Nagorno Karabaj: con el arma y la cruz

«Si desaparece Artsaj, desaparece nuestra historia». Para los armenios, que Azerbaiyán reclame esta república de población cristiana que Stalin asignó en 1921 a los azeríes «sería como perder nuestra casa»

Cristina Sánchez Aguilar
Una anciana apostada en la puerta de su casa con un escopeta en Stepanakert, capital de Nagorno Karabaj, el pasado domingo. Foto: Efe / Pablo González

—Perdona que te conteste tan tarde. Tengo un familiar herido por un ataque con drones y están siendo unos días muy difíciles. Lo que sí quiero decirte es que los armenios estamos muy unidos, y la Iglesia está apoyando a su pueblo y a los soldados, espiritual y físicamente. Hacen todo lo posible y lo imposible. Ponlo, por favor. Quiero que se sepa. Necesitamos vuestras oraciones.

Ella vive en Ereván, la capital de Armenia. Habla español y prefiere no dar su nombre. Varios familiares están combatiendo en la República de Arstaj (como llaman los armenios a Nagorno Karabaj, una república independiente habitada por armenios en territorio azerí) y la tensión la atenaza. No solo por las vidas de los combatientes –que también–, sino por el gran miedo que sobrevuela a la población. «Turquía –aliado de Azerbaiyán– tiene el propósito de eliminarnos. No lo consiguieron en 1915 y han retomado esta idea. Pero gracias a Dios nuestro pueblo está preparado para responder y no perder nuestras raíces. No es la primera vez que derramamos sangre; a lo largo de la historia, nos han sacrificado siempre». Así de contundente se explica el padre Shnorhk Sargsyan, representante de la Iglesia apostólica armenia en Madrid. 

República de Artsaj
Población:

138.800 habitantes

Superficie:

11.458 km2

Independencia declarada:

Enero de 1992. Reconocida por tres estados no miembros de la ONU

A miles de kilómetros de distancia, el padre Shnorhk recibe con angustia los mensajes a cuentagotas que llegan desde el foco del conflicto. «Acaban de herir gravemente a mi tío, que vive en un pueblo cerca de la frontera. Está en coma y los médicos están luchando por su vida. Tiene solo 55 años», dice, apesadumbrado. La conversación levanta el ánimo cuando alude al arzobispo y a los sacerdotes armenios que están en Artsaj, diócesis de la Iglesia armenia. «Están todos ayudando a los soldados en primera línea de batalla». De hecho, este semanario intentó contactar con el responsable de comunicación de la diócesis, pero ni siquiera su móvil recibió los mensajes. «Están en las trincheras y allí está prohibido utilizar el teléfono», asegura Sargsyan.

Todo comenzó el domingo 27 de septiembre. Armenia acusó a su vecino azerí de lanzar un ataque de madrugada y, por su parte, Azerbaiyán hizo lo propio. Así dio comienzo un intercambio de misiles, ataques con drones, tanques y aviones que ha provocado cientos de muertos, civiles entre ellos –al cierre de esta edición no hay ninguna cifra oficial–. «Yo solo animo a que la gente mire el mapa y compare la población de cada país. Armenia tiene, oficialmente, tres millones de habitantes y Azerbaiyán diez. Eso sin contar los 80 millones de turcos. No somos kamikazes», se defiende Gohar Vahanyan, armenia afincada en Granada, donde ejerce de salmista en la catedral.  

El Gobierno azerí ha denunciado ataques armenios sobre población civil en ciudades como Ganja. Foto: AFP / Presidencia de Azerbaiyán

Tres días después del comienzo del nuevo ataque entre ambos territorios por el control de esta república –ya son viejos conocidos, el último fue en 2016, aunque menos violento–, el arzobispo Pargev Martirosyan, responsable de la diócesis de Nagorno Karabaj, hizo unas declaraciones públicas para dejar clara la posición de la Iglesia en el conflicto.

