Cuando cumples tu último deseo

La Fundación Miranda, dedicada a la atención especializada de las personas mayores y que preside el sacerdote bilbaíno Jokin Perea, desarrolla desde hace cuatro años el proyecto Último deseo, para cumplir los grandes anhelos pendientes de sus residentes. En octubre llevó a cuatro residentes –Ángela, Charo, Seve, Encarni y Amparo– hasta el Vaticano para asistir a una audiencia general y recibir la bendición papal. «Empezamos a detectar personas con una sensación tan grande de tener asuntos pendientes que afectaba de forma directa a su salud integral»

José Calderero de Aldecoa
Aurelio Relloso probando el exoesqueleto después de perder totalmente la capacidad de andar. Foto: Fundación Miranda

La Fundación Miranda, dedicada a la atención especializada de las personas mayores y que preside el sacerdote bilbaíno Jokin Perea, desarrolla desde hace cuatro años el proyecto Último deseo, para cumplir los grandes anhelos pendientes de sus residentes. En octubre llevó a cuatro residentes –Ángela, Charo, Seve, Encarni y Amparo– hasta el Vaticano para asistir a una audiencia general y recibir la bendición papal. «Empezamos a detectar personas con una sensación tan grande de tener asuntos pendientes que afectaba de forma directa a su salud integral»

Lo habitual es que los hijos entierren a sus padres, pero en el caso de Aure parecía que iba a ser al revés. Su hijo tenía una enfermedad terminal y se encontraba ya en la última fase, en la de cuidados paliativos. Cualquier madre estaría a los pies de la cama de su hijo, pero a Aure, sin embargo, no le era posible. Su avanzada edad –102 años– y los 618 kilómetros de distancia entre Baracaldo, donde se encontraba ella, y la ciudad de Valencia, donde agonizaba él, hacían imposible que le acompañara en el momento de la muerte. Esto le provocaba un intenso dolor, más allá de lo físico, que le impedía afrontar su propio final de vida con paz. «Ante las circunstancias concretas de Aure decidimos no quedarnos de brazos cruzados. Nos reunimos todo el equipo y vimos que ella tenía unas necesidades tan importantes para afrontar su cierre de vida que teníamos que hacer algo», explica Iván Llorente Zabala, psicólogo de la Fundación Miranda en la que Aure residía. Decidieron, entonces, organizar un viaje para salvar la distancia que separaba a madre e hijo y que así ambos pudieran despedirse por última vez antes de reencontrarse en el más allá. «Creíamos que debíamos poner en marcha las adaptaciones necesarias para que esa persona pudiese viajar a la comunidad autónoma en la que estaba su hijo, poder darle un abrazo, hablar con él y elaborar ese duelo preventivo antes de que fuera demasiado tarde», asegura el psicólogo.

El viaje nunca pudo llevarse a cabo. «En las reuniones preparatorias se decidió de forma conjunta no realizarlo. Hubo una serie de factores que condicionaron a Aure y provocaron que ella misma decidiera al final no recorrer ese camino. Si bien es cierto, pudo tener finalmente ese contacto con su hijo, aunque de forma virtual a través de videollamadas que le permitieron afrontar esa situación», asegura Llorente. Pero el aparente fracaso no fue tal. Todo el proceso de preparación del encuentro no fue en balde, sino que supuso un punto de inflexión para la fundación –actualmente presidida por el sacerdote diocesano de Bilbao Jokin Perea– tras el que surgió el programa Último deseo.

El Papa Francisco saluda a los residentes de la Fundación Miranda que viajaron hasta el Vaticano. Foto: Fundación Miranda

Asuntos pendientes que afectan a la salud

El proyecto nació hace cuatro años y «forma parte de la punta del iceberg del trabajo diario que se hace en la Fundación Miranda», explica Iván Llorente. «En nuestro día a día, procuramos conocer a fondo a cada persona, quiénes son, cuáles han sido sus decisiones en la vida, qué es lo que quieren». En este proceso «empezamos a detectar personas con una sensación tan grande de tener asuntos pendientes que afectaba de forma directa a su salud integral. Ya no entendemos la saludo como algo físico solo, sino como un conjunto de situaciones emocionales, sociales, espirituales, afectivas… que conforman lo que es el ser humano en su totalidad». Así, «nos planteamos que quizá, abordando esas situaciones que tenían pendientes, podíamos ayudar a mejorar su autoestima, a mejorar el nivel de motivación para participar en programas, a eliminar estereotipos asumidos, a mejorar su calidad de vida».

