De Javier a la misión - Alfa y Omega

De Javier a la misión

La Javierada no es una experiencia más, sino una oportunidad de renovar nuestro afán apostólico para contagiar el fuego de Cristo a muchos otros

Arsenio Fernández de Mesa
Peregrinar implica «andar unos cuantos kilómetros, seguramente pasar frío»
Peregrinar implica «andar unos cuantos kilómetros, seguramente pasar frío». Foto: Arsenio Fernández de Mesa.

Nos pide el Papa Francisco que en este año jubilar seamos Peregrinos de esperanza —este es precisamente su lema—, caminantes que saben dejar sus comodidades, apegos y esclavitudes para lanzarse a la aventura maravillosa de conocer a Dios y vivir en su Iglesia. Esta peregrinación hacia la santidad vale la pena porque nos va empapando del amor infinito que Cristo nos tiene y que da un sentido a nuestra vida. 

Comenzar la Javierada supone renuncia y sacrificio, abandonando durante un fin de semana aquellas cosas que hacen la vida más fácil y que quizá han embotado el corazón: tu tiempo, tu cama, tu ducha, tu televisión, tu libertad de horarios. 

Para emprender este camino a Javier hay que meterse varias horas en un autobús, dormir poco y regular, compartir cuarto de baño con muchísima gente, andar unos cuantos kilómetros, seguramente pasar frío y comer lo que se va pudiendo. Pero precisamente en este camino cuaresmal, que es camino de liberación, atisbamos que ese desprendimiento es promesa de felicidad. Dejamos cosas secundarias para recuperar las importantes. O, lo que es lo mismo, perdemos para ganar. Esas pequeñas renuncias de los peregrinos necesarias para vivir la Javierada fueron premiadas con creces: un parón para mirar con más autenticidad la propia vida, un encuentro más profundo con Dios, una experiencia de la Iglesia como familia o el deseo de contagiar esa alegría a quienes no pudieron venir. Emprendimos este camino 650 jóvenes, 21 voluntarios, 20 sacerdotes y tres diáconos. Cada uno con sus circunstancias, preocupaciones y sueños, pero con una sed de Cristo que anhelábamos saciar. 

El Papa Francisco lo expresa en su bula de convocatoria del Jubileo: «Ponerse en camino es un gesto típico de quienes buscan el sentido de la vida. La peregrinación a pie favorece mucho el redescubrimiento del valor del silencio, del esfuerzo, de lo esencial». 

Me decía un chaval de la parroquia la impresión que le produjo el inicio de la peregrinación desde Sos del Rey Católico: la primera media hora fue en silencio para recogernos en oración y contemplar la maravilla de la creación. «Se podía tocar la presencia de Dios», comentaba. 

Los caminantes y lugareños que nos encontrábamos miraban impresionados a esa multitud de jóvenes que, callados, daban testimonio de la cercanía de Jesucristo. Otros, entusiasmados, alababan el ambiente de familia que se percibía en el grupo que venía de Madrid: cada uno de su padre y de su madre, de su parroquia, con su contexto particular, pero con una sonrisa, con espíritu de servicio, con un deseo de acoger a los otros, con el anhelo de encontrarse con Dios.

La Misa en la explanada del castillo de Javier, que nos unió a otros muchos peregrinos venidos de multitud de lugares, cautivó a los jóvenes, que pudieron palpar la centralidad de la Eucaristía en la vida del cristiano y la necesidad de volver a casa dando de lo que habíamos recibido. 

La Javierada no es una experiencia más, sino una oportunidad de renovar nuestro afán apostólico para contagiar el fuego de Cristo a muchas otras personas. Lo expresó el propio arzobispo de Pamplona, Florencio Roselló, durante su homilía, en la que comentaba el Evangelio de la Transfiguración: «Muchas veces, cuando venimos a Javier nos gustaría quedarnos, estar más tiempo. Pero igual que Jesús hace bajar a los discípulos del monte, san Francisco Javier nos empuja a volver a nuestra realidad, a abrazarla y comprometernos con ella. Nos llama a ser misioneros».