¿Darlo todo?

Gracias a Dios, el extremismo no tiene buena prensa. Es verdad que cuando la gente es golpeada por la falta de trabajo, de educación o por otras condiciones adversas, la tentación de recurrir a supuestas soluciones drásticas…

Juan Antonio Martínez Camino
Limosna de la viuda. Kathleen Peterson. Foto: Scott Davis

Gracias a Dios, el extremismo no tiene buena prensa. Es verdad que cuando la gente es golpeada por la falta de trabajo, de educación o por otras condiciones adversas, la tentación de recurrir a supuestas soluciones drásticas está más a la orden del día. Parece que ahí se halla una de las causas de las tensiones sociales que afloran en momentos de crisis económica y social.

Sin embargo, el llamado sentido común de la mayoría de la gente recela de los extremismos y de las soluciones simples. El viejo adagio de que la virtud está en el medio se halla muy arraigado en la naturaleza humana.

A favor de la dorada medianía de las decisiones templadas ha trabajado también la bonanza material de la que disfrutan nuestras sociedades desde hace tiempo. Las crisis económicas e incluso bélicas, aunque causan sufrimientos y decepciones, no han podido desalojar el sentimiento de que vivimos mejor que nuestros antepasados y de que es necesario cuidar el patrimonio acumulado con el cálculo exacto de las consecuencias de nuestras acciones.

La moral católica no tiene nada que objetar a la mesura y al cálculo. Al contrario, es propio de ella alentar posturas que suelen ser llamadas conservadoras, como, por ejemplo, el respeto al poder legítimamente constituido, incluso cuando resulta injusto en determinados aspectos. El Papa Francisco recordaba recientemente en una entrevista a la revista Paris Match que la doctrina social de la Iglesia, además de sostener que la unidad es superior al conflicto, es realista y pragmática.

Entonces ¿cómo es que Jesús parece alabar el radicalismo? ¿Es realmente mejor lo que hace la pobre viuda echando en el arca de las ofrendas todo lo que tenía para vivir que el cálculo de los ricos que echaban en abundancia, pero, al parecer, en proporción a lo que podían? ¿Es realmente necesario darlo todo?

Los santos nos lo explican muy bien. Sí: a Dios hay que darle el corazón entero. Ahí no valen los cálculos. Cuando se trata del amor a Dios, la única solución sensata es dárselo todo. En realidad, todo es suyo, no solo este o aquel bien material o espiritual del que disfrutamos. En Él nos movemos, existimos y somos. Nos ha dado y nos da infinitamente más de lo que nosotros le podemos dar. Nos ha dado, con la vida, su Corazón entero. Lo bueno es que le demos también el nuestro.

«Solo Dios», no se cansa de escribir san Rafael Arnáiz. «Solo Dios basta» es la divisa de santa Teresa de Jesús.

No es ningún exceso dárselo todo a Dios. En realidad, ese es el mejor de los cálculos. No basta que le demos todas nuestras cosas. Todas nuestras posesiones y grandezas serían poco. Aquí lo único proporcionado es nuestro ser entero. Delante de Él, más que las grandes cosas, valen las cosas pequeñas en las que va nuestra vida entera. Vale, como dice el hermano Rafael, «hacer grandes las cosas pequeñas por amor». Entonces empezamos a ser, de verdad, realistas y sensatos. Empezamos a ser libres.

+Juan Antonio Martínez Camino
obispo auxiliar de Madrid


Evangelio

En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la multitud y les decía:

«¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa».

Estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero; muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos, les dijo:

«Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Marcos 12, 38-44