Aure fue el eslabón cero del programa Último deseo y, desde entonces, se han desarrollado otras once experiencias, como viajar por primera vez en avión para conocer en persona al presidente del Gobierno. O probar un exoesqueleto para «devolverle a Aurelio Relloso la independencia que siempre le ha definido y que perdió en 2017 al quedarse de forma repentina sin capacidad de andar –ha sido la primera persona mayor de 60 años en probar una de estas soluciones robóticas–». O subir por última vez al monte Gorbea y grabar la experiencia para que José Mari, que padece una enfermedad mental incapacitante que le impide crear nuevos recuerdos y que tantas veces estuvo allí de joven, pueda revivir el ascenso cada día gracias a las imágenes grabadas durante la subida. O un viaje a Roma para recibir la bendición papal, como en el caso de Rosario Careaga, que así cumplió la promesa hecha a su hermano, ya fallecido, de viajar juntos al Vaticano. «Era la ilusión de toda mi vida. Era un viaje que siempre quise hacer con mi hermano, que era visitador provincial de los hermanos de La Salle, pero nunca tuvimos ocasión. Y cuando él murió, perdí toda la esperanza de cumplirlo. Ha sido un sueño hecho realidad, una experiencia inolvidable y maravillosa», explica Charo a Alfa y Omega después de cumplir su último deseo hace poco más de un mes junto a otros cuatro compañeros de la fundación: Ángela, Seve, Encarni y Amparo.

«No son excursiones, ni premios, porque no son experiencias al azar. Cada último deseo tiene unos objetivos muy claros que persiguen una serie de beneficios. Una vez que se establecen, se detectan qué apoyos son necesarios para que se pueda realizar y por último se desarrolla la experiencia para obtener los beneficios terapéuticos que se habían establecido previamente», concluye Iván Llorente.

Al cementerio de Grisaleña después de 70 años

Esperanza en el cementerio en el que están enterradas su madre y su hermana. Foto: Fundación Miranda

En el caso de Esperanza de la Torre, aquejada de un constante dolor físico que le impide realizar y disfrutar de las actividades más básicas y cotidianas, su último deseo fue volver a Grisaleña, el pueblo de su infancia. «Allí murió mi hermana, se cayó en el campo; mi madre no lo resistió, la pobre, y se fue con ella. Tras la muerte de su hija no quería comer, nada más que beber, beber y beber. Se quedó como un esqueleto y murió a los 62 años», rememora para Alfa y Omega. El trágico suceso apartó a la familia del pueblo y Esperanza nunca más pudo volver a despedirse de ambas. «No las visitaba desde que murieron en 1950, y quería despedirme de ellas».

Gracias a la Fundación Miranda, De la Torre pudo depositar un ramo de flores en las tumbas de su hermana y de su madre. Ella misma también recibió uno de manos del alcalde del pueblo, quien la recibió y la nombró vecina predilecta de Grisaleña. «Además, contactamos con sus antiguas amistades y visitamos algunos de los puntos significativos de los que ella misma nos hablaba constantemente en la fundación», ahonda Leire Acha Piquero, responsable de Promoción de la Fundación Miranda.

Morir en paz

Esperanza en Grisaleña, Charo en el Vaticano o Aurelio con el exoesqueleto lograron saldar, de alguna forma, esa cuenta pendiente con la vida. «Pudieron cumplir su último deseo y eso hizo que, de alguna forma, volviera la tranquilidad a sus vidas y que resurgiera la personalidad única que tiene cada uno. Dejaron de ver las cosas imposibles para su edad y, sobre todo, dejaron de resignarse y de retraerse poniendo como excusa sus años», asegura Acha, al mismo tiempo que revela las motivaciones profundas –expresadas en una frase– de todo el equipo del proyecto: «La edad es un número muy fuerte frente al estereotipo, pero muy débil contra la ilusión y la perseverancia».

José Calderero de Aldecoa @jcalderero


Patrimonio solidario

La Fundación Miranda nació en 1911 fruto de la última voluntad de Antonio Miranda y Arana –trabajador del sector textil–, que murió sin descendencia y legó todo su patrimonio para la creación de un asilo para los ancianos más desfavorecidos de Baracaldo. A lo largo de los años, la fundación también ejerció como hospital militar –durante la guerra civil–, como orfanato, como escuela-hogar para niños con discapacidad e incluso como colegio en 1967, ante la escasez de aulas. En la actualidad, se denomina como centro especializado en personas mayores, cuenta con 230 plazas y su presidente es el sacerdote Jokin Perea González. «Nuestro objetivo, a lo largo de toda nuestra historia, siempre ha sido el mismo: mejorar la calidad de vida de nuestros mayores. Hace 100 años era darles techo y comida y que no murieran en la calle. Ahora, ayudamos a nuestros residentes a afrontar ese final de la vida de forma personalizada, con una atención integral», explica Celia Gómez, directora de Estrategia Asistencial de la Fundación Miranda.