenes de León XIV en nuestras calles, la claridad de su enseñanza, el entusiasmo del pueblo e incluso la expectación de los llamados «grandes» de este mundo, asombrados por el magisterio que ofrece su primera encíclica, Magnifica humanitas. Es el mismo que ha vestido un pijama de hospital y se ha sometido dócilmente a los manejos de los médicos. 

No es extraño que nos asalte la sorpresa, más aún, una especie de queja sutil: ahora que ha tomado impulso, ahora que un pontificado prometedor va tomando forma, llega esta sombra. No hay que dramatizar y conviene atenerse a la sabia precisión de los médicos. Probablemente el Papa retomará en estos días buena parte de su actividad normal. Sí, pero la sombra está ahí como recuerdo de una fragilidad constitutiva. En vez de sucumbir al lamento, podemos traducir esa inquietud en la certeza de que la barca solo es del Señor y que Él la guía… el mismo Señor que aceptó subir a la cruz y que nos ha salvado a través de sus llagas. Es bueno tomar conciencia de que al Papa no lo sostiene una estructura, un aparato, que su fuerza no radica en la buena salud (que por supuesto le deseamos), ni en la lucidez de su pensamiento (por la que damos gracias) ni en ese curioso equilibrio del que hablan sus hermanos agustinos, que tan bien le viene a la Iglesia en este momento. Su fuerza radica en Quien le ha llamado. «Te basta mi gracia», le dijo el Señor a Pablo; «¿qué más da?, tú sígueme», le dijo a Pedro. Ahora rezamos por el Papa con mayor conciencia y le renovamos nuestra adhesión sencilla, llena de afecto y gratitud por el «sí» con el que sigue respondiendo.