Con la mirada a lo Alto - Alfa y Omega

«Dios misericordioso nos conceda que, como al aparecer el Redentor divino en la tierra, así al iniciarse nuestro oficio de Vicario Suyo, resuene la angélica voz que anuncia la paz: Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Y la escuchen, les rogamos, escuchen esta voz aquellos que tienen en sus manos los destinos de los pueblos»: así proclamaba el Papa Benedicto XV, el 1 de noviembre de 1914, recién elegido sucesor de Pedro, ya desatada la Gran Guerra, en su encíclica Ad beatissimi apostolorum, y añadía: «Es la caridad hacia ellos y hacia todas las naciones lo que nos hace hablar así y no en nuestro interés. No permitan, pues, que caiga en el vacío nuestra voz de padre y de amigo».

No era otra que la voz del Vicario de Cristo, la voz de Dios, reclamando para Sí la mirada a lo Alto, al Omnipotente que se hace Niño para mostrarnos el camino de la Verdad y de la Vida, que no es logro de la autosuficiencia del hombre, sino Don gratuito de Dios, que sólo puede suplicarse y ser acogido. 25 años después, ante la inminencia de la ya Segunda Guerra Mundial, en un radiomensaje, el 24 de agosto de 1939, como su antecesor Benedicto, el Papa Pío XII mostraba el mismo camino de la oración: «Invitamos a todos a dirigir la mirada a lo Alto y a pedir con fervientes súplicas al Señor que su gracia descienda abundante sobre este mundo asolado, aplaque las iras, reconcilie los ánimos y haga resplandecer el alba de un más sereno futuro».

Anteriormente, había lanzado el grito que no han dejado de reiterar sus sucesores en las últimas décadas del siglo XX y en los comienzos del XXI: «Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra». Los oídos sordos a este grito profético ya vemos a dónde llevaron al siglo pasado y a dónde están llevando al presente. Sin Dios, el hombre se destruye. Bien lo sabía Pío XII al iniciar su radiomensaje diciendo que, de las «tremendas deliberaciones» en aquella «grave hora para la gran familia humana, no puede desinteresarse Nuestro corazón, no debe desinteresarse la autoridad espiritual que Nos viene de Dios, para conducir a las almas por el camino de la justicia y de la paz». Era la voz divina, sí, y por eso era la más humana de las voces. «Es con la fuerza de la razón -añadía el Papa-, no con la de las armas, como la justicia se abre camino. Y los imperios que no se fundan en la justicia no son bendecidos por Dios. La política emancipada de la moral traiciona a aquellos mismos que así la quieren». Reconocer a Dios como lo único indispensable en la vida no es cosa de gente piadosa, ¡es cosa de todos y cada uno de los seres humanos, a menos que quieran su destrucción! Y así Pío XII derrocha toda la fuerza de sus palabras para que no sea a la ciega pasión, que lleva a la ruina y a la muerte, sino a la voz de Dios, ¡la Verdad y la Vida!, que es su voz, como Vicario suyo, a quien se escuche: «Que el Omnipotente haga que la voz de este Padre de la familia cristiana, de este Siervo de los siervos, que de Jesucristo porta en sí mismo, indignamente, sí, pero realmente entre los hombres, la persona, la palabra, la autoridad, encuentre en las mentes y en los corazones pronta y voluntariosa acogida».

La guerra estalló, pero como en la Primera Gran Guerra, esa voz divina no dejó abandonados a los hombres. Y aunque no lo escuchen, Él nunca cierra su Corazón a las súplicas. En un discurso a las poblaciones caídas bajo la ocupación extranjera, en junio de 1940, el Papa Pacelli les dice: «Si dirigimos en torno la mirada y contemplamos la Europa, por divina vocación tierra de la fe y de la civilización cristiana, destruyéndose con el hierro y el fuego…, esto Nos hace elevar los ojos al cielo, invocando la inmensa piedad de Dios sobre los infelices hijos de los hombres». Es la misma piedad que, el 24 de diciembre de 1914, en su encuentro con los cardenales, mostró Benedicto XV al decirles que pensaba «proponer una tregua navideña, acariciando la confianza de que, donde no podemos disipar el negro fantasma de la guerra, Nos fuese dado, al menos, aportar un bálsamo a las heridas que ella inflige». Y así fue. Aquella Nochebuena tuvo lugar el breve alto el fuego, no oficial, entre el Imperio alemán y las tropas británicas en el frente occidental. Las tropas alemanas comenzaron a decorar sus trincheras, luego cantaron villancicos, su Stille Nacht (Noche de paz); y al otro lado, las tropas británicas, en las trincheras, respondieron con villancicos en inglés. La artillería permaneció silenciosa esa noche, y la tregua también permitió que los caídos recientes fueran recuperados desde detrás de las líneas y enterrados.

Sólo la mirada a lo Alto hace humanos a los hombres. No es un simple gesto piadoso la oración. ¡Es la primera necesidad de la vida! Lo expresó admirablemente Benedicto XV al concluir su encíclica Ad beatissimi apostolorum: «Puesto que el corazón de los príncipes y de todos aquellos a los que compete poner fin a la atrocidad y a los daños que hemos recordado, está en las manos de Dios, a Dios suplicantes elevamos la voz y, en nombre de la entera Humanidad, gritamos: Danos la paz, Señor, en nuestros días».