En 1964 se estrenó el primer cortometraje animado de la Pantera Rosa, The Pink Phink (en español, algo así como Piensa en rosa), que tuvo tal éxito que ganó el Óscar en su categoría. El corto muestra la descacharrante disputa entre la Pantera Rosa y un hombrecillo, un pintor de brocha gorda, por ver quién logra pintar una casa —dibujada en línea clara sobre un fondo completamente blanco— de color azul (el hombrecillo) o rosa (la Pantera Rosa). Finalmente, esta sale victoriosa y consigue que no solo la casa, sino todo el universo —incluido el mismo hombrecillo— acabe pintado entero de rosa.
En 2005 la marca de televisores Sony lanzó al mercado su mítico modelo Bravia. Para promocionarlo, sacó un anuncio de televisión, Bouncy Balls (Bolas botadoras), considerado uno de los mejores de la historia de la publicidad, en el que bajo el lema Colours like no others (Colores sin igual) se mostraba San Francisco (California) envuelto en una lluvia de decenas de miles de pequeñas pelotas rebotadoras de múltiples y vivos colores; las cuales, bajo la delicada y rigurosa dirección artística de Juan Cabral, a través de sus imprevisibles y fugaces trayectorias, hacían refulgir la gris ciudad como un regalo recién desenvuelto.
He querido contraponer estas dos dispares obras audiovisuales porque su contraste expresa muy bien la encrucijada de este incierto y agitado momento histórico que estamos atravesando: ¿Es necesario que exista una previa unidad moral para que se dé una unidad política? O, planteado más llanamente: ¿Es posible la convivencia entre personas y colectivos que pueden tener visiones del mundo diferentes, cuando no opuestas?
A responder esta pregunta dedica el profesor de Filosofía Política Armando Zerolo su último ensayo, recientemente publicado, Contra la tercera España. Una defensa de la polaridad (Deusto, 2025). El autor parte de la constatación de un hecho: «España es una sociedad compleja con una conversación pública que se produce a múltiples niveles», muy lejos de la artificial división en dos Españas o cualquier dualismo entre un «nosotros» y un «ellos» como bloques definidos, que es «un esquematismo falaz del que solo sacan provecho algunas élites oportunistas».
Además, esto siempre ha sido así: en el inicio de toda comunidad política no hay una unidad primigenia que después se haya roto (supuesta ruptura que achacamos siempre a la mala fe de los «otros»): «La política en su origen es la actividad que realizan personas desiguales»; y continúa citando al gran Patocka: «La persona que abandonaba su ámbito familiar para ocupar un espacio común entraba directamente en contacto con los demás, los diferentes». La polis, la comunidad política, no es un agregado de familias, sino su superación, que permite al individuo liberarse de su espacio cerrado.
Hoy, sin embargo, domina entre nuestros coetáneos un malestar ante la intensificación del contacto con el pluralismo cultural y la multiplicación de identidades, que ha provocado el resurgir de una nostalgia comunitaria y los nuevos populismos soberanistas. Armando Zerolo identifica dos ideales en tensión: la comunidad de vínculos fuertes (Esparta), que propugnan los nacionalismos, o la ciudad abierta (Nueva York) que defiende la democracia liberal. La experiencia histórica nos muestra que «la pretensión de una unidad moral dentro de la sociedad plural contemporánea solo puede conducir a la tiranía. […] Lo que empieza como un deseo de democracia armónica, resultado de la unidad de creencias, acaba paradójicamente en la tiranía».
Ahora bien, retomando la pregunta que se hacía Rousseau, «¿podemos vivir juntos si somos todos unos bastardos [los unos para los otros]?», Zerolo sostiene que «no tenemos que ser hermanos ni llevarnos bien para convivir. El ideal fraterno, se trate del rousseauniano, jacobino, bolchevique o nacionalista, no ha traído más que división y violencia». Hoy, parece que hemos asumido inconscientemente que la pluralidad de identidades sea algo patológico, y que lo sano serían las identidades unívocas. Y así tratamos de resolver las diferencias a través de una síntesis o una elección, eliminando de raíz la diversidad, como hacía la Pantera Rosa.
Sin embargo, Zerolo afirma que toda sociedad se parece más bien a una gran orquesta, donde cada músico toca su instrumento. ¿Cómo es posible entonces un encuentro entre sonidos diferentes? ¿A través de una síntesis? «No, la unidad [vendrá] de la armonía. Cada instrumento tratará de hacer lo mejor posible su parte para realizar algo en común. La unidad está contenida en la partitura y ejecutada a través de su director». De esta forma, cada elemento en juego, como en el precioso anuncio de Sony, sin perder su individualidad, sin diluirse en un todo sin rostro, contribuye a embellecer y exaltar la vida en común.
Un mundo a la imagen del sentimiento que tenemos de él sería un infierno de aburrimiento y áspera homogeneidad. No es apetecible vivir en un universo monocromo, como el del corto de la Pantera Rosa. Al igual que sucede en el anuncio de Sony, necesitamos que entre en nuestro horizonte vital la infinita riqueza que porta la diversidad del otro, para que el espacio compartido pueda brillar con colores sin igual.