Cobo en la Cañada Real: «Dios sigue creyendo en vosotros y quiere devolveros la esperanza»
La Cañada Real es una de esas periferias de las que hablaba Francisco. Allí está la Iglesia de Madrid, ha recordado el cardenal José Cobo en su parroquia
La Cañada Real es una de esas periferias geográficas y existenciales de las que tanto hablaba el papa Francisco. Allí está la Iglesia de Madrid, que se hace presente en la parroquia Santo Domingo de la Calzada, una de las casi 500 parroquias de la diócesis, como recordaba el arzobispo de Madrid, cardenal José Cobo, en la misa que ha presidido este 12 de julio, transmitida por Televisión Española, en día que ha definido como especial.
Leer el Evangelio desde la Cañada
Un lugar sencillo, como CEDIA, el Centro para Personas Sin Hogar de Caritas, donde León XIV inició su visita pastoral a Madrid, que pone de manifiesto que «el Evangelio nunca nos lleva a olvidarnos de la enfermedad, de la pobreza, ni de volvernos insensibles ante el dolor de nuestros hermanos», recordó el arzobispo, que dijo ver la celebración como oportunidad para «abrir esta ventana del Evangelio, para leer el Evangelio hoy también desde aquí».
Una lectura «desde aquí, desde cada uno, quienes tantas veces sois olvidados», subrayó el cardenal, «aquí contemplamos la verdad de nuestro mundo, nos ayudáis a descubrir un mundo donde convive el sufrimiento y la esperanza, el esfuerzo silencioso de tantas familias y el deseo de una vida mejor». En una parroquia, que cada domingo se reúne como Iglesia, pues «aquí vive Cristo, aquí vive, reza y crece una comunidad cristiana, que es el rostro de Jesús en medio de la Cañada».

Una oportunidad para, como Iglesia diocesana de Madrid, mostrar que «en la Eucaristía todos formamos una sola familia, estemos donde estemos», afirmó el arzobispo. En el Evangelio del día destacó que Jesús «no esperó a que fuera alguien a buscarle, él fue donde estaba la gente, donde estaba la vida, donde estaban las esperanzas y las heridas de las personas. También hoy Jesús se acerca a la Cañada, a nuestras familias, a quienes viven la enfermedad, el desempleo o la exclusión y donde otros ven pobreza o abandono, Jesús lo que ve son hijos e hijas de Dios, que son llamados a la esperanza».
Nadie queda excluido del amor de Dios
En la parábola del sembrador, el cardenal Cobo enfatizó que «el Evangelio siempre empieza por lo que Dios hace, antes que por nuestros límites o nuestras dificultades». Un sembrador, recordó, «que no selecciona el terreno antes de sembrar», que «esparce la semilla por todas partes», aunque a algunos les parezca locura o imprudencia. Y es que «Dios es así, no calcula dónde amar más o menos. No reparte su gracia según el código postal, la nacionalidad, la situación administrativa, la economía o la historia de cada uno. Nadie, nadie queda excluido de su amor».
En el Evangelio, antes que tener que dar fruto, «Dios sigue confiando en cada uno de nosotros, antes incluso de que demos fruto. Todo empieza por esa confianza», hizo ver el arzobispo. Frente al hecho de que «muchas personas han escuchado demasiadas veces que ya no sirven, que no valen, que nunca cambiarán las cosas, incluso han escuchado que son un problema», mostró que «hoy el evangelio dice exactamente lo contrario, y queremos proclamarlo desde aquí. Dios sigue creyendo en vosotros, y quiere devolveros la esperanza que nadie os puede arrebatar».

Refiriéndose a los tipos de terreno de los que Jesús habla, el arzobispo dijo que «hay momentos en que nuestro corazón se endurece. Después de tantos golpes, de tantas promesas incumplidas, de tantas decepciones, uno levanta los muros y se endurece para no sufrir más», y así, «la Palabra de Dios rebota y uno se vuelve ácido y escéptico». También, a veces recibimos el Evangelio con mucha alegría, pero «los problemas, las preocupaciones, la falta de trabajo, la enfermedad, las adicciones, los conflictos familiares y la esperanza se va secando demasiado pronto, tiramos la toalla y no cuidamos la semilla».
También habló de las zarzas, «que enredan, que hacen daño al que se acerca», como es la violencia, el dinero fácil, aunque sea a costa de la salud y de la vida de otros, el miedo, la desesperanza, el resentimiento, la soledad, o la tentación de dejar de ser buenos». Pero Jesús, destacó el cardenal, «termina hablando de la tierra buena que todos nosotros llevamos dentro, sin excepción», pues «el Evangelio quiere decirnos que cualquier tierra puede llegar a ser fértil cuando se deja trabajar por Dios». Una buena tierra que «se prepara entre todos», como se hace en esta y en tantas parroquias.
Acompañar al que cae
Una parroquia que está «para anunciar la Buena Noticia en medio de la Cañada, para sembrar esperanza, para acompañar al que cae, para defender la dignidad de cada persona y crear fraternidad donde otros levantan fronteras o dicen que no hay remedio, para recordar que nada ni nadie está definitivamente perdido». Dado que nadie da fruto solo, recordó que «para dar fruto en la Cañada y en tantos lugares como este, necesitamos que las administraciones públicas dejen a un lado diferencias y unan esfuerzos para responder a vuestras realidades». Para ello pidió que las administraciones públicas cojan «los aperos del diálogo y la búsqueda creativa del bien común», recordando las palabras del Papa en el Congreso de los Diputados.

Una Iglesia de Madrid que en la Cañada es «la presencia de Jesús entre vuestros vecinos». Que no solo descubre necesidades, sino también talentos: «familias que luchan cada día, jóvenes que sueñan, niños que quieren aprender y personas que siguen creyendo que merece la pena ser buenos». Ellos son «las manos del sembrador para continuar sembrando» y muestran que «allí, donde el mundo solo ve un terreno olvidado, Dios sigue viendo un campo capaz de dar fruto». Una Iglesia en hacer que, a pocos kilómetros de la Puerta del Sol, en las condiciones en que se vive en la Cañada, que uno percibe en cuanto entra allí, «haya un poco más de Evangelio y un poco menos de olvido».
Se trata de que la Palabra de Dios «eche raíces cuidándonos unos de otros», pues «Dios nunca deja de sembrar, nunca dice a una persona: ya no mereces la pena. Nosotros damos a veces a la gente por perdida, Dios nunca. Él sigue sembrando esperanza, incluso donde nosotros solo vemos heridas». Pues «para Dios no existen barrios de segunda ni personas de segunda. Allí donde a nosotros nos gusta poner las etiquetas, allí Dios pone semillas». Por eso, el cardenal Cobo animó a quienes cuidan los brotes verdes para que florezca la esperanza.