Comienza a amanecer - Alfa y Omega

En los momentos de mi vida en los que no encontraba la salida repetía unos versos del poeta costarricense Jorge Debravo: «En el punto más negro de la noche, comienza a amanecer». En estos momentos, somos nosotros los que debemos hacer que amanezca. Y lo cierto es que, a excepción de algunos apocalípticos, la mayoría tenemos esperanza y algo nos ha cambiado por dentro. Nos pasa en las situaciones límite. Uno no sabe la capacidad de subsistencia que tiene hasta que la vida te duele en el alma.

Hay gente egoísta, pero sigo pensando que son muchos más los buenos que los malos. Me contaba Federico Gerona, uno de los buenos, que una muchacha a la que los dos ayudamos, Dora Fofanah, le había mandado un mensaje de WhatsApp que decía: «Tío Fede, si necesitas algo házmelo saber por favor, yo te puedo enviar dinero. No tengas vergüenza en pedírmelo». Luego me mandó otro a mí.

Os tengo que contar la historia para que entendáis por qué a los dos se nos pusieron brillantes los ojos. Momodu Fofanah, un sobrino de Dora, se quemó los pies en Sierra Leona cuando tenía un año. Yo sentía el corazón roto cada vez que veía la tristeza en los ojos del niño por no caminar. Lo conté en un blog en el que me desahogaba con los amigos. Me dijo Federico que si yo podía sacar al chico, él lograría la operación gratis. Le conseguí un pasaporte inventándome la fecha de nacimiento, porque por aquellos lares es muy común que no se acuerden del cumpleaños. Y me fui a Madrid con Dora y Momodu vía Marruecos, donde, por cierto, todavía nos separaban a los blancos de los negros en la sala de espera. Yo opté por quedarme con ellos.

La sanidad extremeña, con el doctor Constantino a la cabeza, fue la que operó al niño. Como decía Fede, «Momodu nunca ganará un concurso de pies, pero da gusto verlo correr». Todavía lo tiene en Badajoz, en adopción de estudios, como un miembro más de su familia. A Dora le pagó la carrera en Administración de Empresas, y desde que la terminó, ayuda a los salesianos en el centro de atención a menores que tienen en Freetown. Ahora que se ha enterado del problema que tenemos en España y en Estados Unidos con el coronavirus, nos quiere ayudar enviándonos dinero de los 120 euros que gana al mes, con tres bocas que alimentar y la familia de la aldea de Kamabai que se cuelga de su espalda cada vez que necesitan algo.

Me viene a la cabeza cuando, en la crisis del ébola de 2014, se tomó la resolución de aislarnos a todos los que vivíamos en el distrito de Bombali para que el virus, de una mortalidad mayor que el actual, hiciese su selección natural. Y Europa miró para otra parte. Tanto que llegué a leer que si los misioneros habíamos decidido ponernos en riesgo y quedarnos en aquel país, que fuésemos consecuentes y muriésemos allí para no contagiar a nadie. El miedo secó el corazón de muchos. Y cuando los medios me entrevistaban me solían repetir la misma pregunta: «Si te contagiases, ¿pedirías ser repatriado?».

Hoy, Dora me ha recordado la verdad de una canción que compuso mi amigo del alma Santi el Palomas, y que cantaban los niños del colegio San Agustín de Valladolid. Dice así: «Pero hay también mucha gente con una historia mejor que contar, que se pasa la vida luchando por el amor, la justicia y la paz». Que así sea.

José Luis Garayoa
Agustino recoleto. Misionero en Texas (EE. UU.)