—Me gustaría refrescar la esencia de la contienda, para que nadie se confunda. El problema de Artsaj es un problema de derechos humanos. No se trata de asuntos económicos ni religiosos. Ni siquiera de territorio. Una vez más hemos visto cómo la élite política azerí –no el pueblo–, violó el alto el fuego e inició una guerra. Aliyev [el presidente de Azerbaiyán] no piensa en nuestros jóvenes, pero tampoco en los azeríes; ellos también están muriendo. Dios quiera que la paz llegue pronto, tanto para nosotros como para ellos. Sencillamente hay que encontrar una solución sabia y resolver este problema de forma pacífica.

Mujeres armenias acuden a una vigilia de oración en Ereván para pedir por la paz y por sus soldados. Foto: AFP / Lusi Sargsyan / Pholoture

A continuación, pidió a los fieles armenios «que oren 24 horas por la paz». «He animado a los sacerdotes a rezar la liturgia de las horas, que lean los salmos y pidan al Señor por la paz», añadió. En un momento de especial fragilidad para los cristianos de la zona –el 99 % de los 138.800 habitantes de Nagorno Karabaj son cristianos–, el arzobispo anunció que el catholicós de todos los armenios, Karekin II, «está preparado para venir a Arstaj a dar ánimos a la gente y ayudar a nuestros militares». 

—¿Hay clérigos en primera línea de batalla? [preguntó un armenio]

—En nuestro Ejército existen los capellanes. Por un lado prestan su servicio como sacerdotes, y al mismo tiempo están al servicio de la institución. Tenemos diáconos y sacerdotes en el Ejército, y además la diócesis está preparada para estar con los soldados. 

—¿Con el arma y la cruz?

—Donde está tu hijo, allí estás tú. Si está alegre, te alegras con él. Si está triste, te pones triste también. Y si tienes que animarlo en primera línea de batalla, estás hombro a hombro con él.

Un conflicto histórico

Cientos de jóvenes en la diáspora –hay diez millones de armenios viviendo fuera del territorio– han cogido un avión de vuelta a casa para ponerse al servicio de su país. Entre ellos, Varazdot Haroyan, capitán de la selección armenia de fútbol, que iba a fichar por el Larissa griego. No es que sean belicistas, «es que si desaparece la República de Artsaj como tal, desparece nuestra historia», afirma Gohar Vahanyan desde Granada. «Llevamos siglos perdiendo nuestras tierras; en un inicio alcanzaban los 300.000 km2, ahora no llegamos a 30.000». Perder Nagorno Karabaj es «perder nuestra casa, nuestras raíces. Está sembrado de monasterios históricos, fundados desde el siglo IV. Hasta el creador del alfabeto armenio puso en pie en esa tierra la primera escuela monástica, donde se enseñaba dicho alfabeto con una única razón: para traducir la Biblia», añade.

Arstaj ha sido un centro religioso durante siglos; allí llegó el cristianismo de la mano de Gregorio, pariente de san Gregorio el Iluminador, primer patriarca de la Iglesia armenia.

Nagorno Karabaj «pertenece al pueblo armenio y su población es de armenios cristianos». Fue Stalin, en 1921, «quien decidió que esta parte de Armenia tenía que pertenecer a Azerbaiyán», explica el padre Shnorhk. Fue con la caída de la Unión Soviética cuando los habitantes de esta zona pidieron salir del país. «A las manifestaciones pacíficas, los azeríes reaccionaron y Arstaj decidió luchar por sus raíces. La guerra empezó en 1989 y duró hasta 1994». Fue la comunidad internacional la que presionó para que cesara el fuego y se llegase a un acuerdo, que desembocó en una república independiente, aunque no reconocida. «Aún así, ha habido pequeñas guerrillas siempre. En 2016 hubo un ataque más cruento, pero no continuó. Y así hasta hoy, que Turquía quiere ampliar su zona de influencia; Erdogan quiere restablecer el Imperio otomano y Azerbaiyán siempre ha sido turco», añade el sacerdote armenio.

«Esto lo que va a provocar son más años de odio. Y ya llevamos viviendo en discordia 30 años. No se curan las heridas», concluye Vahanyan. «Somos vecinos; tenemos que buscar una forma pacífica para convivir».