Aquí me tienes rodeado de muchachos. Son estudiantes de sexto curso. Están acostumbrados a ser y vivir como minoría; son bangladesíes pero no bengalíes, es decir, que pertenecen al 1 % de la población de origen étnico diferente. Son cristianos, un 0,03 % en un océano de musulmanes. Son hijos de trabajadores de los campos de té, un conjunto de minorías traídas aquí por los británicos en los tiempos coloniales, hace 150 años, de otras regiones de la Gran India de entonces. Les distribuyeron de forma que no tuvieran contacto con gente de su misma tribu, lengua o religión, el clásico divide y vencerás que tan bien supieron poner en práctica los colonizadores de entonces.

Su religión es diferente. Su lengua es diferente, y son fácilmente reconocibles por su acento en cuanto abren la boca. Su nivel académico es sensiblemente más bajo que los demás, porque han cursado la educación primaria en escuelitas que consisten en una sola habitación en la que una maestra o maestro se tiene que ocupar de los niños desde la clase uno a la clase seis, todos juntos en la misma aula. Sus maestros han sido también tribales, como ellos, y a pesar de tener una enorme buena voluntad, carecen de formación profesional y pedagógica.

Los pocos que logran terminar la escuela primaria y tienen la suerte de que sus padres puedan pagar el acceso a la escuela secundaria se verán de repente inmersos en un mundo extraño, lejos de casa, en el que son discriminados y objeto de bullying por parte incluso de los profesores. En esas condiciones, como se puede comprender, no duran mucho y abandonan los estudios tarde o temprano.

Por eso quizá son tan sensibles cuando les muestras un poco de respeto y de cariño. Los maristas nos hemos comprometido con estos chicos y chicas provenientes de las plantaciones de té de la zona de Srimongol y Moulovibazar, al nordeste de Bangladés. Les estamos construyendo una escuela secundaria con internado incorporado, para que puedan romper el círculo vicioso de la miseria a la que están abocados, para que puedan salir del agujero negro al que la vida y las circunstancias les han condenado. Quisiéramos mostrarles el rostro amable de Dios, ser una presencia amiga, y proporcionarles las condiciones para que puedan crecer en edad, en sabiduría y en gracia. En una palabra, darles su merecido, simplemente lo que toda persona merece.

Eugenio Sanz
Hermano marista.
Misionero en Bangladés